Seguidores bloggeers

Mostrando entradas con la etiqueta Relatos de amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos de amor. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de febrero de 2012

El frío de Carlos


Carlos era un chico normal y corriente que vivía en un humilde apartamento con su madre. Sus hermanos ya se habían emancipado y su padre, un hombre cruel y agresivo, había fallecido cinco años atrás, empezando con ello una nueva vida.
            Una mañana de finales de enero, el joven se levantó temprano para ir a trabajar un día más a la obra. Aquel invierno había sido muy piadoso y la calidez de los días se asemejaban más a una fresca primavera. Pero aquella mañana fue distinta. Carlos se levantó con el frío metido en el cuerpo, tiritando, contraído. Miró por la ventana y aunque el sol no había salido aún, había suficiente claridad para comprobar que el cielo estaba completamente despejado. Para ver si entraba en calor, el chico se preparó un dulce y cargado café con leche para desayunar y, aunque se quemó la lengua y el paladar, no consiguió desprenderse del gélido frío que le recorría todo el cuerpo. Antes de marcharse de casa comprobó que efectivamente no tenía fiebre.
Salió de casa, pasó por delante del restaurante chino que estaba junto su portal y saludó a la dulce Xiaoyan que como todas las mañanas barría risueña la acera.
-         Buenos días – saludó Carlos.
-         Buenos días – respondió la chica con una cálida sonrisa.
Llegó al final de la calle, a los cinco minutos llegó Paco con su coche, y ambos se fueron a trabajar al bloque de apartamentos que se estaba construyendo a las afueras del pueblo.

            Por la tarde Carlos llegó a su casa y seguía igual, no lograba quitarse esa ingrata sensación del cuerpo, ese intenso y gélido frío que empezaba a atormentarle. Ni la sopa caliente, ni la estufa, ni las mantas conseguían aliviarlo, y eso que el sol había brillado con fuerza todo el día.
            Por la noche apenas pudo conciliar el sueño, bajo kilos de mantas que le dificultaban el movimiento, su mandíbula castañeteaba con fervor.

            A partir de entonces eso se convirtió en una tortuosa rutina, en un sin vivir. Pasaban los días y el gélido malestar no cesaba. Fue a ver al doctor y no le encontró nada, se vestía con numerosas mangas, con ropa térmica y ropa de buen grosor y nada.
Finalmente cayó en una profunda depresión y pidió la baja en el trabajo. Los psicólogos tampoco le ofrecieron solución alguna. Los días trascurrían uno tras otro sin cambos en su desgraciada vida. 
 Y cuando estaba a punto de abandonar, cuando su mente le decía que no valía la pena vivir con tal sufrimiento, algo sucedió:

Sonó el timbre.
-         ¡Carlos, tienes visita! – informó su madre al chico que vivía bajo capas de mantas metido en la cama en su habitación.
La puerta se abrió.
-         Buenos días – dijo Xiaoyan con la sonrisa más brillante y cálida del mundo.
-         Buenos días – contestó Carlos después de titubear sentado en la cama.

Xiaoyan apartó las mantas y abrazó con todas sus fuerzas a Carlos. Éste la correspondió y ya nunca más volvió a tener frío. 


