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miércoles, 19 de marzo de 2014

El guardián del sello



El cuerno del pescadero, la caracola, anunciando su producto fresco sonaba cuando entré por el grueso portón de madera maciza de la iglesia de Sant Joan. Yo la verdad es que no soy muy devoto por lo que mis visitas a las iglesias se pueden contar con los dedos de una mano, y prácticamente cerrada. Lo que me había llevado allí, a aquel recóndito y acogedor pueblo había sido simplemente una faena. Trabajo en una empresa de pintura y restauración y dado que los obreros voluntarios de la parroquia no se habían puesto de acuerdo. El padre Fernando, párroco en todo el municipio, había decidido contratar una empresa externa, ya que las fiestas del pueblo estaban al acecho y todavía quedaba mucho trabajo de mantenimiento.
-        Miguel me has dicho que te llamas ¿no? – dijo el párroco después de carraspear a consecuencia de un tic crónico – debes pintar el interior de la iglesia. Pero no será tan simple, huum, huum, hay manchas de humedad, me gustaría que las sanearas.
Con el cálido sol primaveral que bañaba los edificios blancos del pueblo, es cierto que el interior del edificio sagrado era tremendamente frío y húmedo. Las viejas y gastadas baldosas de color rojizo sostenían unos apretados e incómodos bancos de madera que se unían ente sí por unas tablillas en la parte de los reposapiés.  A los lados los santos de miradas tristes flanqueaban la sala bajo la inmensa cúpula blanqueada. Al frente, de anfitrión el patrón del pueblo, Sant Joan con el brazo levantado solemnemente.
            Otro de los trabajillos extras, era detrás del confesionario, situado a la derecha, en la entrada. Lo habían movido para sanear unas feas manchas negras de humedad que parecía que iban a darme trabajo. Don Fernando me dejó a solas para que me pusiera manos a la obra, se fue por la puerta que había a la derecha de la eucaristía. Fui a la camioneta a por las herramientas de trabajo y me puse manos a la obra. Estaba encantado de tener trabajo, con la crisis las cosas andaban muy mal, y mucho peor aún en el pueblo. Desde que había llegado a la isla las cosas no me iban mal. Un amigo me había conseguido ese trabajo y la verdad es que estaba muy satisfecho de tenerlo.  
            Pero algo inusual iba a ocurrir en aquella iglesia, algo que cambiaría mi vida para siempre. Mientras rascaba con la espátula la oscura pared en donde iba el confesionario de la antigua pared hecha con piedra viva y arcilla empezaron a desprenderse trozos de tamaño considerado. Me di cuenta de que había una especie de cuadro que estaba hecho con piedras planas de tamaño pequeño que tapaba un hueco en la pared. Seguramente eso recién hecho no se notaba, menos aún con el confesionario encima pero la humedad había hecho estragos. Lo primero que pensé fue que iba a tener más trabajo de lo que pensaba pero pronto descubrí que aquello era algo extraño, algo había oculto en aquel hueco. Llamé al padre Fernando que rápido acudió. Mientras bajaba por los escalones, la cortinilla que tenía como pelo se le levantaba ridículamente.
-        ¿Qué sucede? Huum, huum… - cuando vio aquel agujero su expresión de extrañeza debió de ser parecida a la mía.
Cayeron unos trozos más de cascotes y  me pareció ver una especie de luz que procedía del interior del hueco que de inmediato se extinguió. Había algo ahí dentro.
-        Vamos, cójalo – me dijo más intrigado que yo el párroco habiéndole desaparecido el tic.
Metí la mano algo temeroso. Palpé con cuidado y sólo encontré un pequeño aro de un metal dorado. Estaba lleno de extraños símbolos grabados que en mi vida había visto. Parecía ser algo completamente desconocido también para el Padre Fernando. Le pasé el extraño artefacto que examinó detenidamente.
-        Lo mejor es que de momento no digamos nada y que evitemos un revuelo mediático – habló al final el cura – hazme un favor huum, huum, yo estoy muy ocupado, ¿puedes llevárselo al Padre José?
Estuve a punto de rechistar, pero lo cierto es que yo también estaba muy intrigado. Y pese a ser sólo el pintor, lo hice. Me extrañó la confianza del sacerdote pero tampoco le di más importancia.
