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miércoles, 19 de marzo de 2014

El guardián del sello



El cuerno del pescadero, la caracola, anunciando su producto fresco sonaba cuando entré por el grueso portón de madera maciza de la iglesia de Sant Joan. Yo la verdad es que no soy muy devoto por lo que mis visitas a las iglesias se pueden contar con los dedos de una mano, y prácticamente cerrada. Lo que me había llevado allí, a aquel recóndito y acogedor pueblo había sido simplemente una faena. Trabajo en una empresa de pintura y restauración y dado que los obreros voluntarios de la parroquia no se habían puesto de acuerdo. El padre Fernando, párroco en todo el municipio, había decidido contratar una empresa externa, ya que las fiestas del pueblo estaban al acecho y todavía quedaba mucho trabajo de mantenimiento.
-        Miguel me has dicho que te llamas ¿no? – dijo el párroco después de carraspear a consecuencia de un tic crónico – debes pintar el interior de la iglesia. Pero no será tan simple, huum, huum, hay manchas de humedad, me gustaría que las sanearas.
Con el cálido sol primaveral que bañaba los edificios blancos del pueblo, es cierto que el interior del edificio sagrado era tremendamente frío y húmedo. Las viejas y gastadas baldosas de color rojizo sostenían unos apretados e incómodos bancos de madera que se unían ente sí por unas tablillas en la parte de los reposapiés.  A los lados los santos de miradas tristes flanqueaban la sala bajo la inmensa cúpula blanqueada. Al frente, de anfitrión el patrón del pueblo, Sant Joan con el brazo levantado solemnemente.
            Otro de los trabajillos extras, era detrás del confesionario, situado a la derecha, en la entrada. Lo habían movido para sanear unas feas manchas negras de humedad que parecía que iban a darme trabajo. Don Fernando me dejó a solas para que me pusiera manos a la obra, se fue por la puerta que había a la derecha de la eucaristía. Fui a la camioneta a por las herramientas de trabajo y me puse manos a la obra. Estaba encantado de tener trabajo, con la crisis las cosas andaban muy mal, y mucho peor aún en el pueblo. Desde que había llegado a la isla las cosas no me iban mal. Un amigo me había conseguido ese trabajo y la verdad es que estaba muy satisfecho de tenerlo.  
            Pero algo inusual iba a ocurrir en aquella iglesia, algo que cambiaría mi vida para siempre. Mientras rascaba con la espátula la oscura pared en donde iba el confesionario de la antigua pared hecha con piedra viva y arcilla empezaron a desprenderse trozos de tamaño considerado. Me di cuenta de que había una especie de cuadro que estaba hecho con piedras planas de tamaño pequeño que tapaba un hueco en la pared. Seguramente eso recién hecho no se notaba, menos aún con el confesionario encima pero la humedad había hecho estragos. Lo primero que pensé fue que iba a tener más trabajo de lo que pensaba pero pronto descubrí que aquello era algo extraño, algo había oculto en aquel hueco. Llamé al padre Fernando que rápido acudió. Mientras bajaba por los escalones, la cortinilla que tenía como pelo se le levantaba ridículamente.
-        ¿Qué sucede? Huum, huum… - cuando vio aquel agujero su expresión de extrañeza debió de ser parecida a la mía.
Cayeron unos trozos más de cascotes y  me pareció ver una especie de luz que procedía del interior del hueco que de inmediato se extinguió. Había algo ahí dentro.
-        Vamos, cójalo – me dijo más intrigado que yo el párroco habiéndole desaparecido el tic.
Metí la mano algo temeroso. Palpé con cuidado y sólo encontré un pequeño aro de un metal dorado. Estaba lleno de extraños símbolos grabados que en mi vida había visto. Parecía ser algo completamente desconocido también para el Padre Fernando. Le pasé el extraño artefacto que examinó detenidamente.
-        Lo mejor es que de momento no digamos nada y que evitemos un revuelo mediático – habló al final el cura – hazme un favor huum, huum, yo estoy muy ocupado, ¿puedes llevárselo al Padre José?
Estuve a punto de rechistar, pero lo cierto es que yo también estaba muy intrigado. Y pese a ser sólo el pintor, lo hice. Me extrañó la confianza del sacerdote pero tampoco le di más importancia.
El padre José era el antiguo párroco del municipio que por su avanzada edad se había visto obligado a jubilarse, tenía la friolera de noventa y un años y vivía en un pueblo cercano completamente rural perteneciente al mismo municipio, Sant Vicent. El señor vivía en una casa payesa junto al bosque y un torrente que estaba a no mucha distancia de la iglesia de dicho pueblo. Para encontrar la casa pregunté a dos niños que jugaban al fútbol en un descampado cerca de la carretera.
            Don José era un hombrecillo pequeño, encorvado, flaco como un podenco. Vestía completamente de negro contrastando con la palidez de su piel. Pese a ello conservaba bien el pelo siendo éste de color blanco. Cuando me abrió la puerta salió con sus gruesas cejas grises fruncidas encima de sus pequeños ojos claros. La  mueca en su rostro surcado por prominentes arrugas con los labios apretados me invitaba a salir de allí corriendo, pero hice de tripas corazón.
-        ¿Quién demonios eres tú? – dijo sin preámbulos con voz ronca.
-        Disculpe que le moleste señor soy el pintor que han contratado para adecentar la iglesia de Sant Joan, he encontrado éste artefacto oculto en las paredes…
De repente el anciano abrió sus pequeños ojos cual lémur y me dio un fuerte empujón tirándome dentro de un baladre que había junto a la casa. Un disparo de bala impactó en la puerta a escasos centímetros de don José.
-        No tienes ni idea de lo que acabas de encontrar muchacho – me dijo antes de arrebatarme el aro de las manos yo aún tendido boca arriba.
Un hombre salió de un Mercedes negro y corrió hacia nosotros pistola en mano. El párroco jubilado entró en la casa con el extraño objeto en mano cerrando tras de sí con llave. El agresor que había intentado matarnos, un hombre con apariencia de gorila, enorme, oscuro, me propinó un fuerte golpe con la culata de su Magnum dejándome inconsciente. Antes de perder el conocimiento por completo pude ver como aquel hombre derribaba la puerta de una patada, después oscuridad.
Me desperté con un tremendo dolor de cabeza, parecía que los cuatro jinetes del apocalipsis cabalgaban dentro de mi cabeza. Pero hice un esfuerzo y me puse en pie. La puerta estaba abierta de par en par, el marco estaba reventado del golpe sufrido. Corrí al interior de la casa. La puerta desembocaba en el lateral del portxo, sala principal de las casas payesas de la isla. En él había lo básico. Un viejo sofá en el centro, un pequeño televisor y una chimenea llena de cenizas. El suelo no estaba embaldosado, estaba hecho de la manera que se hacía antiguamente, de arcilla con argamasa que bien podía ser sangre de cerdo. Don José estaba tumbado boca abajo entre el sofá y una pequeña mesa de lo más rústica frente a la tele. Corrí a su lado y le di la vuelta. Estaba en un charco de sangre pero vivo aún. Le habían disparado en el estómago.
-        Aguante, voy a llamar a la ambulancia…
Pero me agarró del brazo y me detuvo.
-        No, para mi es demasiado tarde – dijo con un hilo de voz – tienes que detenerlos, sólo tú puedes hacerlo.
-        ¿Cómo? Usted está delirando, no se preocupe que enseguida estarán aquí…
-        ¡¡Nooo!! – gritó – debes ir a Sa Cova des Culleram, ellos han ido allí, me aseguraron que si no se lo decía matarían a mi hija – su voz temblaba - la humanidad está en peligro.
Yo no entendía nada, casi me dio risa, pero el anciano se estremeció y escupió sangre por la boca. Después se quedó inerte para siempre. Más tarde descubriría que su intención era matarme a mí también y que los agresores habían tenido que huir apresuradamente al ver gente en las proximidades. Salí de la casa en estado de shock. No hacía más que preguntarme que qué diablos hacía yo metido en ese embrollo. Pero el párroco retirado había muerto por ese dorado objeto, esos significaba que se trataba de algo grave. Así que cogí la Renault Exprés y me puse rumbo a la cueva que no quedaba lejos de allí.
            No me costó encontrarla. Cuando llegué allí el coche estaba en el pequeño descampado donde desembocaba el estrecho camino montaña arriba. El cuatro por cuatro del que había salido el matón con túnica, asesino del anciano estaba allí. Así que cogí lo más parecido que encontré a un arma de la furgoneta, una maceta y una espátula y tomé el sendero que descendía al pequeño santuario sin pausa pero en guardia. Sa Cova des Culleram es un antiguo santuario dedicado a la cartaginesa Tanit diosa del amor y la fertilidad. Es un yacimiento de los más importantes de la isla, se supone que los cartagineses ya usaban dicho templo en siglo V antes de cristo. No era horario de visitas y la cueva debía de estar cerrada, pero no era el caso.
Había dos hombres, el agresor y el que conducía al que no había podido ver. Maceta en mano entré por la puerta. La verga había sido forzada. La cueva era muy pequeña y oscura. Enseguida oí a los dos hombres que hablaban. Escondido, agachado detrás de una roca en la entrada los escuché y observé. Me sorprendió descubrir que el segundo hombre era el padre Fernando. Él lo había hecho ir a casa de su antecesor por algún motivo, por su culpa don José estaba muerto.
-        Maldita sea – hablaba don Fernando sin tic aparente – has matado demasiado rápido al viejo. Ahora yo no sé cómo ni dónde se abre la ermita.
-        Deje de quejarse y siga buscando, al menos nos ha confesado el lugar dónde está.
El otro hombre llevaba también una sotana. Era de piel oscura y tenía acento portugués. Medía más de dos metros y pesaría más de cien kilos.
Ambos hombres buscaban, palpaban entre las rocas lo que parecía ser una hendidura. Yo observaba inmóvil sin saber qué hacer. El gigante finalmente encontró entre una roca que hacía de altar y una pared una extraña raja.
-        ¡Lo hemos encontrado! – gritó excitado el capellán.
Introdujeron el disco en la hendidura. Hubo un crujido y una roca se abrió dando paso a un profundo pasadizo que descendía hacia el interior de la montaña.
Me arrepentí de estar allí. No pensaba seguirlos, me iba a ir a casa y olvidar todo aquello. Pero alguien me delató, alguien inesperado.
-        ¿Se puede saber que diantres hacéis aquí dentro? – me sobresalté. Una voz femenina nos sobresaltó a los tres, de hecho nos hablaba a los tres por lo que mi escondite ya no servía de nada. Mis dos enemigos todavía lo suficientemente cerca se dieron la vuelta tan sorprendidos como yo.
Una chica pelirroja estaba tras de mí, con los brazos en jarra mirándonos enojada. Su rostro de piel clara, redondito y moteado de pecas rojas tenía mueca de enfado provocándole unas ligeras protuberancias entre sus cejas anaranjadas. Pero pronto cambió, cuando el hombre más grande sacó la Magnum de algún bolsillo de su túnica. La agarré por la manga de su blusa y le di un tirón para que justamente el disparo no atinara a darle en la cabeza.
Chilló asustada, sorprendida, yo intenté silenciar en vano sus gritos.
-        Cálmate – le grité.
Al ver la preocupación en mi rostro se percató de la situación y al menos dejó de chillar.
-        Lo siento chicos pero no es nada personal – dijo don Fernando – pero sabéis demasiado, habéis visto demasiado. Romualdo, acaba con ellos y ata el cabo que hemos dejado suelto.
El gigante empezó a aproximarse hacia nosotros lentamente mientras escuchamos los pasos del cura de Sant Joant que se adentraban en el túnel que había aparecido ante ellos.
-        Salid de ahí chicos – dijo Romualdo con una voz tan fina que no parecía proceder de aquel cuerpo monstruoso – y os prometo que será rápido.
No sé de dónde saqué las fuerzas ni el valor pero agarré con fuerza la maceta que llevaba me levanté velozmente y se la arrojé atinando en la pistola. No fue muy lejos pero nos dio el tiempo necesario para salir de la cueva y huir. El hombre mulato no tardó en perseguirnos, y con la pistola que llevaba teníamos todas las perder. No seguimos el camino que ascendía a la explanada que llevaba a los coches, corrimos por un pequeño sendero de ovejas que descendía más directo a la carretera montaña abajo. Un sonoro disparo impactó en un árbol cerca de mi oreja pero seguimos corriendo. La chica, que luego me enteraría de que era la guía de Sa Cova des Culleram y de que se llamaba Neus tropezó. Corrí en su ayuda para que se pusiera en pie pero ya nos había atrapado.
-        Lo siento chicos.
Pero una piedra impactó en el rostro de Romualdo cayendo de espaldas. Una robusta figura salió de entre los matorrales. Era un hombre de apariencia árabe y que vestía una gruesa chilaba gris con capucha de punta  luciendo una poblada barba. Nos miró inseguro y nos preguntó:
-        ¿Dónde está Fernando? – apenas tenía acento, su dominio del español era más que correcto.
-        Han encontrado una cueva y ahora él ha entrado en ella.
-        ¡Maldición! – exclamó – tienes que detenerlo, la humanidad depende de ello.
Romualdo había perdido la pistola pero ya estaba de pie dispuesto a enfrentarse al desconocido que acababa de salvarnos. Yo no sabía qué hacer, en esta ocasión Neus reaccionó antes que yo.
-        Ve que yo no puedo andar muy bien que me he hecho daño – me dijo.
-        No puedes perder tiempo – insistió el hombre de la barba.
Latino y árabe se enzarzaron en un duro combate. Los dos eran fuertes pero ágiles, pegaban, recibían, esquivaban. Cayeron al suelo agarrándose el uno al otro por el cuello. Pero yo no vi el desenlace, ya corría para atrapar al cura que me había metido en éste enredo.
El túnel encontrado por nuestros enemigos descendía en línea recta hacia el interior de la montaña. Pero desembocó en un puente que estaba sobre un inmenso socavón. En el centro del descomunal agujero había un trozo de roca que era a donde llevaba el puente hecho de barras de acero y tablas podridas. Pese a ello conseguí cruzarlo sin que se rompiera ninguna. Había una extraña luz azulada que provenía de algo en el centro de aquel fragmento de roca en medio de la nada. Allí estaba Fernando, hablando sólo.
-        Mi señor pronto te liberaremos, pronto serás libre – repetía una y otra vez.
Entonces algo increíble descubrí, algo que mis ojos veían y no creían. La mórbida luz surgía de unos cristales que tenían cautivo a algo extraño. No podía entender bien sus facciones pero tenía forma humanoide, no así su tamaño que al menos mediría cinco metros. Había una roca en forma de atril junto al monstruo y todo se conectó en mi cerebro. El aro que había encontrado era una llave, y esa llave estaba a punto de liberar a algo que la humanidad no estaba preparada para recibir. El padre Fernando iba a liberarlo. Mis piernas empezaron a correr, correr a todo lo que mis fuerzas podían. El aro ya estaba en su ranura pero llegué antes de que lo presionara lo suficiente y lo arrollé. Ambos rodamos por el suelo en el borde del precipicio. Forcejeamos.
-        Maldito mocoso insignificante – me gruñó el párroco en un tono desconocido para mí – no sabes lo que haces, fue un gran error dejarte con vida antes,  pagarás esta insolencia.
Me tenía agarrado por el cuello, encima de mí, yo tendido de espaldas. Pensé que era mi fin, aquel hombrecillo tenía más fuerza de lo que jamás habría imaginado y me estaba ahogando con sus manos. Entonces encontré mi espátula en el bolsillo, la agarré con todas mis fuerzas y se la hinqué en la espalda. El gritó desgarradoramente intentando llevarse las manos a la herida. Entonces con mis piernas lo levanté por encima de mí precipitándose a  la oscura inmensidad de la falla.
Corrí y desencajé el disco. La tenebrosa figura, por suerte, seguía durmiendo.
Unos minutos más tarde se presentaron Neus con el árabe y otro chico. Se presentó como Gaizka  Arizaga, castaño delgado y de piel clara. Era uno de los muchos guardianes de los sellos. Él se encargaba de uno en el Pirineo vasco al igual que el marroquí Abdelbaki El Moussaoui que guardaba el sello de una pequeña mezquita olvidada en las montañas del Rif. Como me explicaron, aquel ser encerrado no era el único en el mundo había muchos y había muchos guardianes. Me explicó que en las culturas más antiguas conocidas de oriente medio ya había referencia a aquellos seres, ya se hacían sacrificios humanos en sus nombres. A la diosa Tantit seguramente la habían adorado en aquel santuario precisamente para que les protegiera de aquel monstruo. En la religión cristiana eran nombrados como ángeles caídos. Se desconocía su procedencia, su edad, pero lo que se sabía que un solo de aquellos seres podía desencadenar la extinción de la raza humana. Pero había una oscura hermandad a la que precisamente llamaban los Oscuros, también en otras religiones y culturas se les conocía  como genios, djinn o imps, que pretendían liberarlos y don Fernando era uno de ellos. Lo habían descubierto y habían acudido lo antes posible para ayudar al antiguo y jubilado guardián, el pobre padre José. La intención de los Oscuros era liberar a la criatura, lo peor era que probablemente otro de ésta tétrica hermandad aparecería y debíamos de estar ahí para impedírselo a toda costa.  