miércoles, 29 de junio de 2011

Juan y el lobo


Aquella tormenta veraniega pasaría a la historia por litros de agua caídos en el menor tiempo. Juan salió del cortijo garrote en mano. Las ovejas estaban a resguardo en el corral, por lo que tanto alboroto no era normal. Algo estaba sucediendo. Días atrás había aparecido un cordero muerto con heridas que parecían estar provocadas por unas fauces, lo que llevó al pastor a concluir que un lobo andaba por aquellos lares. El saco que se había puesto a modo de chubasquero improvisado, en pocos segundos estuvo calado por lo que carecía de utilidad. Entró apresuradamente en el corral, y una oscura sombra se escabulló por la ventana. Una rápida ojeada le bastó para ver que dos ovejas yacían en el suelo, cubiertas de sangre, aún palpitantes pero muertas. Gritó maldiciones aunque nadie pudiera oírle en aquel lugar apartado de la mano de dios. Corrió fuera tras los pasos del misterioso depredador con intención de hacérselo pagar. Pero bajo las ventanas no había huella alguna.
¿Dónde se ha metido?
Se percató de que la ventana era demasiado alta para que un lobo cualquiera pudiera entrar o salir por ella. Pensó que sería un animal enorme, no se acobardó.
¡Dónde te has escondido!
Pero no salió.
Sin ser consciente, una figura lo observaba. Una sombra en lo alto del espeso algarrobo centenario que había junto a los corrales.
A la mañana siguiente un cálido y primaveral sol brillaba en lo alto. Con pesar, Juan se levantó y fue a cavar un gran hoyo en el que enterrar a los dos animales muertos. El lobo, o el animal que fuese, había chupado la sangre de las desgraciadas.
Luego sacó al rebaño y, macuto a la espalda, se dirigió a las grandes praderas allá en los valles. El campo estaba encharcado por doquier, pero eso significaba que el pasto estaría más tierno para las ovejas. Eso haría que al menos pudiera quedarse un par de semanas más. A finales de invierno, cuando el crudo frío ya había pasado, todos los años Juan partía del pueblo hacia las montañas para regresar antes de agosto. En septiembre, rebaño y pastor volvían allí para los primeros mese de otoño. Hacían falta tres días de camino para llegar a aquellos parajes de ensueño. Muchas personas del pueblo trataban a Juan de lunático, aquellas costumbres ya se habían perdido hacía años. Los piensos industriales habían sustituido aquel nómada modo de vida. Pero a Juan no le gustaba, las ovejas eran mucho más felices brincando a sus anchas por los prados, y él también. Eso le proporcionaba el tiempo que necesitaba para componer poesía, su gran pasión. A pesar de las malas palabras de sus vecinos, parientes y amigos (su novia incluida) no pensaba dejarlo. Eso le hacía sentir vivo, feliz.

