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viernes, 10 de diciembre de 2010

Lobos


Cuando estaba a punto de desfallecer, un ángel me salvó, o ¿tal vez fue un demonio?

            Mi nombre es Jaques Robespierre, y como buen francés partí con el ejército de Napoleón hacia Rusia, nuestro objetivo: invadir Moscú. Al principio a penas tuvimos resistencia y después de algunas batallas en las que derrotamos sin dificultades a los rusos, nos acercamos a nuestro objetivo. El avance y las victorias nos dieron ánimos para soportar las gélidas temperaturas que empezaban a menguar nuestras fuerzas. Pero el desolador paisaje de la imponente ciudad arrasada nos derrumbó. Las paredes negras de los edificios pasto de las llamas, nos avisaban de que lo peor estaba aún por llegar. Entonces las provisiones empezaron a escasear y la hambruna invadió a las tropas. Moscú más que una ciudad parecía un cementerio, no había alimentos en ella y el permanecer entre las ruinas hacía difícil el resguardo. El recordar el calor de nuestro hogar empezó a hacerse insoportable. Así nuestro emperador Bonaparte decidió que la mejor opción era la retirada y así se hizo. El regreso fue aún mucho peor, el camino estaba obstaculizado por la nieve y el hielo. Uno tras otro mis compatriotas más débiles y los heridos fueron enfermando y muriendo. Encima, pequeñas e incesantes guerrillas nos acechaban y, ya tan débiles, conseguían  causar numerosas bajas en nuestras filas, decreciendo poco a poco nuestro ejército.
            Todo empezó en una de esas emboscadas. Ocurrió en medio un frondoso bosque de pinos, en el cual, la primera vez que pasamos por él, había un ancho sendero; ahora había desaparecido por completo. En su lugar una densa capa de nieve cubría la superficie llegando a cubrirnos por encima de las rodillas. A pesar de nuestras botas altas, la nieve se nos metía dentro  helándonos los pies. Aquello sería el fatal para muchos de los soldados. Yo estaba en la retaguardia, en el último batallón, de pronto, cual fantasmas se tratasen, cientos de enemigos surgieron de entre los matorrales, de encima de los árboles, de dentro de la nieve… Habíamos caído en una emboscada. Como pudimos sacamos nuestros rifles, aunque nos fue imposible colocarnos en formación. Empezamos a disparar como locos, casi a ciegas, ya que los astutos rusos eran casi invisibles con sus vestiduras albas; estábamos en completa desventaja, no podíamos verlos y nuestra movilidad, allí incrustados en la nieve, era extremadamente lenta. Nos dispersamos intentando salvar nuestras vidas refugiándonos detrás de cualquier tronco, roca o lo que fuera. Antiguamente, los nórdicos creían que el infierno era de hielo y nieve, y nosotros, estábamos en él. Afortunadamente, yo conseguí adentrarme en el bosque. Corrí con todas mis fuerzas, y en la huída, perdí sin darme cuenta el rifle.
            Caminé y caminé sin ser consciente del tiempo, y cuando me detuve, me encontré perdido en medio del bosque. Se puso a nevar con una intensidad jamás vista por mis ojos antes, probablemente fue lo que me salvó, ocultándome del enemigo, pero también iba a ser mi perdición. El rastro que yo iba dejando, se borraba al poco tiempo,  y me impedía distinguir el regreso al camino. Anduve por la espesura del bosque sin rumbo. En más de una ocasión me encontré en sitios por los que ya había pasado, estaba perdido. Encima, el hambre y el cansancio eran demonios psicológicos a los que ya no era capaz de vencer. No me notaba los pies, probablemente estaban en fase de congelación y cuando la sangre empezara a reducir su flujo, dejarían de responderme. Finalmente me desplomé. Me acordé de mi familia que había dejado en París: mis padres, mis hermanos, mis tíos, mis amigos, mi perro… y me resigné a morir. Mis párpados se cerraron y las tinieblas acudieron a mí.
            En la infinita oscuridad, de pronto, una cálida luz surgió. Sentí que me atraía hacia ella, que llamaba a la vida. Con esfuerzo abrí los ojos. ¿Qué era aquella luz? ¿Fuego? Efectivamente, estaba tumbado junto una hoguera. Noté una húmeda caricia en mi mejilla, y comprobé, que algo o alguien me estaba lamiendo un rasguño que me había hecho en la huída. Al percatarse de mi movimiento y de que había recuperado el conocimiento, aquella figura se apartó de mí, veloz cual sombra en la oscuridad. Como pude, me incorporé torpemente: estaba en el interior de una cueva. Era bastante profunda, ya que la luz de las llamas era insuficiente para apreciar sus paredes y mucho menos su salida. Bajo mí, había un cálido lecho, hecho con pieles de animales que no logré distinguir. Observé mis magulladas piernas, me habían quitado las botas y me habían envuelto los pies en aquellas desconocidas pieles. Moví los dedos, y un gratificante e intenso dolor recorrió todo mi cuerpo, había recuperado la sensibilidad. Poco a poco, mis ojos se fueron acostumbrando a la tenue pero cálida luz procedente de la hoguera que iluminaba un pequeño perímetro de aquella cámara natural. Busqué en las sombras, quería conocer a mi salvador. Barajé la posibilidad de que pudiera ser algún cazador ruso, pero quedó descartada al encontrar la estilizada silueta que me observaba inmóvil frente a mí. Intenté levantarme, y al hacerlo, caí  de bruces. Aquella persona no se inmutó, me seguía mirando con brillantes e intensos ojos grises, desconfiaba de mí.
-         No quiero hacerte daño – le dije, pero no se movió.
 Intenté nuevamente ponerme en pie, pero aún estaba demasiado débil. Aquella individua se apiadó de mí y cautelosamente se fue acercando con intención de ayudarme, y al fin, la vi. Su imagen me hipnotizó, era el ser más hermoso que mis ojos jamás habían visto. Su esbelto cuerpo de piel blanca estaba marcado y enseñaba su perfecta musculación. Unos harapientos trozos de piel, a penas cubrían aquel menudo, pero fuerte cuerpo, al igual que sus pies, y lo primero que pensé, fue de cómo sería capaz de aguantar aquellas gélidas temperaturas sin apenas abrigo. Lo que realmente me dejó prendado de ella, fue su rostro. Bajo una enmarañada cabellera azabache vislumbré su rostro angelical. Sus rosados y finos labios, su pequeña nariz y sus penetrantes ojos grises bajo sus finas y negras líneas por cejas. Al ver que la observaba atónito, se sintió intimidada y se paró.
-         No te haré nada – insistí.
Alcé mi mano amistosamente, y su fino rostro, se frunció ferozmente mostrándome sus pequeñas y blancas fauces. Intenté calmarla con un tranquilizador siseo. Pareció surgir efecto y una dulce y firme voz me habló sin que saliera sonido alguno por su boca. ¿Puedo confiar en ti? Me dijo.