De hecho Neus y yo somos los nuevos guardianes y no vamos a permitir que ninguno de vosotros os acerquéis al demonio que duerme plácidamente en el interior de la montaña.

sábado, 4 de febrero de 2012

El frío de Carlos


Carlos era un chico normal y corriente que vivía en un humilde apartamento con su madre. Sus hermanos ya se habían emancipado y su padre, un hombre cruel y agresivo, había fallecido cinco años atrás, empezando con ello una nueva vida.
            Una mañana de finales de enero, el joven se levantó temprano para ir a trabajar un día más a la obra. Aquel invierno había sido muy piadoso y la calidez de los días se asemejaban más a una fresca primavera. Pero aquella mañana fue distinta. Carlos se levantó con el frío metido en el cuerpo, tiritando, contraído. Miró por la ventana y aunque el sol no había salido aún, había suficiente claridad para comprobar que el cielo estaba completamente despejado. Para ver si entraba en calor, el chico se preparó un dulce y cargado café con leche para desayunar y, aunque se quemó la lengua y el paladar, no consiguió desprenderse del gélido frío que le recorría todo el cuerpo. Antes de marcharse de casa comprobó que efectivamente no tenía fiebre.
Salió de casa, pasó por delante del restaurante chino que estaba junto su portal y saludó a la dulce Xiaoyan que como todas las mañanas barría risueña la acera.
-         Buenos días – saludó Carlos.
-         Buenos días – respondió la chica con una cálida sonrisa.
Llegó al final de la calle, a los cinco minutos llegó Paco con su coche, y ambos se fueron a trabajar al bloque de apartamentos que se estaba construyendo a las afueras del pueblo.

            Por la tarde Carlos llegó a su casa y seguía igual, no lograba quitarse esa ingrata sensación del cuerpo, ese intenso y gélido frío que empezaba a atormentarle. Ni la sopa caliente, ni la estufa, ni las mantas conseguían aliviarlo, y eso que el sol había brillado con fuerza todo el día.
            Por la noche apenas pudo conciliar el sueño, bajo kilos de mantas que le dificultaban el movimiento, su mandíbula castañeteaba con fervor.