A mediados de agosto la hierba empezó a secarse, eso era la señal, era hora de volver a casa.
A su regreso, Juan no encontró la bienvenida esperada. Su novia Amparito se había cansado de estar siempre esperándole y había empezado una relación con Chema, el panadero. Al poco tiempo se supo que estaba embarazada y por supuesto Juan no era el padre. Pero en el fondo, el pastor lo sabía, sabía que aquello iba a pasar tarde o temprano. Nunca le leyó los versos que le había escrito y no le quedó más remedio que aceptarlo. A su sorpresa, la decepción fue menor de lo esperado y su vida continuó igual. Ahora tenía trabajo, esquilar las ovejas para vender la lana, vender la leche y los quesos, vender los corderos, etc.
A finales de septiembre el pastor volvió a preparar su bolsa, y junto al rebaño partió de nuevo a las montañas. A medida que se acercaba el aire puro lo impregnaba de aromáticas fragancias y sentía la vida regresar. La amargura, la oscura frialdad del se humano desaparecían. A finales de septiembre, con las grandes lluvias, debería regresar al pueblo.
En aquella ocasión llevaba consigo un instrumento nuevo. Algo que nunca había usado, la escopeta que su abuelo había llevado en la guerra, un arma que oficialmente no existía, que había permanecido oculta en un polvoriento baúl en el altillo de la casa, un instrumento que odiaba.
Ver de nuevo su viejo y frío cortijo le inspiró un nuevo poema.
Los días transcurrieron con normalidad, pero al séptimo día de estar allí un cordero y una oveja joven volvieron a aparecer asesinados, con grandes mordeduras en el cuello y sin apenas sangre en el cuerpo. Entonces Juan decidió a partir de ese momento montar guardia por las noches, escopeta en mano. Su intención era acabar con aquel chupacabras del infierno.
Pasaban los días y nada sucedía, y la falta de sueño empezaba a menguar las fuerzas del pastor. Pero al sexto día de la segunda semana algo le disturbó su incómodo sueño, sentado en un montón de hierba seca apoyado en el fusil. Una oscura figura descendió desde la ventana. Una fantasmal figura negra de forma humana. No se había dado cuenta de que el pastor estaba apuntándola con el arma. Con un veloz movimiento se abalanzó sobre las aterradas ovejas. A Juan no le fallaron los reflejos y disparó. Falló, era demasiado veloz, revelando su posición al depredador. La figura huyó y saltó a la ventana. Pero allí su rostro se volvió clavando unos ojos claros en los pardos de Juan. Era una muchacha. Una preciosa muchacha de pálida tez, ataviada con una negra túnica con capucha. El pastor no encontró valor de disparar y la sombra saltó al exterior.
El chico pronto reaccionó y se apresuró tras aquel bello ser.
La divisó en lo alto del algarrobo. Enseguida ella saltó, prácticamente planeó, hasta un pino que había metros atrás. Pero Juan no se rindió y corrió tras ella. La luz de una inmensa luna llena era su aliada y, aunque eran profundas horas de la noche, su vista ya adaptada a la oscuridad veía relativamente bien.
Saltando de árbol en árbol se internó en el frondoso bosque de pinos. Juan corrió y corrió, haciendo caso omiso a los rasguños y magulladuras provocados por las ramas, rocas y raíces. Se torció el tobillo, pero aguantó el dolor y continuó corriendo, así durante cerca de una hora.
De repente la perdió de vista. Buscando, tras un espeso matorral encontró una cueva. Parecía la entrada de algún  templo antiguo, ya que en la roca había grabados, que debido a la erosión y la insuficiente claridad de la noche, Juan no podía apreciar bien. Sin pensárselo dos veces entró en ella. Anduvo largo tiempo en la completa oscuridad. La cueva descendía hacia el interior en dirección al centro de la tierra. El aire estaba viciado y el calor empezaba a hacerse insoportable. Cuando las fuerzas empezaban a flaquear, sudoroso y exhausto Juan divisó una tenue claridad. Corrió hasta alcanzarla.
Desembocó en una pequeña sala, húmeda y cubierta de polvo, iluminada por una oxidada lámpara de aceite colgada en una pared. En el centro, había un gran ataúd negro. Le pasó la mano por lo alto quitándole el polvo y descubrió que a pesar de que debía de tener cientos de años, el barniz de la madera estaba implacable. Con dificultad abrió la tapa. Estaba vacío. Su acolchado blanco estaba inmaculado.
De repente se sobresaltó al notar una sombra moverse a su espalda. Se giró tan rápido como pudo pero ya fue demasiado tarde, tenía al depredador encima. Cayó de espaldas con aquella extraña muchacha encima. Dos miradas se cruzaron y el poeta no encontró palabras para tal deslumbrante belleza. Ella parecía asustada, Juan se sentía incapaz de moverse. Despacio, ella acercó su rostro, sacó sus colmillos y los clavó en el cuello de su presa.
Juan esbozó una sonrisa reflejando el placer sintiendo los labios de la chica en su cuello. Y poco a poco su vida se fue apagando hasta finalmente extinguirse. Así, el séptimo día descansó.
La muchacha chupó hasta vaciar la sangre del cuerpo del chico sin poder contener las lágrimas. Por primera vez en su longeva vida lloró. Sin él saberlo, había estado observándolo durante años. Ella recordaba perfectamente la primera vez que lo vio, joven y tierno. Lo había amado desde la distancia, en silencio. La tristeza se adueñó de su fría alma, cogió con facilidad el cuerpo inerte del pastor y lo introdujo con suavidad en el ataúd. Ella se tumbó a su lado y encontró la anhelada muerte que buscaba. El ser inmortal murió finalmente de tristeza.
Y aquellos dos cuerpos se convirtieron en el mismo montón de tierra.
Mientras, las ovejas al encontrar la puerta del corral abierto, salieron a la intemperie y vivieron felices para siempre en libertad.

FIN


viernes, 10 de diciembre de 2010

Lobos


Cuando estaba a punto de desfallecer, un ángel me salvó, o ¿tal vez fue un demonio?