El padre José era el antiguo párroco del municipio que por su avanzada edad se había visto obligado a jubilarse, tenía la friolera de noventa y un años y vivía en un pueblo cercano completamente rural perteneciente al mismo municipio, Sant Vicent. El señor vivía en una casa payesa junto al bosque y un torrente que estaba a no mucha distancia de la iglesia de dicho pueblo. Para encontrar la casa pregunté a dos niños que jugaban al fútbol en un descampado cerca de la carretera.
            Don José era un hombrecillo pequeño, encorvado, flaco como un podenco. Vestía completamente de negro contrastando con la palidez de su piel. Pese a ello conservaba bien el pelo siendo éste de color blanco. Cuando me abrió la puerta salió con sus gruesas cejas grises fruncidas encima de sus pequeños ojos claros. La  mueca en su rostro surcado por prominentes arrugas con los labios apretados me invitaba a salir de allí corriendo, pero hice de tripas corazón.
-        ¿Quién demonios eres tú? – dijo sin preámbulos con voz ronca.
-        Disculpe que le moleste señor soy el pintor que han contratado para adecentar la iglesia de Sant Joan, he encontrado éste artefacto oculto en las paredes…
De repente el anciano abrió sus pequeños ojos cual lémur y me dio un fuerte empujón tirándome dentro de un baladre que había junto a la casa. Un disparo de bala impactó en la puerta a escasos centímetros de don José.
-        No tienes ni idea de lo que acabas de encontrar muchacho – me dijo antes de arrebatarme el aro de las manos yo aún tendido boca arriba.
Un hombre salió de un Mercedes negro y corrió hacia nosotros pistola en mano. El párroco jubilado entró en la casa con el extraño objeto en mano cerrando tras de sí con llave. El agresor que había intentado matarnos, un hombre con apariencia de gorila, enorme, oscuro, me propinó un fuerte golpe con la culata de su Magnum dejándome inconsciente. Antes de perder el conocimiento por completo pude ver como aquel hombre derribaba la puerta de una patada, después oscuridad.
Me desperté con un tremendo dolor de cabeza, parecía que los cuatro jinetes del apocalipsis cabalgaban dentro de mi cabeza. Pero hice un esfuerzo y me puse en pie. La puerta estaba abierta de par en par, el marco estaba reventado del golpe sufrido. Corrí al interior de la casa. La puerta desembocaba en el lateral del portxo, sala principal de las casas payesas de la isla. En él había lo básico. Un viejo sofá en el centro, un pequeño televisor y una chimenea llena de cenizas. El suelo no estaba embaldosado, estaba hecho de la manera que se hacía antiguamente, de arcilla con argamasa que bien podía ser sangre de cerdo. Don José estaba tumbado boca abajo entre el sofá y una pequeña mesa de lo más rústica frente a la tele. Corrí a su lado y le di la vuelta. Estaba en un charco de sangre pero vivo aún. Le habían disparado en el estómago.
-        Aguante, voy a llamar a la ambulancia…
Pero me agarró del brazo y me detuvo.
-        No, para mi es demasiado tarde – dijo con un hilo de voz – tienes que detenerlos, sólo tú puedes hacerlo.
-        ¿Cómo? Usted está delirando, no se preocupe que enseguida estarán aquí…
-        ¡¡Nooo!! – gritó – debes ir a Sa Cova des Culleram, ellos han ido allí, me aseguraron que si no se lo decía matarían a mi hija – su voz temblaba - la humanidad está en peligro.
Yo no entendía nada, casi me dio risa, pero el anciano se estremeció y escupió sangre por la boca. Después se quedó inerte para siempre. Más tarde descubriría que su intención era matarme a mí también y que los agresores habían tenido que huir apresuradamente al ver gente en las proximidades. Salí de la casa en estado de shock. No hacía más que preguntarme que qué diablos hacía yo metido en ese embrollo. Pero el párroco retirado había muerto por ese dorado objeto, esos significaba que se trataba de algo grave. Así que cogí la Renault Exprés y me puse rumbo a la cueva que no quedaba lejos de allí.
            No me costó encontrarla. Cuando llegué allí el coche estaba en el pequeño descampado donde desembocaba el estrecho camino montaña arriba. El cuatro por cuatro del que había salido el matón con túnica, asesino del anciano estaba allí. Así que cogí lo más parecido que encontré a un arma de la furgoneta, una maceta y una espátula y tomé el sendero que descendía al pequeño santuario sin pausa pero en guardia. Sa Cova des Culleram es un antiguo santuario dedicado a la cartaginesa Tanit diosa del amor y la fertilidad. Es un yacimiento de los más importantes de la isla, se supone que los cartagineses ya usaban dicho templo en siglo V antes de cristo. No era horario de visitas y la cueva debía de estar cerrada, pero no era el caso.