            A partir de entonces eso se convirtió en una tortuosa rutina, en un sin vivir. Pasaban los días y el gélido malestar no cesaba. Fue a ver al doctor y no le encontró nada, se vestía con numerosas mangas, con ropa térmica y ropa de buen grosor y nada.
Finalmente cayó en una profunda depresión y pidió la baja en el trabajo. Los psicólogos tampoco le ofrecieron solución alguna. Los días trascurrían uno tras otro sin cambos en su desgraciada vida. 
 Y cuando estaba a punto de abandonar, cuando su mente le decía que no valía la pena vivir con tal sufrimiento, algo sucedió:

Sonó el timbre.
-         ¡Carlos, tienes visita! – informó su madre al chico que vivía bajo capas de mantas metido en la cama en su habitación.
La puerta se abrió.
-         Buenos días – dijo Xiaoyan con la sonrisa más brillante y cálida del mundo.
-         Buenos días – contestó Carlos después de titubear sentado en la cama.

Xiaoyan apartó las mantas y abrazó con todas sus fuerzas a Carlos. Éste la correspondió y ya nunca más volvió a tener frío. 


miércoles, 14 de diciembre de 2011

Ángel



Harto de la opresión, de la censura, de las normas absurdas, de la dictadura, Ángel abandonó el cielo. Pero Dios, el dictador, le prohibió su regreso, algo que no preocupó al ser alado. Así abandonaba la hipocresía, el tener que adorar a alguien a quien no conocía para poder vivir libremente lo que resultaba una completa contradicción.

En el infierno las cosas no estaban mejor. La mano del todopoderoso era infinita. Allí, junto a psicópatas, violadores y otros monstruos humanos, había todos los seres que no cumplían los caprichos de Dios. Satán estaba encantado y disfrutaba torturando a homosexuales, divorciados, ateos y otros de creencias diferentes. Había también niñas violadas que habían decidido abortar, otras simplemente habían cometido una imprudencia común a su edad por falta de información y no querían tener que pagarlo para el resto de sus vidas. Habían suicidas, bebés que no habían sido bautizados y un gran etcétera de personas de corazón poco malvado. Resumiendo, la mayoría de los seres humanos. El sistema hitleriano impuesto por Dios era implacable.
Asqueado, Ángel huyó de allí y también las puertas del infierno se le cerraron para siempre.
De sus ojos salieron lágrimas, lágrimas de sangre. Deambuló sin rumbo cual alma en pena por el paraíso hecho ruinas hasta el fin de los tiempos.


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Pensando un Best Seller (zombies)


El tiempo no ha olvidado los seres clásicos del terror. Cada poco tiempo un libro, una película o una serie de televisión reviven a los monstruos que ya hacían temblar a nuestros abuelos. En ocasiones estos seres son transformados para adaptarse a los tiempos, a las exigencias del consumidor actual, cada vez más difícil de sorprender. Todos recordamos películas de principios de los noventa en los que los vampiros formaban bandas callejeras de macarras, también a principios e éste siglo salieron las películas basadas en cómics de la Marvel de Blade. En los últimos años la saga Crepúsculo, masivamente conocida en el mundo entero ha llevado a los vampiros al instituto y  la cotidianeidad junto a los hombres lobo; otro de los seres más populares del terror. ¿Quién no recuerda aquella serie de dibujos animados en la que un chico de instituto (vestido con una chaqueta de jugador de futbol americano) descubría que él y su respectiva familia eran hombres lobo. Aún se nos ponen los pelos de punta al recordad a Jack Nicolson con aquella cara de psicópata. Al terrorífico carnívoro lo hemos visto perdido en Paris y en innumerables sitios más haciendo una vida diurna más o menos normal y liándola por las noches.
En cambio, los zombies siempre han sido zombies. Estén más o menos ciclados, sean más o menos inteligentes, su personalidad es siempre la misma. Su único objetivo es comer carne humana, a ser posible, cerebros.
Propongo una modernización de dicha putrefacta criatura. Una trilogía de novelas (ampliable):
  1. En el primero de los libros, un adolescente zombie iría al instituto en el que tendría que enfrentarse a las bandas de chicos xenófobos que lo odiaban por el simple estado de descomposición de su cuerpo. Por supuesto, también debería competir con el líder de una de las bandas más peligrosas para conquistar a la chica más guapa e inteligente (la única inteligente) del instituto. Pero claro, tendría que vencer sus problemas de pérdida de miembros y otras partes del cuerpo y combatir su putrefacción que le causaría grandes complejos (también por el mal olor) que finalmente vencería valientemente.
  2. En la segunda parte el no muerto conseguiría ir a la universidad junto a su bella novia. Pero un estudiante extranjero, procedente de Egipto y cubierto de atractivas vendas se interpondría en su camino. La chica se vería inmersa en dudas y surgiría un triángulo amoroso llevándolos a todos al borde del precipicio. Al final ganaría nuestro no muerto favorito y surgiría la amistad con el estudiante forastero.
  3. En principio, éste sería el libro que cerrase la saga. En el se vería a un zombie más maduro, más adulto, que ha conseguido entrar en el apasionante mundo de las finanzas. El ejecutivo zombie deberá enfrentarse a los despiadados hombres de negocios y ayudar a reflotar una empresa que ha sido saboteada. También veremos a los hijos semi-no muertos ¿? del protagonista. Finalmente triunfará y comerá cerebros de perdices con su familia el resto de su ¿vida?

Los componentes que he expuesto, en mi humilde opinión, son una buena fuente para escribir un Best Seller… o no. Yo por ahora no pienso hacerlo.


miércoles, 29 de junio de 2011

Juan y el lobo


Aquella tormenta veraniega pasaría a la historia por litros de agua caídos en el menor tiempo. Juan salió del cortijo garrote en mano. Las ovejas estaban a resguardo en el corral, por lo que tanto alboroto no era normal. Algo estaba sucediendo. Días atrás había aparecido un cordero muerto con heridas que parecían estar provocadas por unas fauces, lo que llevó al pastor a concluir que un lobo andaba por aquellos lares. El saco que se había puesto a modo de chubasquero improvisado, en pocos segundos estuvo calado por lo que carecía de utilidad. Entró apresuradamente en el corral, y una oscura sombra se escabulló por la ventana. Una rápida ojeada le bastó para ver que dos ovejas yacían en el suelo, cubiertas de sangre, aún palpitantes pero muertas. Gritó maldiciones aunque nadie pudiera oírle en aquel lugar apartado de la mano de dios. Corrió fuera tras los pasos del misterioso depredador con intención de hacérselo pagar. Pero bajo las ventanas no había huella alguna.
¿Dónde se ha metido?
Se percató de que la ventana era demasiado alta para que un lobo cualquiera pudiera entrar o salir por ella. Pensó que sería un animal enorme, no se acobardó.
¡Dónde te has escondido!
Pero no salió.
Sin ser consciente, una figura lo observaba. Una sombra en lo alto del espeso algarrobo centenario que había junto a los corrales.
A la mañana siguiente un cálido y primaveral sol brillaba en lo alto. Con pesar, Juan se levantó y fue a cavar un gran hoyo en el que enterrar a los dos animales muertos. El lobo, o el animal que fuese, había chupado la sangre de las desgraciadas.
Luego sacó al rebaño y, macuto a la espalda, se dirigió a las grandes praderas allá en los valles. El campo estaba encharcado por doquier, pero eso significaba que el pasto estaría más tierno para las ovejas. Eso haría que al menos pudiera quedarse un par de semanas más. A finales de invierno, cuando el crudo frío ya había pasado, todos los años Juan partía del pueblo hacia las montañas para regresar antes de agosto. En septiembre, rebaño y pastor volvían allí para los primeros mese de otoño. Hacían falta tres días de camino para llegar a aquellos parajes de ensueño. Muchas personas del pueblo trataban a Juan de lunático, aquellas costumbres ya se habían perdido hacía años. Los piensos industriales habían sustituido aquel nómada modo de vida. Pero a Juan no le gustaba, las ovejas eran mucho más felices brincando a sus anchas por los prados, y él también. Eso le proporcionaba el tiempo que necesitaba para componer poesía, su gran pasión. A pesar de las malas palabras de sus vecinos, parientes y amigos (su novia incluida) no pensaba dejarlo. Eso le hacía sentir vivo, feliz.