            Mi nombre es Jaques Robespierre, y como buen francés partí con el ejército de Napoleón hacia Rusia, nuestro objetivo: invadir Moscú. Al principio a penas tuvimos resistencia y después de algunas batallas en las que derrotamos sin dificultades a los rusos, nos acercamos a nuestro objetivo. El avance y las victorias nos dieron ánimos para soportar las gélidas temperaturas que empezaban a menguar nuestras fuerzas. Pero el desolador paisaje de la imponente ciudad arrasada nos derrumbó. Las paredes negras de los edificios pasto de las llamas, nos avisaban de que lo peor estaba aún por llegar. Entonces las provisiones empezaron a escasear y la hambruna invadió a las tropas. Moscú más que una ciudad parecía un cementerio, no había alimentos en ella y el permanecer entre las ruinas hacía difícil el resguardo. El recordar el calor de nuestro hogar empezó a hacerse insoportable. Así nuestro emperador Bonaparte decidió que la mejor opción era la retirada y así se hizo. El regreso fue aún mucho peor, el camino estaba obstaculizado por la nieve y el hielo. Uno tras otro mis compatriotas más débiles y los heridos fueron enfermando y muriendo. Encima, pequeñas e incesantes guerrillas nos acechaban y, ya tan débiles, conseguían  causar numerosas bajas en nuestras filas, decreciendo poco a poco nuestro ejército.
            Todo empezó en una de esas emboscadas. Ocurrió en medio un frondoso bosque de pinos, en el cual, la primera vez que pasamos por él, había un ancho sendero; ahora había desaparecido por completo. En su lugar una densa capa de nieve cubría la superficie llegando a cubrirnos por encima de las rodillas. A pesar de nuestras botas altas, la nieve se nos metía dentro  helándonos los pies. Aquello sería el fatal para muchos de los soldados. Yo estaba en la retaguardia, en el último batallón, de pronto, cual fantasmas se tratasen, cientos de enemigos surgieron de entre los matorrales, de encima de los árboles, de dentro de la nieve… Habíamos caído en una emboscada. Como pudimos sacamos nuestros rifles, aunque nos fue imposible colocarnos en formación. Empezamos a disparar como locos, casi a ciegas, ya que los astutos rusos eran casi invisibles con sus vestiduras albas; estábamos en completa desventaja, no podíamos verlos y nuestra movilidad, allí incrustados en la nieve, era extremadamente lenta. Nos dispersamos intentando salvar nuestras vidas refugiándonos detrás de cualquier tronco, roca o lo que fuera. Antiguamente, los nórdicos creían que el infierno era de hielo y nieve, y nosotros, estábamos en él. Afortunadamente, yo conseguí adentrarme en el bosque. Corrí con todas mis fuerzas, y en la huída, perdí sin darme cuenta el rifle.
            Caminé y caminé sin ser consciente del tiempo, y cuando me detuve, me encontré perdido en medio del bosque. Se puso a nevar con una intensidad jamás vista por mis ojos antes, probablemente fue lo que me salvó, ocultándome del enemigo, pero también iba a ser mi perdición. El rastro que yo iba dejando, se borraba al poco tiempo,  y me impedía distinguir el regreso al camino. Anduve por la espesura del bosque sin rumbo. En más de una ocasión me encontré en sitios por los que ya había pasado, estaba perdido. Encima, el hambre y el cansancio eran demonios psicológicos a los que ya no era capaz de vencer. No me notaba los pies, probablemente estaban en fase de congelación y cuando la sangre empezara a reducir su flujo, dejarían de responderme. Finalmente me desplomé. Me acordé de mi familia que había dejado en París: mis padres, mis hermanos, mis tíos, mis amigos, mi perro… y me resigné a morir. Mis párpados se cerraron y las tinieblas acudieron a mí.