-         Por supuesto que sí – le contesté – no tienes porqué temerme.
Pasé un tiempo al cuidado de aquella misteriosa muchacha que, aparentemente, no tenía nombre. Ella me traía liebres y pequeños roedores para comer, que yo cocinaba en la hoguera que permanecía encendida las veinticuatro horas del día. También me traía agua dentro de un viejo casco del ejército ruso, la cual, aceptaba agradecidamente. El miedo que ella sentía sobre mí, poco a poco, fue desapareciendo. Ella nunca pronunciaba palabra alguna, pero sin saber como, se comunicaba conmigo; la sentía en mi mente. Por las noches mientras dormía, como hacen los perros con sus cachorros, me lamía el rostro con intención de lavarme. Yo me dejaba, era una sensación realmente agradable, cálida, llena de ternura.
Una noche, cuando yo estaba ya casi recuperado, ella se acurrucó a mi vera. La rodeé con mis brazos, se sobresaltó al principio, pero luego me permitió que la arropara contra mi cuerpo. La besé con ternura, ella no parecía saber el qué hacer, pero lo aceptó gustosamente, y nuestros cuerpos se encajaron convirtiéndose en uno solo. Jamás sentí tanta pasión, tanto placer, tanto amor.
Ya por fin, con las fuerzas recuperadas, pensé que mi deber era volver a casa. Necesitaba saber qué había pasado con la guerra, con Napoleón, saber si mi familia estaba bien, o eso es lo que pensé en aquel momento. Se lo comenté por la noche, con intención también de pedirle que me acompañara, pero no tuve ocasión. Cuando escuchó que pensaba marcharme, su rostro se oscureció y se marchó corriendo fuera de la cueva. Aquella  noche ella no apareció, y la pasé solo y apesadumbrado. A la mañana siguiente ella aún no había regresado a la cueva. En la hoguera apenas quedaban unos carbones ardientes, eso significaba que no había venido ni para traer leña para mantenerla encendida. Así que me preparé una improvisada bolsa con carne, me atavié para el viaje y salí al exterior. La luz del día me cegó, había estado demasiado tiempo en la oscuridad de la caverna. Me estiré para desentumecer los músculos. Lo cierto era que no tenía idea de dónde estaba ni hacia dónde tenía que ir. De pronto, unos matorrales se movieron y de él salió un lobo negro. Me sobresalté y en ese instante eché de menos el rifle. Pero la voz de mi salvadora, de aquel salvaje pero angelical ser, me habló: Sigue al lobo. El animal se había sentado y me observaba con penetrantes ojos grises e inteligentes. Aunque realmente no supiera nada de aquella muchacha, confiaba en ella, no solo porque me hubiera salvado la vida, sino por algo más. En aquellas dos semanas que había pasado en el refugio, había surgido algo, algo espiritual.
El viaje, aunque largo, fue bastante tranquilo. La nieve ya se estaba derritiendo y en el ambiente se empezaba a respirar la primavera. Mi acompañante, a parte de ser mi guía era mi protector. Me traía animales que cazaba y me llevaba a manantiales o estanques en los que beber agua fresca. Aquel peculiar y silencioso compañero me guió hasta la frontera, en donde se detuvo. Ahora tendrás que seguir solo. Mientras andaba hacia la aduana el lobo negro me observaba con sus imponentes ojos. Al entrar en Prusia todo fue fácil y pronto llegué a mi patria.
En Paris todo estaba revuelto. La derrota de Napoleón había subido las temperaturas y en las calles se respiraba la tensión. No se porqué motivo, en vez de volver a casa, lo primero que hice al llegar a la ciudad, fue ir al cementerio para encontrarme con mis compañeros caídos en la nefasta última batalla. Encontré a amigos, vecinos y conocidos que habían muerto. Mientras miraba las lápidas, cual fue mi sorpresa al encontrar la mía. Me habían dado por muerto y me habían enterrado. Pensé en cómo se habrían sentido mis padres y mis hermanos al enterarse de la noticia. Salí cabizbajo a la calle, y emprendí camino entre las calles, sin rumbo fijo, bajo la sombra de mis pensamientos. Por extraño que parezca, no me sentía bien, el regresar a casa, en esos instantes me entristecía. Caminé por las frías calles observando a la gente. Todos con sus preocupaciones, corriendo de un lado a otro para llegar a un sitio o a otro, y me resultó patético. Observé las aguas grises del Sena reflejando la bella cúpula blanca de la Basílica del Sacré Coeur y me sentí vacío. Sí, quería a mis padres, pero yo había perdido las ganas de estar en la civilización. Y lo cierto es que me traían sin cuidado los problemas económicos, los anhelos de nuestro emperador o la maldita guerra. Mi espíritu patriótico había muerto la primera vez que había podido ver sus ojos. Aquella salvaje muchacha, grácil, alegre, feliz. Me sentí estúpido. Muy estúpido. No me había despedido de ella ni le había dado las gracias. Con todo lo que había hecho por mí… Y ni tan siquiera sabía su nombre. Ahora, sabiendo de la existencia de tal formidable ser, mi vida iba a ser desgraciada, a no ser que pudiera compartirla con ella.
Como no había avisado a mis padres de mi regreso, no volví a casa. Estuve varias semanas deambulando por las calles. En alguna ocasión me topé con algún conocido, pero mi sucio y desaliñado aspecto y la espesa barba que me había crecido cubriéndome la cara, hizo que ni se percataran de mi presencia. Intenté dormir entre cartones, pero su presencia en mi mente me atormentaba. La anhelaba, la necesitaba, la quería, la amaba. Pensé que la única manera en la que yo podía vivir feliz era estando con ella, aunque tuviera que vivir en un lugar con un clima tan adverso. No importaba. Así que volví a Rusia, a mi verdadero hogar.
Allí en donde lo había dejado encontré al lobo negro. Esperándome, me observaba con sus ojos grises. Y entonces lo comprendí. Era ella. Era el ser del que me había enamorado. En el instante en que nos conocimos había surgido una mágica conexión. No sabía como pero el pesar que yo había sentido en su ausencia, también era el pesar que ella había sentido en la mía.
El lobo se adentró en el bosque y yo corrí tras él, o mejor dicho tras ella. Pero era demasiado veloz para mí y me dejaba atrás. Entonces me habló: ¿Te gustaría poder alcanzarme?
-         Sí – le respondí.
Mis pies y mis manos se transformaron en garras y entonces fui capaz de seguirla. Una manada de lobos se nos unió recibiendo al nuevo miembro. Así recuperé mi felicidad y juntos recorrimos los vastos bosques de todo el inmenso país.
 Pero no volváis a buscarme, porque no permitiría que nadie le hiciera daño a mi amada y es posible que os atacara.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Inicio de cuento de terror


