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miércoles, 24 de junio de 2020

Empezar a no morir



Las cosas nunca son lo que parecen ser.
Aquel día me desperté con un espantoso dolor de cabeza. Mi ropa estaba tirada en el suelo, bueno, al menos parece ser que me la había quitado, porque lo cierto es que no me acordaba de cómo había llegado a mi cama. Maldito Luis, qué coño nos habría dado aquella noche.  Al menos estaba en mi cama, eso sí. Tenía sed, mucha sed, la boca me sabía vómito y parecía que hubiera estado la noche comiendo corcho. Pero no me levanté, me puse boca arriba y observé el techo gris de mi habitación. Y empecé a recordar, lo primero que me vino a la mente fue Verónica. A pesar de mi estado no pude evitar tener una erección, ¡cómo me gustaba! Su largo pelo azabache, sus ojos oscuros, sus labios carnosos… sus labios. Recordé, y olí los dedos de mi mano, y los aromas dulces del amor me embriagaron. Con todavía diecisiete años mi experiencia sexual era nula, inexistente, y por una vez que había cruzado el límite, que había roto las reglas, roto las leyes, y ni me acordaba. Pero por Verónica habría hecho cualquier cosa, lo que fuera, entonces y ahora. Verónica, con su piel tostada, sus pequeñas y suaves manos, su piel… Verónica.
No sé cuánto tiempo pasé observando las musarañas pero cuando me levanté fui directo a la nevera. Me cagué en todo, no tenía agua, así que tuve que beber leche, no era lo mismo. Quedaba menos de un mes para que mi vida como ciudadano empezara. Me iban a poner el traje verde, todos los chicos de mi edad estaban entusiasmados con ello pero no era mi caso la vedad. A partir de ahora iba a empezar a dejar de morir. Sí, tal como suena. Hace casi ochenta años el químico halló un nuevo elemento. Un elemento que había venido del especio en un meteorito. Este tal Joseph Klose no sólo había descubierto un elemento milagroso sino que además era fácil de reproducir.
Nota: no sé cuando escribí esto ni hacia dónde iba la historia, mi cerebro la ha borrado de mi mente, pero bueno, aquí la dejo.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Inicio de cuento de terror


La luz se hizo, y tal como se hizo se apagó. La siguió un desgarrador estruendo. Los periódicos ya habían anunciado la tormenta del año. En la oscura noche la joven María corría entre los negros y estrechos callejones. Las cornisas chorreaban y ríos de agua serpenteaban en el resbaladizo pavimento. La sombra negra que lo seguía llevaba un cuchillo en la mano, ella lo había visto, y en uno de los relámpagos le había percibido sus terroríficos ojos grises con sed de sangre. María había gritado tan fuerte como había podido pero el ruido provocado por la tormenta acallaba su voz y había desistido en desperdiciar sus fuerzas. Además a aquellas horas de la noche y con tremenda tormenta no había nadie por las aceras ni tan siquiera automóvil circulando por la vía. Corría y corría, pero las puertas de las casas estaban cerradas, todas menos una. Allí creyó encontrar su salvación. La puerta trasera de la iglesia que llevaba al campanario, allí podría esconderse hasta que saliera el sol, o eso pensó y sin dudar empezó a subir las escaleras.