A mediados de agosto la hierba empezó a secarse, eso era la señal, era hora de volver a casa.
A su regreso, Juan no encontró la bienvenida esperada. Su novia Amparito se había cansado de estar siempre esperándole y había empezado una relación con Chema, el panadero. Al poco tiempo se supo que estaba embarazada y por supuesto Juan no era el padre. Pero en el fondo, el pastor lo sabía, sabía que aquello iba a pasar tarde o temprano. Nunca le leyó los versos que le había escrito y no le quedó más remedio que aceptarlo. A su sorpresa, la decepción fue menor de lo esperado y su vida continuó igual. Ahora tenía trabajo, esquilar las ovejas para vender la lana, vender la leche y los quesos, vender los corderos, etc.
A finales de septiembre el pastor volvió a preparar su bolsa, y junto al rebaño partió de nuevo a las montañas. A medida que se acercaba el aire puro lo impregnaba de aromáticas fragancias y sentía la vida regresar. La amargura, la oscura frialdad del se humano desaparecían. A finales de septiembre, con las grandes lluvias, debería regresar al pueblo.
En aquella ocasión llevaba consigo un instrumento nuevo. Algo que nunca había usado, la escopeta que su abuelo había llevado en la guerra, un arma que oficialmente no existía, que había permanecido oculta en un polvoriento baúl en el altillo de la casa, un instrumento que odiaba.
Ver de nuevo su viejo y frío cortijo le inspiró un nuevo poema.
Los días transcurrieron con normalidad, pero al séptimo día de estar allí un cordero y una oveja joven volvieron a aparecer asesinados, con grandes mordeduras en el cuello y sin apenas sangre en el cuerpo. Entonces Juan decidió a partir de ese momento montar guardia por las noches, escopeta en mano. Su intención era acabar con aquel chupacabras del infierno.
Pasaban los días y nada sucedía, y la falta de sueño empezaba a menguar las fuerzas del pastor. Pero al sexto día de la segunda semana algo le disturbó su incómodo sueño, sentado en un montón de hierba seca apoyado en el fusil. Una oscura figura descendió desde la ventana. Una fantasmal figura negra de forma humana. No se había dado cuenta de que el pastor estaba apuntándola con el arma. Con un veloz movimiento se abalanzó sobre las aterradas ovejas. A Juan no le fallaron los reflejos y disparó. Falló, era demasiado veloz, revelando su posición al depredador. La figura huyó y saltó a la ventana. Pero allí su rostro se volvió clavando unos ojos claros en los pardos de Juan. Era una muchacha. Una preciosa muchacha de pálida tez, ataviada con una negra túnica con capucha. El pastor no encontró valor de disparar y la sombra saltó al exterior.
El chico pronto reaccionó y se apresuró tras aquel bello ser.
La divisó en lo alto del algarrobo. Enseguida ella saltó, prácticamente planeó, hasta un pino que había metros atrás. Pero Juan no se rindió y corrió tras ella. La luz de una inmensa luna llena era su aliada y, aunque eran profundas horas de la noche, su vista ya adaptada a la oscuridad veía relativamente bien.
Saltando de árbol en árbol se internó en el frondoso bosque de pinos. Juan corrió y corrió, haciendo caso omiso a los rasguños y magulladuras provocados por las ramas, rocas y raíces. Se torció el tobillo, pero aguantó el dolor y continuó corriendo, así durante cerca de una hora.
De repente la perdió de vista. Buscando, tras un espeso matorral encontró una cueva. Parecía la entrada de algún  templo antiguo, ya que en la roca había grabados, que debido a la erosión y la insuficiente claridad de la noche, Juan no podía apreciar bien. Sin pensárselo dos veces entró en ella. Anduvo largo tiempo en la completa oscuridad. La cueva descendía hacia el interior en dirección al centro de la tierra. El aire estaba viciado y el calor empezaba a hacerse insoportable. Cuando las fuerzas empezaban a flaquear, sudoroso y exhausto Juan divisó una tenue claridad. Corrió hasta alcanzarla.
Desembocó en una pequeña sala, húmeda y cubierta de polvo, iluminada por una oxidada lámpara de aceite colgada en una pared. En el centro, había un gran ataúd negro. Le pasó la mano por lo alto quitándole el polvo y descubrió que a pesar de que debía de tener cientos de años, el barniz de la madera estaba implacable. Con dificultad abrió la tapa. Estaba vacío. Su acolchado blanco estaba inmaculado.
De repente se sobresaltó al notar una sombra moverse a su espalda. Se giró tan rápido como pudo pero ya fue demasiado tarde, tenía al depredador encima. Cayó de espaldas con aquella extraña muchacha encima. Dos miradas se cruzaron y el poeta no encontró palabras para tal deslumbrante belleza. Ella parecía asustada, Juan se sentía incapaz de moverse. Despacio, ella acercó su rostro, sacó sus colmillos y los clavó en el cuello de su presa.
Juan esbozó una sonrisa reflejando el placer sintiendo los labios de la chica en su cuello. Y poco a poco su vida se fue apagando hasta finalmente extinguirse. Así, el séptimo día descansó.
La muchacha chupó hasta vaciar la sangre del cuerpo del chico sin poder contener las lágrimas. Por primera vez en su longeva vida lloró. Sin él saberlo, había estado observándolo durante años. Ella recordaba perfectamente la primera vez que lo vio, joven y tierno. Lo había amado desde la distancia, en silencio. La tristeza se adueñó de su fría alma, cogió con facilidad el cuerpo inerte del pastor y lo introdujo con suavidad en el ataúd. Ella se tumbó a su lado y encontró la anhelada muerte que buscaba. El ser inmortal murió finalmente de tristeza.
Y aquellos dos cuerpos se convirtieron en el mismo montón de tierra.
Mientras, las ovejas al encontrar la puerta del corral abierto, salieron a la intemperie y vivieron felices para siempre en libertad.

FIN


miércoles, 4 de mayo de 2011

Vida digna de ser novelada (J.R.R.Tolkien)


John Ronald Reuel Tolkien, mas conocido por J.R.R.Tolkien tuvo una vida digna de ser novelada. Nació en Sudáfrica, su padre trabajaba vendiendo diamantes a los ingleses. De pequeño lo picó una araña y enfermó, eso repercutiría en el futuro en sus novelas. A causa de ello y debido a su estado de salud se mudó provisionalmente a Inglaterra con su madre y su hermano. Poco tiempo después su padre moría y se quedaría en Gran Bretaña definitivamente. Años después perdió a su madre y quedó a cargo de un sacerdote cristiano español. Siempre sintió pasión por las lenguas, aprendió un gran número de ellas e inventó unas cuantas.
Participó en la Primera guerra Mundial.
Estudió en Oxford y recibió innumerables premios.
Escribió sobre su universo imaginario desde los 20 años hasta su vejez y su gran obra El Señor de los Anillos no recibiría el merecido reconocimiento hasta después de su muerte.
                Creo que tuvo una vida interesante y repleta de interesantes anécdotas.

¿Y tú, quién piensas que tiene una buena historia para ser transformada en novela?


lunes, 3 de enero de 2011

Lunaria


En algún lugar de la galaxia, existe una pequeña estrella, a su alrededor orbita un planeta llamado Iacho. Las bajas temperaturas de dicho planeta lo hacen un lugar prácticamente inhabitable, a excepción de pequeños microorganismos capaces de aprovechar el escaso oxígeno absorbiéndolo del hielo. Desde el espacio dicho planeta no es más que un punto blanco en su totalidad, cegador, con surcos que forman montañas, valles, mesetas… todo yermo, desolado, muerto.

            Dos lunas orbitan alrededor de Iacho: Lunisola y Lunaria.
           
Lunisola es un clon pequeño de su madre, un desolador pedazo de hielo girando en torno a otro más grande.
Lunaria, astro mucho más pequeño que Lunisola, orbita mucho más cerca de la incandescente estrella. Eso es el motivo por el cual la naturaleza ha sido capaz de engendrar vida en sus entrañas, y permitir que ésta evolucionara. O tal vez, tal y como cuentan las leyendas de los seres que habitan allí, su origen es el mismo planeta Iacho, que tras sufrir alguna catástrofe, natural o no, se desvió de su órbita alejándose del sol y congelando sus mares acabando con la vida casi en su totalidad.

Las condiciones de vida son realmente duras para todos los seres que habitan en Lunaria. Sus montañas poco altas y sus grandes praderas están dominadas por unas lanudas bestias llamadas vacufalos. Gran animal rumiante, cuyo largo hocico está recubierto de una gruesa piel que le permite rastrear y buscar las pequeñas hierbas que luchan por vivir venciendo a la nieve. Su natural olfato le hace capaz de encontrar el alimento suficiente para que el animal crezca robusto y con la capacidad de acumular la grasa necesaria para protegerse del frío. A veces, en ciertas épocas del año, pueden permitirse el lujo de añadir las verdes hojas de las ramas más bajas de los árboles de los poco frondosos bosques.
A parte de los vacufalos, de pequeños reptiles y roedores, el otro ser que habita y domina Lunaria es el lunariano. Los lunarianos son una raza humanoide de grandísima inteligencia, la cual ha sido capaz de evolucionar, avanzar, progresar de tal manera que ha podido desarrollar la tecnología a niveles inimaginables, con los escasos recursos de los que su pequeña tierra es capaz de ofrecerles.
La mayor peculiaridad de los lunarianos es el azul de su piel. Un azul intenso, y a pesar de su aparente finura, la piel está completamente adaptada al frío de su luna. Suelen ser poco robustos, fibrosos. Su cuerpo apenas tiene vello, a excepción de su pelo que suele ser de colores vivos e intensos.
Tradicionales pero con visión de futuro, los lunarianos se alimentan de los pocos vegetales que son capaces de germinar, a los que  los avances químicos han dotado de mayor resistencia. Excavan grandes hoyos en los que cultivar, con objetivo de protegerlos de los gélidos vientos. Pero el alimento que proporciona mayor energía a los habitantes azulados de Lunaria, es la carne y la leche de vacufalo.
Las pequeñas aldeas en las que viven están meticulosamente ordenadas, y sembradas por rectangulares edificaciones acabadas en pico, cuyos tejados ocultan un sofisticado sistema de almacenamiento y filtrado de agua, lo que convierte un problema (la nieve) en una utilidad. De todos los tejados, al menos un enorme tubo sobresale, que desprernden ráfagas de aire caliente. Entre los edificios, todos grises, construidos con el mismo material sin pintar, hay numerosos y cuidados parques en los que sembraban arbustos y líquenes cuyo principal color es el gris en multitud de tonalidades.
Los pequeños edificios, que nunca sobrepasan los dos pisos, esconden grandes secretos en su interior. Crecen hacia abajo, hacia el interior de la tierra. Debido a la imposibilidad de de permanecer mucho tiempo en la intemperie la mayor parte del año debido al frío, los lunarianos empezaron a construir túneles y cámaras bajo tierra. Por lo que la impresión que pueden dar los pueblos de pequeños y poco habitados, es una mera ilusión, ya que su centro y ebullición de la vida están en las entrañas de la tierra. Fábricas, tiendas, bares, aeropuertos… todo está bajo tierra. También hay calles-túneles e incluso autopistas capaces de unir varios pueblos. El frío exterior contrasta con el calor del interior de los hogares de los lunarianos.