La luz se hizo, y tal como se hizo se apagó. La siguió un desgarrador estruendo. Los periódicos ya habían anunciado la tormenta del año. En la oscura noche la joven María corría entre los negros y estrechos callejones. Las cornisas chorreaban y ríos de agua serpenteaban en el resbaladizo pavimento. La sombra negra que lo seguía llevaba un cuchillo en la mano, ella lo había visto, y en uno de los relámpagos le había percibido sus terroríficos ojos grises con sed de sangre. María había gritado tan fuerte como había podido pero el ruido provocado por la tormenta acallaba su voz y había desistido en desperdiciar sus fuerzas. Además a aquellas horas de la noche y con tremenda tormenta no había nadie por las aceras ni tan siquiera automóvil circulando por la vía. Corría y corría, pero las puertas de las casas estaban cerradas, todas menos una. Allí creyó encontrar su salvación. La puerta trasera de la iglesia que llevaba al campanario, allí podría esconderse hasta que saliera el sol, o eso pensó y sin dudar empezó a subir las escaleras.

Inicio de cuento idílico


El día en que la vio por primera vez, supo que su felicidad solo sería posible estando junto a ella. El automóvil se detuvo.
-         Ahora tenemos que seguir a pié – le dijo a su amada.
Bajaron del coche y se introdujeron en el bosque, siguiendo un sinuoso sendero, y a unos pocos metros llegaron al mirador.
-         Hemos llegado a tiempo, el sol todavía no se ha puesto.
Ante ellos, bajo sus pies, se extendía bello y acogedor el pueblo, entre sus casas blancas y bajas solo sobresalía el alto campanario de la iglesia.
-         ¡Es precioso! – exclamó ella.
-         Ahora viene lo mejor.
El astro empezó a esconderse más allá del pueblecito, detrás de las montañas.
Ella permanecía atónita, observando las maravillas de la naturaleza y como las negras sombras crecían poco a poco, pero él, estaba pendiente de otra cosa. Sacó de su bolsillo una cajita negra que guardaba celosamente la abrió y se la tendió.
-         ¿Quieres casarte conmigo?
Ella atónita miró el anillo de oro blanco con un rubí incrustado. Los ojos se le humedecieron debido a la emoción.
-         Si, quiero.
Entonces, él ya no pudo contener más la sed de sus labios así que la estrechó entre sus brazos y la besó.

martes, 7 de diciembre de 2010

Ultra Tochoesponja.


·      Lea detenidamente las instrucciones, o mejor lea las de la lavadora que le serán de más utilidad.
·       En caso de duda consúltelo con su almohada.

INDICACIONES
Ultra Tochoesponja Jdteam es el producto indicado para los hombres tochos. Su efecto masajeador relajante la hace un producto indispensable para hombres de verdad.

CONTRAINDICACIONES
No para uso de nenazas. No frotar demasiado en zonas sensibles si no quieres perderlas.

EFECTOS SECUNDARIOS
Si se usa en exceso:
-         Entumecimiento de miembros.
-         Hepatitis.
-         Fiebres, diarreas y vómitos.
-         Al paciente que pilló malaria no se comprobó al 100% que el causante fuera la Tochoesponja.
-         Mongolismo.
-         Ganas de jugar al Lineage.