            En la infinita oscuridad, de pronto, una cálida luz surgió. Sentí que me atraía hacia ella, que llamaba a la vida. Con esfuerzo abrí los ojos. ¿Qué era aquella luz? ¿Fuego? Efectivamente, estaba tumbado junto una hoguera. Noté una húmeda caricia en mi mejilla, y comprobé, que algo o alguien me estaba lamiendo un rasguño que me había hecho en la huída. Al percatarse de mi movimiento y de que había recuperado el conocimiento, aquella figura se apartó de mí, veloz cual sombra en la oscuridad. Como pude, me incorporé torpemente: estaba en el interior de una cueva. Era bastante profunda, ya que la luz de las llamas era insuficiente para apreciar sus paredes y mucho menos su salida. Bajo mí, había un cálido lecho, hecho con pieles de animales que no logré distinguir. Observé mis magulladas piernas, me habían quitado las botas y me habían envuelto los pies en aquellas desconocidas pieles. Moví los dedos, y un gratificante e intenso dolor recorrió todo mi cuerpo, había recuperado la sensibilidad. Poco a poco, mis ojos se fueron acostumbrando a la tenue pero cálida luz procedente de la hoguera que iluminaba un pequeño perímetro de aquella cámara natural. Busqué en las sombras, quería conocer a mi salvador. Barajé la posibilidad de que pudiera ser algún cazador ruso, pero quedó descartada al encontrar la estilizada silueta que me observaba inmóvil frente a mí. Intenté levantarme, y al hacerlo, caí  de bruces. Aquella persona no se inmutó, me seguía mirando con brillantes e intensos ojos grises, desconfiaba de mí.
-         No quiero hacerte daño – le dije, pero no se movió.
 Intenté nuevamente ponerme en pie, pero aún estaba demasiado débil. Aquella individua se apiadó de mí y cautelosamente se fue acercando con intención de ayudarme, y al fin, la vi. Su imagen me hipnotizó, era el ser más hermoso que mis ojos jamás habían visto. Su esbelto cuerpo de piel blanca estaba marcado y enseñaba su perfecta musculación. Unos harapientos trozos de piel, a penas cubrían aquel menudo, pero fuerte cuerpo, al igual que sus pies, y lo primero que pensé, fue de cómo sería capaz de aguantar aquellas gélidas temperaturas sin apenas abrigo. Lo que realmente me dejó prendado de ella, fue su rostro. Bajo una enmarañada cabellera azabache vislumbré su rostro angelical. Sus rosados y finos labios, su pequeña nariz y sus penetrantes ojos grises bajo sus finas y negras líneas por cejas. Al ver que la observaba atónito, se sintió intimidada y se paró.
-         No te haré nada – insistí.
Alcé mi mano amistosamente, y su fino rostro, se frunció ferozmente mostrándome sus pequeñas y blancas fauces. Intenté calmarla con un tranquilizador siseo. Pareció surgir efecto y una dulce y firme voz me habló sin que saliera sonido alguno por su boca. ¿Puedo confiar en ti? Me dijo.
-         Por supuesto que sí – le contesté – no tienes porqué temerme.
Pasé un tiempo al cuidado de aquella misteriosa muchacha que, aparentemente, no tenía nombre. Ella me traía liebres y pequeños roedores para comer, que yo cocinaba en la hoguera que permanecía encendida las veinticuatro horas del día. También me traía agua dentro de un viejo casco del ejército ruso, la cual, aceptaba agradecidamente. El miedo que ella sentía sobre mí, poco a poco, fue desapareciendo. Ella nunca pronunciaba palabra alguna, pero sin saber como, se comunicaba conmigo; la sentía en mi mente. Por las noches mientras dormía, como hacen los perros con sus cachorros, me lamía el rostro con intención de lavarme. Yo me dejaba, era una sensación realmente agradable, cálida, llena de ternura.
Una noche, cuando yo estaba ya casi recuperado, ella se acurrucó a mi vera. La rodeé con mis brazos, se sobresaltó al principio, pero luego me permitió que la arropara contra mi cuerpo. La besé con ternura, ella no parecía saber el qué hacer, pero lo aceptó gustosamente, y nuestros cuerpos se encajaron convirtiéndose en uno solo. Jamás sentí tanta pasión, tanto placer, tanto amor.
Ya por fin, con las fuerzas recuperadas, pensé que mi deber era volver a casa. Necesitaba saber qué había pasado con la guerra, con Napoleón, saber si mi familia estaba bien, o eso es lo que pensé en aquel momento. Se lo comenté por la noche, con intención también de pedirle que me acompañara, pero no tuve ocasión. Cuando escuchó que pensaba marcharme, su rostro se oscureció y se marchó corriendo fuera de la cueva. Aquella  noche ella no apareció, y la pasé solo y apesadumbrado. A la mañana siguiente ella aún no había regresado a la cueva. En la hoguera apenas quedaban unos carbones ardientes, eso significaba que no había venido ni para traer leña para mantenerla encendida. Así que me preparé una improvisada bolsa con carne, me atavié para el viaje y salí al exterior. La luz del día me cegó, había estado demasiado tiempo en la oscuridad de la caverna. Me estiré para desentumecer los músculos. Lo cierto era que no tenía idea de dónde estaba ni hacia dónde tenía que ir. De pronto, unos matorrales se movieron y de él salió un lobo negro. Me sobresalté y en ese instante eché de menos el rifle. Pero la voz de mi salvadora, de aquel salvaje pero angelical ser, me habló: Sigue al lobo. El animal se había sentado y me observaba con penetrantes ojos grises e inteligentes. Aunque realmente no supiera nada de aquella muchacha, confiaba en ella, no solo porque me hubiera salvado la vida, sino por algo más. En aquellas dos semanas que había pasado en el refugio, había surgido algo, algo espiritual.