De tradiciones severas pero pacíficas, en su conquista del espacio, descubrieron otras galaxias, otros mundos, otras civilizaciones. Pero esos descubrimientos, gratos al principio, se transformarían en preocupaciones, y pronto se verían obligados a entrar a formar parte en una guerra capaz de llegar a sus hogares.
Pero bueno, eso es otra historia…

viernes, 10 de diciembre de 2010

Lobos


Cuando estaba a punto de desfallecer, un ángel me salvó, o ¿tal vez fue un demonio?

            Mi nombre es Jaques Robespierre, y como buen francés partí con el ejército de Napoleón hacia Rusia, nuestro objetivo: invadir Moscú. Al principio a penas tuvimos resistencia y después de algunas batallas en las que derrotamos sin dificultades a los rusos, nos acercamos a nuestro objetivo. El avance y las victorias nos dieron ánimos para soportar las gélidas temperaturas que empezaban a menguar nuestras fuerzas. Pero el desolador paisaje de la imponente ciudad arrasada nos derrumbó. Las paredes negras de los edificios pasto de las llamas, nos avisaban de que lo peor estaba aún por llegar. Entonces las provisiones empezaron a escasear y la hambruna invadió a las tropas. Moscú más que una ciudad parecía un cementerio, no había alimentos en ella y el permanecer entre las ruinas hacía difícil el resguardo. El recordar el calor de nuestro hogar empezó a hacerse insoportable. Así nuestro emperador Bonaparte decidió que la mejor opción era la retirada y así se hizo. El regreso fue aún mucho peor, el camino estaba obstaculizado por la nieve y el hielo. Uno tras otro mis compatriotas más débiles y los heridos fueron enfermando y muriendo. Encima, pequeñas e incesantes guerrillas nos acechaban y, ya tan débiles, conseguían  causar numerosas bajas en nuestras filas, decreciendo poco a poco nuestro ejército.
            Todo empezó en una de esas emboscadas. Ocurrió en medio un frondoso bosque de pinos, en el cual, la primera vez que pasamos por él, había un ancho sendero; ahora había desaparecido por completo. En su lugar una densa capa de nieve cubría la superficie llegando a cubrirnos por encima de las rodillas. A pesar de nuestras botas altas, la nieve se nos metía dentro  helándonos los pies. Aquello sería el fatal para muchos de los soldados. Yo estaba en la retaguardia, en el último batallón, de pronto, cual fantasmas se tratasen, cientos de enemigos surgieron de entre los matorrales, de encima de los árboles, de dentro de la nieve… Habíamos caído en una emboscada. Como pudimos sacamos nuestros rifles, aunque nos fue imposible colocarnos en formación. Empezamos a disparar como locos, casi a ciegas, ya que los astutos rusos eran casi invisibles con sus vestiduras albas; estábamos en completa desventaja, no podíamos verlos y nuestra movilidad, allí incrustados en la nieve, era extremadamente lenta. Nos dispersamos intentando salvar nuestras vidas refugiándonos detrás de cualquier tronco, roca o lo que fuera. Antiguamente, los nórdicos creían que el infierno era de hielo y nieve, y nosotros, estábamos en él. Afortunadamente, yo conseguí adentrarme en el bosque. Corrí con todas mis fuerzas, y en la huída, perdí sin darme cuenta el rifle.
            Caminé y caminé sin ser consciente del tiempo, y cuando me detuve, me encontré perdido en medio del bosque. Se puso a nevar con una intensidad jamás vista por mis ojos antes, probablemente fue lo que me salvó, ocultándome del enemigo, pero también iba a ser mi perdición. El rastro que yo iba dejando, se borraba al poco tiempo,  y me impedía distinguir el regreso al camino. Anduve por la espesura del bosque sin rumbo. En más de una ocasión me encontré en sitios por los que ya había pasado, estaba perdido. Encima, el hambre y el cansancio eran demonios psicológicos a los que ya no era capaz de vencer. No me notaba los pies, probablemente estaban en fase de congelación y cuando la sangre empezara a reducir su flujo, dejarían de responderme. Finalmente me desplomé. Me acordé de mi familia que había dejado en París: mis padres, mis hermanos, mis tíos, mis amigos, mi perro… y me resigné a morir. Mis párpados se cerraron y las tinieblas acudieron a mí.
            En la infinita oscuridad, de pronto, una cálida luz surgió. Sentí que me atraía hacia ella, que llamaba a la vida. Con esfuerzo abrí los ojos. ¿Qué era aquella luz? ¿Fuego? Efectivamente, estaba tumbado junto una hoguera. Noté una húmeda caricia en mi mejilla, y comprobé, que algo o alguien me estaba lamiendo un rasguño que me había hecho en la huída. Al percatarse de mi movimiento y de que había recuperado el conocimiento, aquella figura se apartó de mí, veloz cual sombra en la oscuridad. Como pude, me incorporé torpemente: estaba en el interior de una cueva. Era bastante profunda, ya que la luz de las llamas era insuficiente para apreciar sus paredes y mucho menos su salida. Bajo mí, había un cálido lecho, hecho con pieles de animales que no logré distinguir. Observé mis magulladas piernas, me habían quitado las botas y me habían envuelto los pies en aquellas desconocidas pieles. Moví los dedos, y un gratificante e intenso dolor recorrió todo mi cuerpo, había recuperado la sensibilidad. Poco a poco, mis ojos se fueron acostumbrando a la tenue pero cálida luz procedente de la hoguera que iluminaba un pequeño perímetro de aquella cámara natural. Busqué en las sombras, quería conocer a mi salvador. Barajé la posibilidad de que pudiera ser algún cazador ruso, pero quedó descartada al encontrar la estilizada silueta que me observaba inmóvil frente a mí. Intenté levantarme, y al hacerlo, caí  de bruces. Aquella persona no se inmutó, me seguía mirando con brillantes e intensos ojos grises, desconfiaba de mí.
-         No quiero hacerte daño – le dije, pero no se movió.
 Intenté nuevamente ponerme en pie, pero aún estaba demasiado débil. Aquella individua se apiadó de mí y cautelosamente se fue acercando con intención de ayudarme, y al fin, la vi. Su imagen me hipnotizó, era el ser más hermoso que mis ojos jamás habían visto. Su esbelto cuerpo de piel blanca estaba marcado y enseñaba su perfecta musculación. Unos harapientos trozos de piel, a penas cubrían aquel menudo, pero fuerte cuerpo, al igual que sus pies, y lo primero que pensé, fue de cómo sería capaz de aguantar aquellas gélidas temperaturas sin apenas abrigo. Lo que realmente me dejó prendado de ella, fue su rostro. Bajo una enmarañada cabellera azabache vislumbré su rostro angelical. Sus rosados y finos labios, su pequeña nariz y sus penetrantes ojos grises bajo sus finas y negras líneas por cejas. Al ver que la observaba atónito, se sintió intimidada y se paró.
-         No te haré nada – insistí.
Alcé mi mano amistosamente, y su fino rostro, se frunció ferozmente mostrándome sus pequeñas y blancas fauces. Intenté calmarla con un tranquilizador siseo. Pareció surgir efecto y una dulce y firme voz me habló sin que saliera sonido alguno por su boca. ¿Puedo confiar en ti? Me dijo.
-         Por supuesto que sí – le contesté – no tienes porqué temerme.
Pasé un tiempo al cuidado de aquella misteriosa muchacha que, aparentemente, no tenía nombre. Ella me traía liebres y pequeños roedores para comer, que yo cocinaba en la hoguera que permanecía encendida las veinticuatro horas del día. También me traía agua dentro de un viejo casco del ejército ruso, la cual, aceptaba agradecidamente. El miedo que ella sentía sobre mí, poco a poco, fue desapareciendo. Ella nunca pronunciaba palabra alguna, pero sin saber como, se comunicaba conmigo; la sentía en mi mente. Por las noches mientras dormía, como hacen los perros con sus cachorros, me lamía el rostro con intención de lavarme. Yo me dejaba, era una sensación realmente agradable, cálida, llena de ternura.
Una noche, cuando yo estaba ya casi recuperado, ella se acurrucó a mi vera. La rodeé con mis brazos, se sobresaltó al principio, pero luego me permitió que la arropara contra mi cuerpo. La besé con ternura, ella no parecía saber el qué hacer, pero lo aceptó gustosamente, y nuestros cuerpos se encajaron convirtiéndose en uno solo. Jamás sentí tanta pasión, tanto placer, tanto amor.
Ya por fin, con las fuerzas recuperadas, pensé que mi deber era volver a casa. Necesitaba saber qué había pasado con la guerra, con Napoleón, saber si mi familia estaba bien, o eso es lo que pensé en aquel momento. Se lo comenté por la noche, con intención también de pedirle que me acompañara, pero no tuve ocasión. Cuando escuchó que pensaba marcharme, su rostro se oscureció y se marchó corriendo fuera de la cueva. Aquella  noche ella no apareció, y la pasé solo y apesadumbrado. A la mañana siguiente ella aún no había regresado a la cueva. En la hoguera apenas quedaban unos carbones ardientes, eso significaba que no había venido ni para traer leña para mantenerla encendida. Así que me preparé una improvisada bolsa con carne, me atavié para el viaje y salí al exterior. La luz del día me cegó, había estado demasiado tiempo en la oscuridad de la caverna. Me estiré para desentumecer los músculos. Lo cierto era que no tenía idea de dónde estaba ni hacia dónde tenía que ir. De pronto, unos matorrales se movieron y de él salió un lobo negro. Me sobresalté y en ese instante eché de menos el rifle. Pero la voz de mi salvadora, de aquel salvaje pero angelical ser, me habló: Sigue al lobo. El animal se había sentado y me observaba con penetrantes ojos grises e inteligentes. Aunque realmente no supiera nada de aquella muchacha, confiaba en ella, no solo porque me hubiera salvado la vida, sino por algo más. En aquellas dos semanas que había pasado en el refugio, había surgido algo, algo espiritual.
El viaje, aunque largo, fue bastante tranquilo. La nieve ya se estaba derritiendo y en el ambiente se empezaba a respirar la primavera. Mi acompañante, a parte de ser mi guía era mi protector. Me traía animales que cazaba y me llevaba a manantiales o estanques en los que beber agua fresca. Aquel peculiar y silencioso compañero me guió hasta la frontera, en donde se detuvo. Ahora tendrás que seguir solo. Mientras andaba hacia la aduana el lobo negro me observaba con sus imponentes ojos. Al entrar en Prusia todo fue fácil y pronto llegué a mi patria.
En Paris todo estaba revuelto. La derrota de Napoleón había subido las temperaturas y en las calles se respiraba la tensión. No se porqué motivo, en vez de volver a casa, lo primero que hice al llegar a la ciudad, fue ir al cementerio para encontrarme con mis compañeros caídos en la nefasta última batalla. Encontré a amigos, vecinos y conocidos que habían muerto. Mientras miraba las lápidas, cual fue mi sorpresa al encontrar la mía. Me habían dado por muerto y me habían enterrado. Pensé en cómo se habrían sentido mis padres y mis hermanos al enterarse de la noticia. Salí cabizbajo a la calle, y emprendí camino entre las calles, sin rumbo fijo, bajo la sombra de mis pensamientos. Por extraño que parezca, no me sentía bien, el regresar a casa, en esos instantes me entristecía. Caminé por las frías calles observando a la gente. Todos con sus preocupaciones, corriendo de un lado a otro para llegar a un sitio o a otro, y me resultó patético. Observé las aguas grises del Sena reflejando la bella cúpula blanca de la Basílica del Sacré Coeur y me sentí vacío. Sí, quería a mis padres, pero yo había perdido las ganas de estar en la civilización. Y lo cierto es que me traían sin cuidado los problemas económicos, los anhelos de nuestro emperador o la maldita guerra. Mi espíritu patriótico había muerto la primera vez que había podido ver sus ojos. Aquella salvaje muchacha, grácil, alegre, feliz. Me sentí estúpido. Muy estúpido. No me había despedido de ella ni le había dado las gracias. Con todo lo que había hecho por mí… Y ni tan siquiera sabía su nombre. Ahora, sabiendo de la existencia de tal formidable ser, mi vida iba a ser desgraciada, a no ser que pudiera compartirla con ella.
Como no había avisado a mis padres de mi regreso, no volví a casa. Estuve varias semanas deambulando por las calles. En alguna ocasión me topé con algún conocido, pero mi sucio y desaliñado aspecto y la espesa barba que me había crecido cubriéndome la cara, hizo que ni se percataran de mi presencia. Intenté dormir entre cartones, pero su presencia en mi mente me atormentaba. La anhelaba, la necesitaba, la quería, la amaba. Pensé que la única manera en la que yo podía vivir feliz era estando con ella, aunque tuviera que vivir en un lugar con un clima tan adverso. No importaba. Así que volví a Rusia, a mi verdadero hogar.
Allí en donde lo había dejado encontré al lobo negro. Esperándome, me observaba con sus ojos grises. Y entonces lo comprendí. Era ella. Era el ser del que me había enamorado. En el instante en que nos conocimos había surgido una mágica conexión. No sabía como pero el pesar que yo había sentido en su ausencia, también era el pesar que ella había sentido en la mía.
El lobo se adentró en el bosque y yo corrí tras él, o mejor dicho tras ella. Pero era demasiado veloz para mí y me dejaba atrás. Entonces me habló: ¿Te gustaría poder alcanzarme?
-         Sí – le respondí.
Mis pies y mis manos se transformaron en garras y entonces fui capaz de seguirla. Una manada de lobos se nos unió recibiendo al nuevo miembro. Así recuperé mi felicidad y juntos recorrimos los vastos bosques de todo el inmenso país.
 Pero no volváis a buscarme, porque no permitiría que nadie le hiciera daño a mi amada y es posible que os atacara.