ADVERTENCIA
No fumar ni beber a la vez que la usas ya que el agua apaga el cigarro y el jabón puede afectar al sabor del whisky.



MANTÉNGASE FUERA DEL ALCANCE DE LOS NENAZAS

A Jose, su actual propietario y al JodeTeam

sábado, 27 de noviembre de 2010

El elfo que se enamoró de una hada

 NOTA: escrito en el año 2003.

    Como cada noche Salma fue a arropar al pequeño de la familia, Fliki. Pero aquella noche Fliki estaba desvelado y no podía dormir.
-         Mama, cuéntame una historia.
-         ¿Una historia?, ¿De qué quieres que te la cuente? De los hombres destructores, de los enanos barbudos, de los malvados trolls, de...
-         Cuéntame una historia de hadas.
-         ¿De hadas?- meditó la madre del chico- ya sé, te contaré la historia del elfo que se enamoró de una hada.
-         ¡Sí!
<<Se dice que las hadas antes de ser hadas fueron elfos. Que cuando un elfo muere se reencarna en hada, es decir, los espíritus que nos protegen. Viven en las flores de nuestros bosques. Suelen dormir de día ya que aman a las estrellas y a la luna. >>

-Así empieza la historia:
    Le sucedió hace mucho tiempo a un joven elfo de nuestra comunidad. Se llamaba Jeke. Era un joven normal, como todos. Su gran pasión era el dibujo y la pintura, y solía viajar por los bosques de toda la región y de mas lejos si podía.
Un día preparó su mochila con sus instrumentos de dibujo y emprendió un viaje hacia los bosques del sur. Siempre viajaba solo, ya que le gustaba estar a solas con la naturaleza y conversar con los animales y los árboles.
-         Señor roble ¿cómo está?
Y así, preguntando a los animales y a los árboles era como encontraba paisajes de majestuosa belleza para retratarlos en sus dibujos. Una ardilla le contó a Jeke que en un sitio lejos de allí, mas al sur, había una cabaña. Se encontraba situada entre dos colinas recubiertas por abetos de pequeña estatura. Siguiendo las indicaciones del animal el joven elfo se dirigió hacia el lugar indicado. 
Efectivamente, en aquel lugar encontró una vieja pequeña cabaña, construida a partir de troncos de diversos tamaños unidos por cuerdas y algunos oxidados clavos. Jeke se acercó a ella cautelosamente para averiguar si estaba habitada. Intentó preguntar a los abetos pero no recibió respuesta alguna y no había ningún animal cerca de allí. Cuando más se acercaba a la cabaña mas parecía oscurecerse la luz del Sol, y eso que era temprana hora de la tarde. Probó de abrir la puerta girando el rudimentario picaporte oxidado, pero la puerta no cedía, estaba bien cerrada. Dio dos golpes a la puerta y nadie contesto ni se notaron señales de vida. Después Jeke se asomó por una ventana. El interior de la cabaña estaba a oscuras, pero pudo distinguir una mesa en el centro de la única habitación que formaba la cabaña. A Jeke le pareció que aquella cabaña era ideal para uno de sus dibujos. Se alejó unos pasos para poder ver la cabaña entera, sacó su bloc de dibujos y un carboncillo de punta fina. Primero lo retrataba en negro y luego le iba añadiendo color con otros carboncillos de colores.
El dibujo le estaba quedando realmente bien. Pero Jeke no estaba tranquilo ya que el silencio que había en aquel lugar era exagerado, ni los pájaros, ni los insectos, ni el viento, ni siquiera los árboles, nada. De repente un estremecedor alarido rompió el silencio y una enorme piedra cayó en el dibujo de Jeke que, rápidamente, giró la cabeza en dirección de la procedencia de esta. De unos arbustos vio como salía, con intención de arrollarlo, ¡un centauro!. Llevaban años extinguidos, pero ese era real y estaba a punto de atropellarlo. Los elfos somos rápidos y consiguió esquivarlo de un salto hacia atrás, pero el centauro derrapó, dio media vuelta y volvió a la carga.
-         Para, no quiero hacerte...
El hombre caballo le propinó un hombrazo que lo mandó por los aires e hizo caer de bruces contra el suelo. Las hojas secas amortiguaron un poco su caída.
-         ¡Quién se atreve a pisar el territorio de Wars!
Jeke se incorporó. Aquel centauro parecía viejo, pero su barba y cabellos aún eran negros. Su rostro reflejaba haber pasado malos tiempos. Parecía haber perdido un ojo, había una enorme cicatriz en su lugar que le cruzaba toda la parte derecha de su rostro. El pelaje de su cuerpo de caballo era castaño oscuro. No parecía estar muy bien alimentado porque estaba muy delgado, pero aún así tenia los músculos de su cuerpo marcados.
-         Repito, hombre del bosque, ¡qué haces en mi casa!
-         Perdóneme solo estaba haciendo un dibujo.
El cuerpo de Jeke aún no había asimilado el duro golpe sufrido, pero pronto notaría el dolor.
-         ¡Nadie puede entrar en el territorio de Wars! ¡Solo Wars puede entrar en el territorio de Wars! – dijo el centauro.
Parecía que el tiempo le había trastocado la cabeza.
-         Le pido que me perdone señor, si le molesta que esté aquí cojo mis cosas y me voy.
-         ¿Porqué quería el hombre del bosque pintar la cabaña de Wars?
El centauro cambió la expresión de su cara, de ira a extrañeza.
-         Porque... – respondió sorprendido y con tono dubitativo Jeke – porque el contraste que da la cabaña con la naturaleza del bosque me parece realmente curioso y bello.
La cara de Wars volvió a cambiar a ira.
-         ¡Pero los enanos barbudos no pueden saber que Wars está aquí, porque los enanos barbudos quieren matar a Wars!
Tiempo atrás los centauros habían combatido contra los enanos durante largos años. Nunca se supo la razón pero las lenguas dicen que fue por una discusión personal entre sus dos reyes. Aquel desdichado ser debía de haber huido durante alguna batalla y haberse escondido allí desde hacía tantos años. Parecía ser el último centauro del mundo. Los enanos no eran muy agresivos, pero lo que para ellos suponía una amenaza no paraban hasta que lo habían exterminado.