Había dos hombres, el agresor y el que conducía al que no había podido ver. Maceta en mano entré por la puerta. La verga había sido forzada. La cueva era muy pequeña y oscura. Enseguida oí a los dos hombres que hablaban. Escondido, agachado detrás de una roca en la entrada los escuché y observé. Me sorprendió descubrir que el segundo hombre era el padre Fernando. Él lo había hecho ir a casa de su antecesor por algún motivo, por su culpa don José estaba muerto.
-        Maldita sea – hablaba don Fernando sin tic aparente – has matado demasiado rápido al viejo. Ahora yo no sé cómo ni dónde se abre la ermita.
-        Deje de quejarse y siga buscando, al menos nos ha confesado el lugar dónde está.
El otro hombre llevaba también una sotana. Era de piel oscura y tenía acento portugués. Medía más de dos metros y pesaría más de cien kilos.
Ambos hombres buscaban, palpaban entre las rocas lo que parecía ser una hendidura. Yo observaba inmóvil sin saber qué hacer. El gigante finalmente encontró entre una roca que hacía de altar y una pared una extraña raja.
-        ¡Lo hemos encontrado! – gritó excitado el capellán.
Introdujeron el disco en la hendidura. Hubo un crujido y una roca se abrió dando paso a un profundo pasadizo que descendía hacia el interior de la montaña.
Me arrepentí de estar allí. No pensaba seguirlos, me iba a ir a casa y olvidar todo aquello. Pero alguien me delató, alguien inesperado.
-        ¿Se puede saber que diantres hacéis aquí dentro? – me sobresalté. Una voz femenina nos sobresaltó a los tres, de hecho nos hablaba a los tres por lo que mi escondite ya no servía de nada. Mis dos enemigos todavía lo suficientemente cerca se dieron la vuelta tan sorprendidos como yo.
Una chica pelirroja estaba tras de mí, con los brazos en jarra mirándonos enojada. Su rostro de piel clara, redondito y moteado de pecas rojas tenía mueca de enfado provocándole unas ligeras protuberancias entre sus cejas anaranjadas. Pero pronto cambió, cuando el hombre más grande sacó la Magnum de algún bolsillo de su túnica. La agarré por la manga de su blusa y le di un tirón para que justamente el disparo no atinara a darle en la cabeza.
Chilló asustada, sorprendida, yo intenté silenciar en vano sus gritos.
-        Cálmate – le grité.
Al ver la preocupación en mi rostro se percató de la situación y al menos dejó de chillar.
-        Lo siento chicos pero no es nada personal – dijo don Fernando – pero sabéis demasiado, habéis visto demasiado. Romualdo, acaba con ellos y ata el cabo que hemos dejado suelto.
El gigante empezó a aproximarse hacia nosotros lentamente mientras escuchamos los pasos del cura de Sant Joant que se adentraban en el túnel que había aparecido ante ellos.
-        Salid de ahí chicos – dijo Romualdo con una voz tan fina que no parecía proceder de aquel cuerpo monstruoso – y os prometo que será rápido.
No sé de dónde saqué las fuerzas ni el valor pero agarré con fuerza la maceta que llevaba me levanté velozmente y se la arrojé atinando en la pistola. No fue muy lejos pero nos dio el tiempo necesario para salir de la cueva y huir. El hombre mulato no tardó en perseguirnos, y con la pistola que llevaba teníamos todas las perder. No seguimos el camino que ascendía a la explanada que llevaba a los coches, corrimos por un pequeño sendero de ovejas que descendía más directo a la carretera montaña abajo. Un sonoro disparo impactó en un árbol cerca de mi oreja pero seguimos corriendo. La chica, que luego me enteraría de que era la guía de Sa Cova des Culleram y de que se llamaba Neus tropezó. Corrí en su ayuda para que se pusiera en pie pero ya nos había atrapado.
-        Lo siento chicos.
Pero una piedra impactó en el rostro de Romualdo cayendo de espaldas. Una robusta figura salió de entre los matorrales. Era un hombre de apariencia árabe y que vestía una gruesa chilaba gris con capucha de punta  luciendo una poblada barba. Nos miró inseguro y nos preguntó:
-        ¿Dónde está Fernando? – apenas tenía acento, su dominio del español era más que correcto.
-        Han encontrado una cueva y ahora él ha entrado en ella.
-        ¡Maldición! – exclamó – tienes que detenerlo, la humanidad depende de ello.