sábado, 27 de noviembre de 2010

El elfo que se enamoró de una hada

 NOTA: escrito en el año 2003.

    Como cada noche Salma fue a arropar al pequeño de la familia, Fliki. Pero aquella noche Fliki estaba desvelado y no podía dormir.
-         Mama, cuéntame una historia.
-         ¿Una historia?, ¿De qué quieres que te la cuente? De los hombres destructores, de los enanos barbudos, de los malvados trolls, de...
-         Cuéntame una historia de hadas.
-         ¿De hadas?- meditó la madre del chico- ya sé, te contaré la historia del elfo que se enamoró de una hada.
-         ¡Sí!
<<Se dice que las hadas antes de ser hadas fueron elfos. Que cuando un elfo muere se reencarna en hada, es decir, los espíritus que nos protegen. Viven en las flores de nuestros bosques. Suelen dormir de día ya que aman a las estrellas y a la luna. >>

-Así empieza la historia:
    Le sucedió hace mucho tiempo a un joven elfo de nuestra comunidad. Se llamaba Jeke. Era un joven normal, como todos. Su gran pasión era el dibujo y la pintura, y solía viajar por los bosques de toda la región y de mas lejos si podía.
Un día preparó su mochila con sus instrumentos de dibujo y emprendió un viaje hacia los bosques del sur. Siempre viajaba solo, ya que le gustaba estar a solas con la naturaleza y conversar con los animales y los árboles.
-         Señor roble ¿cómo está?
Y así, preguntando a los animales y a los árboles era como encontraba paisajes de majestuosa belleza para retratarlos en sus dibujos. Una ardilla le contó a Jeke que en un sitio lejos de allí, mas al sur, había una cabaña. Se encontraba situada entre dos colinas recubiertas por abetos de pequeña estatura. Siguiendo las indicaciones del animal el joven elfo se dirigió hacia el lugar indicado. 
Efectivamente, en aquel lugar encontró una vieja pequeña cabaña, construida a partir de troncos de diversos tamaños unidos por cuerdas y algunos oxidados clavos. Jeke se acercó a ella cautelosamente para averiguar si estaba habitada. Intentó preguntar a los abetos pero no recibió respuesta alguna y no había ningún animal cerca de allí. Cuando más se acercaba a la cabaña mas parecía oscurecerse la luz del Sol, y eso que era temprana hora de la tarde. Probó de abrir la puerta girando el rudimentario picaporte oxidado, pero la puerta no cedía, estaba bien cerrada. Dio dos golpes a la puerta y nadie contesto ni se notaron señales de vida. Después Jeke se asomó por una ventana. El interior de la cabaña estaba a oscuras, pero pudo distinguir una mesa en el centro de la única habitación que formaba la cabaña. A Jeke le pareció que aquella cabaña era ideal para uno de sus dibujos. Se alejó unos pasos para poder ver la cabaña entera, sacó su bloc de dibujos y un carboncillo de punta fina. Primero lo retrataba en negro y luego le iba añadiendo color con otros carboncillos de colores.
El dibujo le estaba quedando realmente bien. Pero Jeke no estaba tranquilo ya que el silencio que había en aquel lugar era exagerado, ni los pájaros, ni los insectos, ni el viento, ni siquiera los árboles, nada. De repente un estremecedor alarido rompió el silencio y una enorme piedra cayó en el dibujo de Jeke que, rápidamente, giró la cabeza en dirección de la procedencia de esta. De unos arbustos vio como salía, con intención de arrollarlo, ¡un centauro!. Llevaban años extinguidos, pero ese era real y estaba a punto de atropellarlo. Los elfos somos rápidos y consiguió esquivarlo de un salto hacia atrás, pero el centauro derrapó, dio media vuelta y volvió a la carga.
-         Para, no quiero hacerte...
El hombre caballo le propinó un hombrazo que lo mandó por los aires e hizo caer de bruces contra el suelo. Las hojas secas amortiguaron un poco su caída.
-         ¡Quién se atreve a pisar el territorio de Wars!
Jeke se incorporó. Aquel centauro parecía viejo, pero su barba y cabellos aún eran negros. Su rostro reflejaba haber pasado malos tiempos. Parecía haber perdido un ojo, había una enorme cicatriz en su lugar que le cruzaba toda la parte derecha de su rostro. El pelaje de su cuerpo de caballo era castaño oscuro. No parecía estar muy bien alimentado porque estaba muy delgado, pero aún así tenia los músculos de su cuerpo marcados.
-         Repito, hombre del bosque, ¡qué haces en mi casa!
-         Perdóneme solo estaba haciendo un dibujo.
El cuerpo de Jeke aún no había asimilado el duro golpe sufrido, pero pronto notaría el dolor.
-         ¡Nadie puede entrar en el territorio de Wars! ¡Solo Wars puede entrar en el territorio de Wars! – dijo el centauro.
Parecía que el tiempo le había trastocado la cabeza.
-         Le pido que me perdone señor, si le molesta que esté aquí cojo mis cosas y me voy.
-         ¿Porqué quería el hombre del bosque pintar la cabaña de Wars?
El centauro cambió la expresión de su cara, de ira a extrañeza.
-         Porque... – respondió sorprendido y con tono dubitativo Jeke – porque el contraste que da la cabaña con la naturaleza del bosque me parece realmente curioso y bello.
La cara de Wars volvió a cambiar a ira.
-         ¡Pero los enanos barbudos no pueden saber que Wars está aquí, porque los enanos barbudos quieren matar a Wars!
Tiempo atrás los centauros habían combatido contra los enanos durante largos años. Nunca se supo la razón pero las lenguas dicen que fue por una discusión personal entre sus dos reyes. Aquel desdichado ser debía de haber huido durante alguna batalla y haberse escondido allí desde hacía tantos años. Parecía ser el último centauro del mundo. Los enanos no eran muy agresivos, pero lo que para ellos suponía una amenaza no paraban hasta que lo habían exterminado.
-         Pero la guerra acabó hace tiempo – trató de explicarle el elfo.
El rostro del centauro reflejo perplejidad, pero enseguida volvió a la expresión inicial con el ceño fruncido.
-         ¡Mentira! Los enanos barbudos buscan a Wars, y quieren matar a Wars...
Jeke insistió:
-         Es verdad, la guerra terminó hace muchos años, si es mentira lo que digo, que me parta un rayo ahora mismo.
-         ¿Un rayo? Eso debe doler. Y si terminó la guerra, ¿quién la ganó, los malditos barbudos enanos o nosotros?.
Ahora Jeke podía traumatizarlo más aún de lo que estaba, si era posible. Tenía que decirle que era el último centauro, los enanos habían exterminado su especie. Estaba solo, pero tenía derecho a saberlo. Debía saberlo, así que el elfo se lo dijo:
-         Los centauros lucharon valerosamente, pero los enanos eran más numerosos y... ganaron.
-         ¿Y dónde están los compañeros de Wars? – no acababa de creérselo.
-         Wars no tiene compañeros...
-         ¿Wars no tiene compañeros?
-         No.
-         ¿Wars está sólo? – insistió el centauro.
-         Sí.
Las patas de caballo flojearon, se doblaron y cayeron al suelo. En su boca se dibujó una extraña e irónica sonrisa. Pero su ojo reflejaba una tristeza inmensurable, que incluso llegó al alma de Jeke, y de pronto una lágrima se asomó y empezó a deslizarse por su rostro surcando sus arrugas, llegó hasta el filo de la peluda barbilla, y allí se dejó caer para chocar con las hojas secas del suelo.
Jeke permaneció unos instantes en silencio. Unos minutos que fueron tan largos como una eternidad. Al final rompió el hielo.
-         No tienes porque estar sólo, yo puedo ser tu amigo... si quieres.
Wars no dijo nada, y así y sin mutarse permaneció  unos minutos más.
            Por fin el centauro reaccionó y se incorporó de un salto.
-         ¿Y cómo se llama el amigo de Wars?
-         Mi nombre es Jeke, encantado.
-         Wars quiere que su amigo Jeke coma un delicioso plato preparado por el mismo Wars. Ahora Wars irá a cazar un delicioso animal para que su amigo pueda echarse un buen festín.
De repente parecía que el doloroso impacto de la noticia no le afectaba, pero no era cierto, sólo parecía ser algún sistema de autodefensa. No parecía que fuera a exteriorizar su dolor. Jeke le siguió la corriente.
-         Lo siento, pero a los elfos no nos gusta comer animales. No dañamos a ningún ser vivo.
El centauro se extrañó, no comprendía como podía un ser podía vivir sin alimentarse de carne.
-         ¿Nada que esté vivo? Wars no entiende, ¿qué coméis los hombres de los bosques? ¿Piedras?
-         No, comemos lo que la naturaleza nos da, los árboles y las plantas nos proporcionan todo lo que nuestro cuerpo necesita. No hace falta matar al cerezo para comerse sus cerezas.
Y así Jeke y Wars se hicieron amigos. El elfo decidió quedarse una temporada con el centauro. Los árboles hicieron llegar el mensaje a la familia de que su hijo tardaría más de lo previsto en regresar. Jeke enseñó a Wars a entender a la naturaleza que, aunque de vez en cuando el centauro sufría repentinos cambios de humor, abría su mente para aprender cosas nuevas. A cambio el centauro, que conocía todos los rincones y agujeros de la zona, llevaba al elfo a hermosos lugares en los que poder pintar maravillosos dibujos.
El tiempo fue transcurriendo, y los árboles florecieron, dieron sus frutos, después volvieron a perder sus hojas, y un año pasó. El elfo empezó a pensar que ya pronto sería hora de regresar a casa.
-         Escucha Wars, creo que debería volver a casa. Tengo ganas de ver a mi familia, que espera mi regreso.
Aquellas palabras no agradaron al centauro, que frunció el ceño y sin decir palabra alguna dio media vuelta. Y así pasó algún tiempo más y las flores volvieron a salir. Un día, cuando Jeke estaba dando unos últimos retoques de color a uno de sus dibujos que era el dibujo de un inmenso roble que había en un claro, Wars se sentó a su lado, y mientras observaba al elfo pintar se dispuso a hablar:
-         Wars no dijo toda la verdad, a su amigo hombre del bosque.
-         ¿Toda la verdad?, ¿Qué quieres decir?.
-         Wars tiene otros amigos que le dan paz cuando se siente triste.
-         ¿En serio? ¿Y quiénes son esos amigos?
-         Son los seres mariposa.
-         ¿Las hadas? – Jeke no se tomó demasiado en serio las palabras de su amigo porque pensó que las hadas estaban en su imaginación, pero pronto descubriría algo que cambiaria su vida para siempre – yo había pensado que podrías venirte a vivir con nosotros, los elfos. Harías muchos amigos.
-         Wars no se quiere ir de aquí, - contestó el centauro – Wars pronto se marchará a otro lugar, un lugar en donde estará en paz para siempre.
-         ¿Qué quieres decir?
-         Esta noche mi amigo Jeke conocerá a las hadas.
Wars se levantó y dio media vuelta dejando la conversación como zanjada.
Jeke dormía en una improvisada pero cómoda cama que Wars le preparó con hojas secas y una especie de viejísimas sábanas gastadas. Cuando Jeke estaba inmerso en sus sueños más profundos un ligero golpecito en el hombro lo despertó. Alzó la vista y vio que era el viejo centauro, el cual le hizo una señal para que lo siguiera.
-         ¿Adónde quieres ir?
Pero Wars no soltó palabra. El elfo se levantó rápidamente y se dispuso a seguirle. Estuvo largo tiempo esquivando ramas y arbustos intentando no perder al centauro de vista que lo llevaba hacia un lugar al que nunca antes había estado. Después de un largo rato, por fin llegaron. Era el paisaje más hermoso que jamás unos ojos pudieran observar. Era un pequeño estanque de agua cristalina en la que se reflejaba la inmensidad del cielo claro y estrellado. Aquella noche también había reflejado en el una plateada y resplandeciente luna llena. El estanque estaba rodeado por miles de flores rojas con sus respectivos capullos cerrados que con la luz lunar parecían que emanaran un brillo mágico. Había luciérnagas por doquier revoloteando dando el punto y final a la majestuosidad de aquel paisaje.
