
El objetivo de todo ser vivo, es el hallazgo de la
felicidad. De naturaleza soñadora, de niño pensé que de mayor sería feliz y
comería perdices… bueno, no literalmente, mi condición vegetariana me lo
impide, pero sí en el sentido global de la expresión. Pero creces, despiertas y
la vida empieza a darte palos. El sueño del que no querías despertar se hace
añicos y nada es lo que parece, nadie es como parece. Descubres que el ser
honesto, tal y como hemos organizado la sociedad, no sirve de nada. Tal vez para
atraer simpatías, incluidas también las de los estafadores. Sabes que tu vecino
holandés, bajo su cálida sonrisa radiante de felicidad no tiene lo que tiene
por ser un simple carpintero. También sabes que sus continuos viajes no son
simplemente por ocio; y no eres el único que lo sabe, todo el mundo lo sabe.
Entiendes que el mundo está corrupto, que tus vecinos están corruptos, que tu
policía está corrupta, que tus políticos están corruptos. Un presidente no
debería salir en las noticias, no debería ser tan popular, ser el protagonista;
cuanto más sale peor empieza a funcionar todo. Luego piensas que lo que hace no
es tan malo. Mucha gente insatisfecha de la vida tiene la necesidad de buscar
algo que le ayude a desinhibirse; eso las ayuda, las hace felices, aunque solo
sea por unos instantes, aunque no sea más que un espejismo. Y recapacitas, tú
haces igual. Tú, en vez de tomarte sustancias ¿prohibidas? Lo haces
sumergiéndote en alguna tele serie que sin remordimientos te bajas de Internet
(si no lo hicieras no la verías) o jugando a los videojuegos. A veces sientes
una necesidad incrementada de jugar a ellos y piensas que lo único que buscas
es también desinhibirte. Tu compulsiva necesidad de coleccionar juguetes de los
personajes que tanto te apasionaban en tu infancia (y aún ahora), que nunca
pudiste tener; a sabiendas que con ello estas alimentando a una monstruosa
empresa americana, que bajo su máscara de vender ilusión a los niños, los
explota en sus diabólicas fábricas en China.
Pero de pronto encuentras a alguien que vuelve a trasladarte
a tus inocentes sueños de la infancia y la adolescencia. Conoces a tu princesa,
a tu religión, a tu diosa, un rayo de luz se cuela en tu vida y te aferras a la
esperanza de seguir luchando por la felicidad. Ella te incita a hacerlo, ya no
solo deseas tu felicidad, también la suya. Pero vuelves a despertar y recuerdas
al mundo que ya sabias como era, que es como es. Porque ves a tu diosa, a quien
te ha devuelto la ilusión, como empieza a marchitarse. Ves que el mundo es tan
cruel que consigue que la más bella flor de todo el jardín se contamine, se
oscurezca y el pesar la consume. Ahora tienes que ser fuerte. Más fuerte aún, a
sabiendas que realmente no lo eres, que nunca lo has sido. Tu debilidad, tu
inseguridad, tu lado oscuro la salpica a ella. Y debes luchar para que tu luz
oculta bajo las tinieblas brille y haga resurgir la más hermosa de las
sonrisas.
Pero el mundo es tal cual lo hemos hecho. Recuerdas la
sonrisa de un niño que vive en la miseria, en algún país de los denominados
tercermundistas, y a pesar de que apenas tiene comida a diario es más feliz que
tú. Te sientes culpable… pero no quieres esa felicidad, no quieres la felicidad
de la ignorancia.
Miras a tu alrededor y ves que tu frustración no es un caso
aislado. Ves en el rostro de tus hermanos la pérdida de la ilusión. Mientras un
amigo desea la muerte del suyo, otro la de su jefe.
Eso te lleva a pensar en el trabajo que tienes, que detestas
y tienes que escuchar: al menos tienes
trabajo, y aunque te hiera, tal y como están las cosas sabes que es verdad
ya que el dinero que no quieres, lo necesitas. No porque quieras coches, ni
casas, sino porque con él puedes comprar la libertad… ¿la libertad tiene
precio?... ridículo.
Alguien te dice que si aprendes a reírte de todo serás más
feliz, puede ser cierto, pero no quiero una felicidad hipócrita.
Sabes que no eres mejor que nadie, que eres como todos. Ni
siquiera has sido capaz de educar a tu perro, que has tenido que ponerle una
cadena privándole de su libertad, todo culpa de tu incompetencia. Si lo sueltas
volverá a matar gallinas o a hacer algo peor, tú eres el único culpable.
Pero no pienso rendirme. Tal vez esto son solo desvaríos,
pero el hecho de estar escribiéndolos me deja entrever un pequeño resurgir de
mi esperanza, de mi luz. Porque no pienso rendirme, siempre y que mi princesa
esté a mi lado seguiré luchando, luchando por ella, por nosotros, por el
hallazgo de la felicidad.