-         Pero la guerra acabó hace tiempo – trató de explicarle el elfo.
El rostro del centauro reflejo perplejidad, pero enseguida volvió a la expresión inicial con el ceño fruncido.
-         ¡Mentira! Los enanos barbudos buscan a Wars, y quieren matar a Wars...
Jeke insistió:
-         Es verdad, la guerra terminó hace muchos años, si es mentira lo que digo, que me parta un rayo ahora mismo.
-         ¿Un rayo? Eso debe doler. Y si terminó la guerra, ¿quién la ganó, los malditos barbudos enanos o nosotros?.
Ahora Jeke podía traumatizarlo más aún de lo que estaba, si era posible. Tenía que decirle que era el último centauro, los enanos habían exterminado su especie. Estaba solo, pero tenía derecho a saberlo. Debía saberlo, así que el elfo se lo dijo:
-         Los centauros lucharon valerosamente, pero los enanos eran más numerosos y... ganaron.
-         ¿Y dónde están los compañeros de Wars? – no acababa de creérselo.
-         Wars no tiene compañeros...
-         ¿Wars no tiene compañeros?
-         No.
-         ¿Wars está sólo? – insistió el centauro.
-         Sí.
Las patas de caballo flojearon, se doblaron y cayeron al suelo. En su boca se dibujó una extraña e irónica sonrisa. Pero su ojo reflejaba una tristeza inmensurable, que incluso llegó al alma de Jeke, y de pronto una lágrima se asomó y empezó a deslizarse por su rostro surcando sus arrugas, llegó hasta el filo de la peluda barbilla, y allí se dejó caer para chocar con las hojas secas del suelo.
Jeke permaneció unos instantes en silencio. Unos minutos que fueron tan largos como una eternidad. Al final rompió el hielo.
-         No tienes porque estar sólo, yo puedo ser tu amigo... si quieres.
Wars no dijo nada, y así y sin mutarse permaneció  unos minutos más.
            Por fin el centauro reaccionó y se incorporó de un salto.
-         ¿Y cómo se llama el amigo de Wars?
-         Mi nombre es Jeke, encantado.
-         Wars quiere que su amigo Jeke coma un delicioso plato preparado por el mismo Wars. Ahora Wars irá a cazar un delicioso animal para que su amigo pueda echarse un buen festín.
De repente parecía que el doloroso impacto de la noticia no le afectaba, pero no era cierto, sólo parecía ser algún sistema de autodefensa. No parecía que fuera a exteriorizar su dolor. Jeke le siguió la corriente.
-         Lo siento, pero a los elfos no nos gusta comer animales. No dañamos a ningún ser vivo.
El centauro se extrañó, no comprendía como podía un ser podía vivir sin alimentarse de carne.
-         ¿Nada que esté vivo? Wars no entiende, ¿qué coméis los hombres de los bosques? ¿Piedras?
-         No, comemos lo que la naturaleza nos da, los árboles y las plantas nos proporcionan todo lo que nuestro cuerpo necesita. No hace falta matar al cerezo para comerse sus cerezas.
Y así Jeke y Wars se hicieron amigos. El elfo decidió quedarse una temporada con el centauro. Los árboles hicieron llegar el mensaje a la familia de que su hijo tardaría más de lo previsto en regresar. Jeke enseñó a Wars a entender a la naturaleza que, aunque de vez en cuando el centauro sufría repentinos cambios de humor, abría su mente para aprender cosas nuevas. A cambio el centauro, que conocía todos los rincones y agujeros de la zona, llevaba al elfo a hermosos lugares en los que poder pintar maravillosos dibujos.
El tiempo fue transcurriendo, y los árboles florecieron, dieron sus frutos, después volvieron a perder sus hojas, y un año pasó. El elfo empezó a pensar que ya pronto sería hora de regresar a casa.
-         Escucha Wars, creo que debería volver a casa. Tengo ganas de ver a mi familia, que espera mi regreso.
Aquellas palabras no agradaron al centauro, que frunció el ceño y sin decir palabra alguna dio media vuelta. Y así pasó algún tiempo más y las flores volvieron a salir. Un día, cuando Jeke estaba dando unos últimos retoques de color a uno de sus dibujos que era el dibujo de un inmenso roble que había en un claro, Wars se sentó a su lado, y mientras observaba al elfo pintar se dispuso a hablar:
-         Wars no dijo toda la verdad, a su amigo hombre del bosque.
-         ¿Toda la verdad?, ¿Qué quieres decir?.
-         Wars tiene otros amigos que le dan paz cuando se siente triste.
-         ¿En serio? ¿Y quiénes son esos amigos?
-         Son los seres mariposa.
-         ¿Las hadas? – Jeke no se tomó demasiado en serio las palabras de su amigo porque pensó que las hadas estaban en su imaginación, pero pronto descubriría algo que cambiaria su vida para siempre – yo había pensado que podrías venirte a vivir con nosotros, los elfos. Harías muchos amigos.
-         Wars no se quiere ir de aquí, - contestó el centauro – Wars pronto se marchará a otro lugar, un lugar en donde estará en paz para siempre.
-         ¿Qué quieres decir?
-         Esta noche mi amigo Jeke conocerá a las hadas.
Wars se levantó y dio media vuelta dejando la conversación como zanjada.
Jeke dormía en una improvisada pero cómoda cama que Wars le preparó con hojas secas y una especie de viejísimas sábanas gastadas. Cuando Jeke estaba inmerso en sus sueños más profundos un ligero golpecito en el hombro lo despertó. Alzó la vista y vio que era el viejo centauro, el cual le hizo una señal para que lo siguiera.
-         ¿Adónde quieres ir?