Por fin el centauro habló:
-         Menos mal, que hemos llegado a tiempo.
-         ¿A tiempo de qué?
-         Observa...
De pronto de las flores empezó a surgir una luz. Una luz limpia y blanca que aunque deslumbraba, Jeke no podía apartar la vista de ella. Los capullos poco a poco empezaron a abrirse y cual era la sorpresa que guardaban en su interior que diminutos seres que dormían cómodamente acurrucados. Lentamente aquellos seres empezaron a despertarse y a estirar sus diminutos miembros. Parecían pequeños elfos pero en sus espaldas tenían unas diminutas alitas transparentes. Eran HADAS. Jeke permanecía inmóvil y con la boca abierta observando el espectáculo. Wars permanecía a su lado con una sonrisa en su rostro. Los pequeños seres empezaron a volar, se acercaron al estanque y se pusieron a lavarse sus menudos rostros. Había seres de ambos sexos. Iban vestidos con pequeñas prendas blancas. Los hombres llevaban pantalones y camisetas de tirantes, las mujeres unos bonitos vestidos cortos. Después de asearse empezaron a alzar vuelo y se desperdigaron por doquier. Todos menos uno. Una pequeña hembra, que se acercó a Wars.
-         Hola Wars, llevabas tiempo sin venir a verme, ¿cómo estás?
-         Hola Amapola, es que Wars ha tenido compañía, y está contento, y más contento todavía de ver a su amiga Amapola.
Aquel ser tenía una larga y lisa melena morena. Sus ojos eran del color del cielo, su piel era blanca, a excepción de sus pómulos que eran sonrojados, y muy fina. Era una criatura realmente hermosa. Llevaba un sencillo y pequeño vestido corto de color blanco. En su orejita llevaba una diminuta flor roja e adorno. Llevaba los pies desnudos. Jeke quedó tan fascinado por la belleza de aquel ser que no fue capaz de pronunciar palabra alguna.
-         ¿Él es tu amigo? Hola, si eres amigo de Wars también eres mi amigo, mi nombre es Amapola es un placer conocerte – hizo una reverencia.
-         Yo... yo soy Jeke – tartamudeó el elfo – el gusto es mío.
La pequeña hada volvió a dirigirse al centauro.
-         ¿Qué piensas hacer  sobre lo que hablamos la otra noche?
-         Wars ya lo tiene decidido, Wars quiere ir con Amapola, y Wars quiere que el amigo elfo cuide de las flores.
-         ¿Estás seguro, Wars?
-         Sí, Wars está completamente seguro.
Jeke no tenía idea de lo que hablaba aquel par:
-         ¿De qué estáis hablando, si se puede saber?
-         ¿No se lo has contado a tu amigo?
-         Wars piensa que tú contárselo mejor que yo.
Aquella conversación no le daba buena espina al elfo, que escuchaba atentamente para ver si cogía alguna.
-         Wars me ha pedido que lo guíe a la paz eterna.
-         ¡¿La paz eterna?! - un escalofrío recorrió el cuerpo de Jeke - ¿Habláis de la muerte?
-         Sí, amigo Jeke, - contestó el centauro – Wars piensa que tú puedes volver a tu casa, pero tienes que venir cada primavera para cuidar las flores y ver que los amigos pequeños están bien.
-         ¡No!, no tienes que morir, ahora no estás sólo, me tienes a mí y...
-         Ahora Wars ya está contento y sabe la verdad, que la guerra acabó pero Wars está muy cansado y amiga Amapola me ayudará, podré descansar.
La hada intervino:
-         No te preocupes, yo lo guiaré, y allí será feliz para siempre.
-         ¿Y cuándo piensas irte? – dijo Jeke dirigiéndose a Wars pero fue respondido  por Amapola.
-         Hoy la luna está llena, es el día perfecto.
Jeke supo que no podía hacer nada para impedírselo, Wars ya había tomado una decisión y era imposible hacerle cambiar de opinión.
-         ¿Vamos Wars?
Wars  empezó a andar hacia el estanque, y se metió en él, hasta que el agua le llegó por la cintura. Amapola lo acompañaba volando a su lado. Jeke miraba inmóvil y con el corazón encogido. En el interior del estanque Amapola hizo un gesto con los brazos y, de repente, una luz blanca y cegadora los cubrió. Jeke vio con dificultad la silueta del centauro girar hacia él y le dijo:
-         Gracias amigo Jeke por todo. Hasta pronto.
La luz se hizo aún más intensa y de repente desapareció, quedando en el estanque únicamente la pequeña figura de la hada. El elfo no pudo evitar que sus ojos se inundaran con lágrimas. Realmente echaría de menos a su amigo. Amapola se acercó hacia él, que seguía con la vista clavada en donde había desaparecido Wars.
-         Veo que Wars era realmente tu amigo – dijo – me alegra saber que por fin encontró a un amigo, pero no es necesario que llores, porque él ahora será feliz, y volverá a reunirse de nuevo con su mujer y su hijo que lo esperan impacientes.
Los ojos de Jeke dejaron de mirar el vacío y se posaron en el angelical rostro de aquel bello ser.
-         Veo que no te contó nada sobre su vida pasada.
-         No
-         Wars, en otra época, - explicó la hada – fue un granjero que vivía feliz con su esposa y con su hijo recién nacido. Un día fue al bosque a buscar leña, y cuando regresó su granja estaba en llamas, y su esposa e hijo habían sido asesinados. La guerra contra los enanos había terminado. Así que Wars fue al frente y luchó en una batalla junto a sus compatriotas. Pero nadie puede igualar a los enanos en el arte de la guerra, y no les costó demasiado exterminar a los centauros. Fue gravemente herido en la cara con una espada, que le hizo perder un ojo. Cayó inconsciente entre los cadáveres y se le dio por muerto. Al despertar se encontró en medio de un bosque. Alguien le curó las heridas y lo abandonó allí a su suerte. Desde entonces permaneció aquí, en este bosque.
Jeke, no pudo evitar el sentirse un poco mal, porque después de haber estado tanto tiempo con su viejo amigo y no sabía nada de él.
            Y allí el elfo y la hada hablaron durante toda la noche. Hablaron de él, hablaron de ella, de los árboles, de los animales, y sobretodo, de su amigo Wars al que nunca olvidarían. Poco tiempo antes de que empezara a aclarecer, empezaron a regresar las demás hadas, que aparecían de todas partes. Iban introduciéndose en sus respectivos capullos protectores.
-         Ha sido un placer conversar contigo, Jeke. Eres un ser bondadoso y honrado, ahora he de irme. Nosotros somos espíritus de la noche, necesitamos dormir por el día.
-         El placer ha sido mío, podría pasar toda mi vida conversando contigo y nunca cansarme. ¿Puedo volver a verte mañana y continuar nuestra conversación, Amapola?
-         Por supuesto, estaré feliz de que vuelvas a verme. Así hasta mañana.
-         Esperaré impaciente a que el día llegue a su fin.
Al igual que sus compañeros, Amapola se introdujo en una flor la cual se cerró. Jeke se quedó allí observando a los primeros rayos de Sol que se asomaban de detrás las copas de los árboles.
El amanecer llegó y un nuevo día comenzó. El elfo emprendió el camino de vuelta a la cabaña sólo y con el corazón en un puño por la pérdida de su amigo, pero a la vez impaciente por volver a ver a Amapola aquella noche. Aquel día, Jeke empezó un nuevo dibujo. Como no podía dejar de pensar en el rostro angelical de la hada decidió hacerle un retrato. Después comió y bebió, fue a bañarse al río y se perfumó con los pétalos de flores aromáticas. Luego subió a una colina cercana, y allí esperó impaciente a que el Sol volviera a esconderse. Y lentamente la dorada moneda se incrustó en el horizonte y al final desapareció. Sin demorarse un instante Jeke regresó al estanque. Cuando llegó, las flores aún estaban cerradas. Aquella noche la luna brillaba también como la anterior, iluminando el estanque. Las luciérnagas ya revoloteaban por doquier. Jeke no recordaba haber estado tan nervioso e impaciente en su vida. Por fin el espectáculo iba a empezar, y Jeke se sentía emocionado de poder volver a verlo. Los capullos empezaron a brillar, y respectivamente fueron abriéndose. Aquella vez, el elfo, estaba aún más emocionado que la anterior. Las hadas salieron de sus cómodas camas, se asearon y se desperdigaron, igual que la vez anterior. Aquellos seres tenían un aura mágica a su alrededor. Entre los miles de seres, Jeke enseguida distinguió entre ellos al que a él, le parecía el más hermoso de todos, Amapola.
-         Buenas noches, Jeke ¿qué tal estás?
-         Muy buenas noches, Amapola, viéndote estoy más bien de lo que ningún ser pueda estar, ¿y tú, qué tal has dormido?
-         He dormido fantásticamente bien, gracias. – contestó con una tímida sonrisa la hada.
-         Me muero de ganas por decirte algo...
-         Dime, amigo mío, te escucharé con mucho gusto.
-         Llevo todo el día deseándote verte...
-         Yo también me alegro de verte – dijo el hada atentamente.
-         Sí... pero quiero decirte que nunca me ha quemado tanto el Sol, que estaba deseándote ver de nuevo, que para mí eres un ser muy especial... el ser más especial que he conocido.
-         Para mí también eres especial.
-         No me refiero a eso – siguió intentando explicarse mejor Jeke – quiero decirte que eres el ser más bello, más majestuoso que mis ojos hayan y puedan ver jamás y que deseo verte todos los días, todas las horas... siempre, que... TE QUIERO.
Un mosquito revoloteaba por el estanque y de repente se escuchó un leva lingotazo. Una pequeña rana que había salido aquella noche para ver la luna había cazado a su presa. Y ese fue el único sonido que se escuchó en el estanque. Porque en aquel momento ni el viento se hacía escuchar lo más mínimo.
-         TE QUIERO
En ese instante un grillo empezó a cantar una canción. Era una canción de amor.
-         Yo creo que también me he enamorado de ti. – Dijo pensativamente, y a la vez algo ruborizada la pequeña y hermosa criatura. Pero su tono no fue en tono alegre, sonó mas bien amargo.
En el rostro de Jeke se dibujó una brillante sonrisa:
-         ¡Pues ya está!  Me quedaré aquí contigo para siempre – habló el elfo excitado, pero al mirar el rostro de Amapola, sus ojos reflejaban tristeza y una pequeña perla plateada salió de sus ojos.
-         Las hadas antes fuimos elfos, que nos transformamos y adquirimos ciertos poderes para poder proteger a los seres bondadosos que habitan en la naturaleza. No podemos relacionarnos de esta manera con seres de otras especies, no podemos amarnos, el todopoderoso espíritu de los bosques me haría desaparecer, y no volveríamos a vernos nunca más.
La tristeza y la indignación invadieron también a Jeke.
-         Tiene que haber una manera en la que podamos estar juntos.
-         Las hadas sólo podemos estar con alas.
A Jeke se le vino una idea a la cabeza. Una disparatada pero posible idea. Se puso a pensar en su vida que se le pasó entera en segundos por su mente, se acordó de su familia y de sus amigos, de toda la gente que quería, de su precioso poblado.
-         Pues me convertiré en hada.
-         ¿¡Sabes lo que estás diciendo!? – se alteró Amapola – eso significa renunciar a todo, a todo lo que quieres, a todo lo que conoces, a tus seres queridos, a todos tus recuerdos. Es el renacer.
-         Por ti haría lo que fuera. Me moriría, ahora que sé de tu existencia, sin poder estar contigo.
Y así pasó.