Inicio de cuento idílico


El día en que la vio por primera vez, supo que su felicidad solo sería posible estando junto a ella. El automóvil se detuvo.
-         Ahora tenemos que seguir a pié – le dijo a su amada.
Bajaron del coche y se introdujeron en el bosque, siguiendo un sinuoso sendero, y a unos pocos metros llegaron al mirador.
-         Hemos llegado a tiempo, el sol todavía no se ha puesto.
Ante ellos, bajo sus pies, se extendía bello y acogedor el pueblo, entre sus casas blancas y bajas solo sobresalía el alto campanario de la iglesia.
-         ¡Es precioso! – exclamó ella.
-         Ahora viene lo mejor.
El astro empezó a esconderse más allá del pueblecito, detrás de las montañas.
Ella permanecía atónita, observando las maravillas de la naturaleza y como las negras sombras crecían poco a poco, pero él, estaba pendiente de otra cosa. Sacó de su bolsillo una cajita negra que guardaba celosamente la abrió y se la tendió.
-         ¿Quieres casarte conmigo?
Ella atónita miró el anillo de oro blanco con un rubí incrustado. Los ojos se le humedecieron debido a la emoción.
-         Si, quiero.
Entonces, él ya no pudo contener más la sed de sus labios así que la estrechó entre sus brazos y la besó.

martes, 19 de octubre de 2010

La casa del capitán Pescaporra.

A cientos de kilómetros del mar, se encontraba la casa del capitán Pescaporra. Nada más llegar ya se notaba que no era una casa común. A su alrededor no tenía jardín, había arena, mucha arena, de tal manera, que cuando salías de ella parecía que estuvieses en la playa a excepción de que no había mar. Toda la fachada estaba recubierta de madera, dándole aspecto de barco. Al entrar en ella te encontrabas con un museo digno de Jaques Cousteau. Anclas, cabos, arpones, redes convivían en armonía apenas dejando espacio para las personas de a pié. El orden era palpable aunque no tanto la pulcritud, ya que no solo el aspecto sino que también el penetrante olor simulaba el de un barco pesquero. Manchas de humedad ennegrecían más aún las paredes pintadas de color marrón. Un no muy cómodo banco de madera estaba colocado enfrente de un minúsculo y anticuado televisor. Un gran estante tras ella contenía centenares de cintas de vídeo sobre pesca, el fondo marino y otras húmedas actividades aunque el reproductor no parecía estar por ningún lado. Una escalera metálica llevaba al piso de arriba y marcos redondos sin puertas conducían a las otras habitaciones de la casa. 

jueves, 14 de octubre de 2010

Dolores

Como todas las mañanas desde que su marido hubiera fallecido, Dolores se encaminó sin prisa hacia la cafetería en donde diariamente desayunaba su croissant y su café con leche. Sus zapatos sufrían su peso doblando el tacón de forma forzada y ni las innumerables capas de betún disimulaban su desgaste. Su enorme pamela blanca contrastaba sobremanera con su vestido y medias negras.
-         ¡Buenos días señora Dolores! – saludo con su bella sonrisa Pepe - ¿lo mismo de siempre?
A Dolores le encantaba aquel muchacho, por eso no había cambiado de cafetería en estos diez años.
-         Buenos… días – dijo entrecortadamente exhausta – si por favor.
Se quitó la pamela y con su mano intentó arreglarse los rulos demasiado negros que habían quedado aplastados por el sombrero y el sudor. 
Dolores había sido una esposa sumisa ejemplar, nunca se había quejado y había soportado todas las adversidades con valía. Ahora que sólo veía a sus hijos los domingos, los únicos placeres que se permitía eran ir a la peluquería cada primer lunes de mes después de haber cobrado la pensión y desayunar en la cafetería alegrándose la vista con el jovial y bello rostro del camarero.
Sus ojos azabaches a juego con sus cejas pintadas observaban atentamente al joven. A ella le gustaba sentirse querida, que la vieran como una tierna abuelita, aunque sus sueños iban más allá. Soñaba que ella volvía a ser joven y que aquel chico la hacía sentir las cosas que toda mujer desea sentir y que ella apenas conocía. Su marido había sido un buen hombre, pero un pésimo amante.
-         Aquí tiene – la sonrisa le puso en la mesa el croissant y el café.
Dolores bajaba la vista cuando el chico se le acercaba porque se avergonzaba de sus pensamientos.
-         Gracias – salió de sus finos labios vibrándole su flácida papada.


http://enplataynegro.blogspot.com/2010/10/dolores.html?zx=537c15f41ca9fd59