Pero Wars no soltó palabra. El elfo se levantó rápidamente y se dispuso a seguirle. Estuvo largo tiempo esquivando ramas y arbustos intentando no perder al centauro de vista que lo llevaba hacia un lugar al que nunca antes había estado. Después de un largo rato, por fin llegaron. Era el paisaje más hermoso que jamás unos ojos pudieran observar. Era un pequeño estanque de agua cristalina en la que se reflejaba la inmensidad del cielo claro y estrellado. Aquella noche también había reflejado en el una plateada y resplandeciente luna llena. El estanque estaba rodeado por miles de flores rojas con sus respectivos capullos cerrados que con la luz lunar parecían que emanaran un brillo mágico. Había luciérnagas por doquier revoloteando dando el punto y final a la majestuosidad de aquel paisaje.
Por fin el centauro habló:
-         Menos mal, que hemos llegado a tiempo.
-         ¿A tiempo de qué?
-         Observa...
De pronto de las flores empezó a surgir una luz. Una luz limpia y blanca que aunque deslumbraba, Jeke no podía apartar la vista de ella. Los capullos poco a poco empezaron a abrirse y cual era la sorpresa que guardaban en su interior que diminutos seres que dormían cómodamente acurrucados. Lentamente aquellos seres empezaron a despertarse y a estirar sus diminutos miembros. Parecían pequeños elfos pero en sus espaldas tenían unas diminutas alitas transparentes. Eran HADAS. Jeke permanecía inmóvil y con la boca abierta observando el espectáculo. Wars permanecía a su lado con una sonrisa en su rostro. Los pequeños seres empezaron a volar, se acercaron al estanque y se pusieron a lavarse sus menudos rostros. Había seres de ambos sexos. Iban vestidos con pequeñas prendas blancas. Los hombres llevaban pantalones y camisetas de tirantes, las mujeres unos bonitos vestidos cortos. Después de asearse empezaron a alzar vuelo y se desperdigaron por doquier. Todos menos uno. Una pequeña hembra, que se acercó a Wars.
-         Hola Wars, llevabas tiempo sin venir a verme, ¿cómo estás?
-         Hola Amapola, es que Wars ha tenido compañía, y está contento, y más contento todavía de ver a su amiga Amapola.
Aquel ser tenía una larga y lisa melena morena. Sus ojos eran del color del cielo, su piel era blanca, a excepción de sus pómulos que eran sonrojados, y muy fina. Era una criatura realmente hermosa. Llevaba un sencillo y pequeño vestido corto de color blanco. En su orejita llevaba una diminuta flor roja e adorno. Llevaba los pies desnudos. Jeke quedó tan fascinado por la belleza de aquel ser que no fue capaz de pronunciar palabra alguna.
-         ¿Él es tu amigo? Hola, si eres amigo de Wars también eres mi amigo, mi nombre es Amapola es un placer conocerte – hizo una reverencia.
-         Yo... yo soy Jeke – tartamudeó el elfo – el gusto es mío.
La pequeña hada volvió a dirigirse al centauro.
-         ¿Qué piensas hacer  sobre lo que hablamos la otra noche?
-         Wars ya lo tiene decidido, Wars quiere ir con Amapola, y Wars quiere que el amigo elfo cuide de las flores.
-         ¿Estás seguro, Wars?
-         Sí, Wars está completamente seguro.
Jeke no tenía idea de lo que hablaba aquel par:
-         ¿De qué estáis hablando, si se puede saber?
-         ¿No se lo has contado a tu amigo?
-         Wars piensa que tú contárselo mejor que yo.
Aquella conversación no le daba buena espina al elfo, que escuchaba atentamente para ver si cogía alguna.
-         Wars me ha pedido que lo guíe a la paz eterna.
-         ¡¿La paz eterna?! - un escalofrío recorrió el cuerpo de Jeke - ¿Habláis de la muerte?
-         Sí, amigo Jeke, - contestó el centauro – Wars piensa que tú puedes volver a tu casa, pero tienes que venir cada primavera para cuidar las flores y ver que los amigos pequeños están bien.
-         ¡No!, no tienes que morir, ahora no estás sólo, me tienes a mí y...
-         Ahora Wars ya está contento y sabe la verdad, que la guerra acabó pero Wars está muy cansado y amiga Amapola me ayudará, podré descansar.
La hada intervino:
-         No te preocupes, yo lo guiaré, y allí será feliz para siempre.
-         ¿Y cuándo piensas irte? – dijo Jeke dirigiéndose a Wars pero fue respondido  por Amapola.
-         Hoy la luna está llena, es el día perfecto.
Jeke supo que no podía hacer nada para impedírselo, Wars ya había tomado una decisión y era imposible hacerle cambiar de opinión.
-         ¿Vamos Wars?
Wars  empezó a andar hacia el estanque, y se metió en él, hasta que el agua le llegó por la cintura. Amapola lo acompañaba volando a su lado. Jeke miraba inmóvil y con el corazón encogido. En el interior del estanque Amapola hizo un gesto con los brazos y, de repente, una luz blanca y cegadora los cubrió. Jeke vio con dificultad la silueta del centauro girar hacia él y le dijo:
-         Gracias amigo Jeke por todo. Hasta pronto.
La luz se hizo aún más intensa y de repente desapareció, quedando en el estanque únicamente la pequeña figura de la hada. El elfo no pudo evitar que sus ojos se inundaran con lágrimas. Realmente echaría de menos a su amigo. Amapola se acercó hacia él, que seguía con la vista clavada en donde había desaparecido Wars.
-         Veo que Wars era realmente tu amigo – dijo – me alegra saber que por fin encontró a un amigo, pero no es necesario que llores, porque él ahora será feliz, y volverá a reunirse de nuevo con su mujer y su hijo que lo esperan impacientes.
Los ojos de Jeke dejaron de mirar el vacío y se posaron en el angelical rostro de aquel bello ser.
-         Veo que no te contó nada sobre su vida pasada.
-         No
-         Wars, en otra época, - explicó la hada – fue un granjero que vivía feliz con su esposa y con su hijo recién nacido. Un día fue al bosque a buscar leña, y cuando regresó su granja estaba en llamas, y su esposa e hijo habían sido asesinados. La guerra contra los enanos había terminado. Así que Wars fue al frente y luchó en una batalla junto a sus compatriotas. Pero nadie puede igualar a los enanos en el arte de la guerra, y no les costó demasiado exterminar a los centauros. Fue gravemente herido en la cara con una espada, que le hizo perder un ojo. Cayó inconsciente entre los cadáveres y se le dio por muerto. Al despertar se encontró en medio de un bosque. Alguien le curó las heridas y lo abandonó allí a su suerte. Desde entonces permaneció aquí, en este bosque.