Aquella mañana en el pueblo los árboles trajeron una triste noticia. Jeke, que era querido por todos, los había abandonado. Se había ido y no volvería. Contaron que el joven elfo había entrado en una luz, y que allí en medio de aquella luz, había desaparecido. >>

-         ¿Y qué pasó mamá? ¿Qué les pasó a Jeke y a Amapola?
-         Hay gente que dice que es imposible, que el todopoderoso espíritu de los bosques, Terra, no les permitió estar juntos, y que simplemente murió. Hay otros que dicen que sí lo consiguió, y que estuvieron por siempre jamás juntos.
-         ¿Y tú que crees mamá? – preguntó el pequeño Fliki, no satisfecho del todo con la anterior respuesta.
-         Yo creo en el amor, hijo mío.
-         Yo también – dijo el niño sonriente, y más contento con aquella respuesta.
Salma arropó a su hijo pequeño, y apagó la vela.
-         Buenas noches Fliki.
-         Buenas noches mamá.
Los ojos del pequeño elfo se cerraron y pronto se sumió en los más felices y placenteros sueños.

Aquella noche la luna y las estrellas brillaban con mucha intensidad. Salma se asomó al balcón y respiró profundamente. El clima era idóneo, primaveral. El aire se notaba más limpio y puro que nunca, y una agradable brisa le hizo ondear su dorado pelo. Alzó la vista y miro hacia la luna:
Se vieron dos diminutas siluetas que pasaron volando por delante de la luna. Tenían forma humana e iban cogidas de la mano.
FIN.