Romualdo había perdido la pistola pero ya estaba de pie dispuesto a enfrentarse al desconocido que acababa de salvarnos. Yo no sabía qué hacer, en esta ocasión Neus reaccionó antes que yo.
-        Ve que yo no puedo andar muy bien que me he hecho daño – me dijo.
-        No puedes perder tiempo – insistió el hombre de la barba.
Latino y árabe se enzarzaron en un duro combate. Los dos eran fuertes pero ágiles, pegaban, recibían, esquivaban. Cayeron al suelo agarrándose el uno al otro por el cuello. Pero yo no vi el desenlace, ya corría para atrapar al cura que me había metido en éste enredo.
El túnel encontrado por nuestros enemigos descendía en línea recta hacia el interior de la montaña. Pero desembocó en un puente que estaba sobre un inmenso socavón. En el centro del descomunal agujero había un trozo de roca que era a donde llevaba el puente hecho de barras de acero y tablas podridas. Pese a ello conseguí cruzarlo sin que se rompiera ninguna. Había una extraña luz azulada que provenía de algo en el centro de aquel fragmento de roca en medio de la nada. Allí estaba Fernando, hablando sólo.
-        Mi señor pronto te liberaremos, pronto serás libre – repetía una y otra vez.
Entonces algo increíble descubrí, algo que mis ojos veían y no creían. La mórbida luz surgía de unos cristales que tenían cautivo a algo extraño. No podía entender bien sus facciones pero tenía forma humanoide, no así su tamaño que al menos mediría cinco metros. Había una roca en forma de atril junto al monstruo y todo se conectó en mi cerebro. El aro que había encontrado era una llave, y esa llave estaba a punto de liberar a algo que la humanidad no estaba preparada para recibir. El padre Fernando iba a liberarlo. Mis piernas empezaron a correr, correr a todo lo que mis fuerzas podían. El aro ya estaba en su ranura pero llegué antes de que lo presionara lo suficiente y lo arrollé. Ambos rodamos por el suelo en el borde del precipicio. Forcejeamos.
-        Maldito mocoso insignificante – me gruñó el párroco en un tono desconocido para mí – no sabes lo que haces, fue un gran error dejarte con vida antes,  pagarás esta insolencia.
Me tenía agarrado por el cuello, encima de mí, yo tendido de espaldas. Pensé que era mi fin, aquel hombrecillo tenía más fuerza de lo que jamás habría imaginado y me estaba ahogando con sus manos. Entonces encontré mi espátula en el bolsillo, la agarré con todas mis fuerzas y se la hinqué en la espalda. El gritó desgarradoramente intentando llevarse las manos a la herida. Entonces con mis piernas lo levanté por encima de mí precipitándose a  la oscura inmensidad de la falla.
Corrí y desencajé el disco. La tenebrosa figura, por suerte, seguía durmiendo.
Unos minutos más tarde se presentaron Neus con el árabe y otro chico. Se presentó como Gaizka  Arizaga, castaño delgado y de piel clara. Era uno de los muchos guardianes de los sellos. Él se encargaba de uno en el Pirineo vasco al igual que el marroquí Abdelbaki El Moussaoui que guardaba el sello de una pequeña mezquita olvidada en las montañas del Rif. Como me explicaron, aquel ser encerrado no era el único en el mundo había muchos y había muchos guardianes. Me explicó que en las culturas más antiguas conocidas de oriente medio ya había referencia a aquellos seres, ya se hacían sacrificios humanos en sus nombres. A la diosa Tantit seguramente la habían adorado en aquel santuario precisamente para que les protegiera de aquel monstruo. En la religión cristiana eran nombrados como ángeles caídos. Se desconocía su procedencia, su edad, pero lo que se sabía que un solo de aquellos seres podía desencadenar la extinción de la raza humana. Pero había una oscura hermandad a la que precisamente llamaban los Oscuros, también en otras religiones y culturas se les conocía  como genios, djinn o imps, que pretendían liberarlos y don Fernando era uno de ellos. Lo habían descubierto y habían acudido lo antes posible para ayudar al antiguo y jubilado guardián, el pobre padre José. La intención de los Oscuros era liberar a la criatura, lo peor era que probablemente otro de ésta tétrica hermandad aparecería y debíamos de estar ahí para impedírselo a toda costa.  


De hecho Neus y yo somos los nuevos guardianes y no vamos a permitir que ninguno de vosotros os acerquéis al demonio que duerme plácidamente en el interior de la montaña.

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