Jeke, no pudo evitar el sentirse un poco mal, porque después de haber estado tanto tiempo con su viejo amigo y no sabía nada de él.
            Y allí el elfo y la hada hablaron durante toda la noche. Hablaron de él, hablaron de ella, de los árboles, de los animales, y sobretodo, de su amigo Wars al que nunca olvidarían. Poco tiempo antes de que empezara a aclarecer, empezaron a regresar las demás hadas, que aparecían de todas partes. Iban introduciéndose en sus respectivos capullos protectores.
-         Ha sido un placer conversar contigo, Jeke. Eres un ser bondadoso y honrado, ahora he de irme. Nosotros somos espíritus de la noche, necesitamos dormir por el día.
-         El placer ha sido mío, podría pasar toda mi vida conversando contigo y nunca cansarme. ¿Puedo volver a verte mañana y continuar nuestra conversación, Amapola?
-         Por supuesto, estaré feliz de que vuelvas a verme. Así hasta mañana.
-         Esperaré impaciente a que el día llegue a su fin.
Al igual que sus compañeros, Amapola se introdujo en una flor la cual se cerró. Jeke se quedó allí observando a los primeros rayos de Sol que se asomaban de detrás las copas de los árboles.
El amanecer llegó y un nuevo día comenzó. El elfo emprendió el camino de vuelta a la cabaña sólo y con el corazón en un puño por la pérdida de su amigo, pero a la vez impaciente por volver a ver a Amapola aquella noche. Aquel día, Jeke empezó un nuevo dibujo. Como no podía dejar de pensar en el rostro angelical de la hada decidió hacerle un retrato. Después comió y bebió, fue a bañarse al río y se perfumó con los pétalos de flores aromáticas. Luego subió a una colina cercana, y allí esperó impaciente a que el Sol volviera a esconderse. Y lentamente la dorada moneda se incrustó en el horizonte y al final desapareció. Sin demorarse un instante Jeke regresó al estanque. Cuando llegó, las flores aún estaban cerradas. Aquella noche la luna brillaba también como la anterior, iluminando el estanque. Las luciérnagas ya revoloteaban por doquier. Jeke no recordaba haber estado tan nervioso e impaciente en su vida. Por fin el espectáculo iba a empezar, y Jeke se sentía emocionado de poder volver a verlo. Los capullos empezaron a brillar, y respectivamente fueron abriéndose. Aquella vez, el elfo, estaba aún más emocionado que la anterior. Las hadas salieron de sus cómodas camas, se asearon y se desperdigaron, igual que la vez anterior. Aquellos seres tenían un aura mágica a su alrededor. Entre los miles de seres, Jeke enseguida distinguió entre ellos al que a él, le parecía el más hermoso de todos, Amapola.
-         Buenas noches, Jeke ¿qué tal estás?
-         Muy buenas noches, Amapola, viéndote estoy más bien de lo que ningún ser pueda estar, ¿y tú, qué tal has dormido?
-         He dormido fantásticamente bien, gracias. – contestó con una tímida sonrisa la hada.
-         Me muero de ganas por decirte algo...
-         Dime, amigo mío, te escucharé con mucho gusto.
-         Llevo todo el día deseándote verte...
-         Yo también me alegro de verte – dijo el hada atentamente.
-         Sí... pero quiero decirte que nunca me ha quemado tanto el Sol, que estaba deseándote ver de nuevo, que para mí eres un ser muy especial... el ser más especial que he conocido.
-         Para mí también eres especial.
-         No me refiero a eso – siguió intentando explicarse mejor Jeke – quiero decirte que eres el ser más bello, más majestuoso que mis ojos hayan y puedan ver jamás y que deseo verte todos los días, todas las horas... siempre, que... TE QUIERO.
Un mosquito revoloteaba por el estanque y de repente se escuchó un leva lingotazo. Una pequeña rana que había salido aquella noche para ver la luna había cazado a su presa. Y ese fue el único sonido que se escuchó en el estanque. Porque en aquel momento ni el viento se hacía escuchar lo más mínimo.
-         TE QUIERO
En ese instante un grillo empezó a cantar una canción. Era una canción de amor.
-         Yo creo que también me he enamorado de ti. – Dijo pensativamente, y a la vez algo ruborizada la pequeña y hermosa criatura. Pero su tono no fue en tono alegre, sonó mas bien amargo.
En el rostro de Jeke se dibujó una brillante sonrisa:
-         ¡Pues ya está!  Me quedaré aquí contigo para siempre – habló el elfo excitado, pero al mirar el rostro de Amapola, sus ojos reflejaban tristeza y una pequeña perla plateada salió de sus ojos.
-         Las hadas antes fuimos elfos, que nos transformamos y adquirimos ciertos poderes para poder proteger a los seres bondadosos que habitan en la naturaleza. No podemos relacionarnos de esta manera con seres de otras especies, no podemos amarnos, el todopoderoso espíritu de los bosques me haría desaparecer, y no volveríamos a vernos nunca más.
La tristeza y la indignación invadieron también a Jeke.
-         Tiene que haber una manera en la que podamos estar juntos.
-         Las hadas sólo podemos estar con alas.
A Jeke se le vino una idea a la cabeza. Una disparatada pero posible idea. Se puso a pensar en su vida que se le pasó entera en segundos por su mente, se acordó de su familia y de sus amigos, de toda la gente que quería, de su precioso poblado.
-         Pues me convertiré en hada.
-         ¿¡Sabes lo que estás diciendo!? – se alteró Amapola – eso significa renunciar a todo, a todo lo que quieres, a todo lo que conoces, a tus seres queridos, a todos tus recuerdos. Es el renacer.
-         Por ti haría lo que fuera. Me moriría, ahora que sé de tu existencia, sin poder estar contigo.
Y así pasó.

Aquella mañana en el pueblo los árboles trajeron una triste noticia. Jeke, que era querido por todos, los había abandonado. Se había ido y no volvería. Contaron que el joven elfo había entrado en una luz, y que allí en medio de aquella luz, había desaparecido. >>

-         ¿Y qué pasó mamá? ¿Qué les pasó a Jeke y a Amapola?
-         Hay gente que dice que es imposible, que el todopoderoso espíritu de los bosques, Terra, no les permitió estar juntos, y que simplemente murió. Hay otros que dicen que sí lo consiguió, y que estuvieron por siempre jamás juntos.
-         ¿Y tú que crees mamá? – preguntó el pequeño Fliki, no satisfecho del todo con la anterior respuesta.
-         Yo creo en el amor, hijo mío.
-         Yo también – dijo el niño sonriente, y más contento con aquella respuesta.
Salma arropó a su hijo pequeño, y apagó la vela.
-         Buenas noches Fliki.
-         Buenas noches mamá.
Los ojos del pequeño elfo se cerraron y pronto se sumió en los más felices y placenteros sueños.

Aquella noche la luna y las estrellas brillaban con mucha intensidad. Salma se asomó al balcón y respiró profundamente. El clima era idóneo, primaveral. El aire se notaba más limpio y puro que nunca, y una agradable brisa le hizo ondear su dorado pelo. Alzó la vista y miro hacia la luna:
Se vieron dos diminutas siluetas que pasaron volando por delante de la luna. Tenían forma humana e iban cogidas de la mano.
FIN.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La madre de El Máquina

-         Buenas tardes, aquí E.C.D., les vamos a presentar a la trabajadora que más años lleva trabajando aquí, en el mercado del barrio, ella es Manoli. Hola Manoli, ¿cuántos años llevas aquí vendiendo pescado?
-         Pos llevo cuarenta y cinco años apestando a pescao y lo que me quea.
-          Esta señora es admirable, su espíritu luchador, su fuerza, su amor y devoción por su trabajo…
-         ¡¿Amor?! Que amor ni que leches, tanto mi mario en la construsion y yo llevamos toa la vida eslomándonos pa darle un futuro a nuestro hijo y va él y se pone a tirar todos los auros en las fiestas y en estar de parranda por ahí.
-         Señora…
-         El niño es un gandul, to el día dando vueltas con el coche ese que a saber de dónde lo ha sacao, o tirao por la calle haciendo el gamberro, ya lo decía mi madre, éste niño tiene falta de cinturón… si al menos se peinara, siempre con esos pinchos en la cabeza, y con los tornillos esos en la cara, parece un sinvergüenza de esos de la tele, y es que, bla, bla,…
-         Aquí terminamos el programa de hoy, hasta mañana… ¡Corta!, ¡corta!

El amigo de El Máquina

-         ¿Y que tienes que contarnos de tu amigo Juanmi?
-         ¿Juanmi? ¿Qué Juanmi? No conozco a ninguno, tía.
-         El que conocéis por este barrio como EL MÁQUINA.
-         ¿El Máquina? ¿el capullo ese? No es mi amigo, es solo un conocido, tía.
-         Pero si él nos dijo que eras su mejor amigo, que erais inseparables…
-         Salgo de fiesta con él, pero no soy su amigo, no confundas, ¿vale, tía?
-         ¿Y por qué sales con él?
-         Es que el pavo siempre lleva material y nos invita, el muy imbécil piensa que nos agrada su compañía, je,je,je se cree que mola y la verdad es que es ridículo, él fue el único capaz de quedarse con aquel viejo cacharro robado que apenas camina.
-         ¿Material?...
-         Sí tía, ¿en que país vives? Me refiero a que siempre lleva pirulas encima.
-         ¡CORTEN!