El viaje, aunque largo, fue bastante tranquilo. La nieve ya se estaba derritiendo y en el ambiente se empezaba a respirar la primavera. Mi acompañante, a parte de ser mi guía era mi protector. Me traía animales que cazaba y me llevaba a manantiales o estanques en los que beber agua fresca. Aquel peculiar y silencioso compañero me guió hasta la frontera, en donde se detuvo. Ahora tendrás que seguir solo. Mientras andaba hacia la aduana el lobo negro me observaba con sus imponentes ojos. Al entrar en Prusia todo fue fácil y pronto llegué a mi patria.
En Paris todo estaba revuelto. La derrota de Napoleón había subido las temperaturas y en las calles se respiraba la tensión. No se porqué motivo, en vez de volver a casa, lo primero que hice al llegar a la ciudad, fue ir al cementerio para encontrarme con mis compañeros caídos en la nefasta última batalla. Encontré a amigos, vecinos y conocidos que habían muerto. Mientras miraba las lápidas, cual fue mi sorpresa al encontrar la mía. Me habían dado por muerto y me habían enterrado. Pensé en cómo se habrían sentido mis padres y mis hermanos al enterarse de la noticia. Salí cabizbajo a la calle, y emprendí camino entre las calles, sin rumbo fijo, bajo la sombra de mis pensamientos. Por extraño que parezca, no me sentía bien, el regresar a casa, en esos instantes me entristecía. Caminé por las frías calles observando a la gente. Todos con sus preocupaciones, corriendo de un lado a otro para llegar a un sitio o a otro, y me resultó patético. Observé las aguas grises del Sena reflejando la bella cúpula blanca de la Basílica del Sacré Coeur y me sentí vacío. Sí, quería a mis padres, pero yo había perdido las ganas de estar en la civilización. Y lo cierto es que me traían sin cuidado los problemas económicos, los anhelos de nuestro emperador o la maldita guerra. Mi espíritu patriótico había muerto la primera vez que había podido ver sus ojos. Aquella salvaje muchacha, grácil, alegre, feliz. Me sentí estúpido. Muy estúpido. No me había despedido de ella ni le había dado las gracias. Con todo lo que había hecho por mí… Y ni tan siquiera sabía su nombre. Ahora, sabiendo de la existencia de tal formidable ser, mi vida iba a ser desgraciada, a no ser que pudiera compartirla con ella.
Como no había avisado a mis padres de mi regreso, no volví a casa. Estuve varias semanas deambulando por las calles. En alguna ocasión me topé con algún conocido, pero mi sucio y desaliñado aspecto y la espesa barba que me había crecido cubriéndome la cara, hizo que ni se percataran de mi presencia. Intenté dormir entre cartones, pero su presencia en mi mente me atormentaba. La anhelaba, la necesitaba, la quería, la amaba. Pensé que la única manera en la que yo podía vivir feliz era estando con ella, aunque tuviera que vivir en un lugar con un clima tan adverso. No importaba. Así que volví a Rusia, a mi verdadero hogar.
Allí en donde lo había dejado encontré al lobo negro. Esperándome, me observaba con sus ojos grises. Y entonces lo comprendí. Era ella. Era el ser del que me había enamorado. En el instante en que nos conocimos había surgido una mágica conexión. No sabía como pero el pesar que yo había sentido en su ausencia, también era el pesar que ella había sentido en la mía.
El lobo se adentró en el bosque y yo corrí tras él, o mejor dicho tras ella. Pero era demasiado veloz para mí y me dejaba atrás. Entonces me habló: ¿Te gustaría poder alcanzarme?
-         Sí – le respondí.
Mis pies y mis manos se transformaron en garras y entonces fui capaz de seguirla. Una manada de lobos se nos unió recibiendo al nuevo miembro. Así recuperé mi felicidad y juntos recorrimos los vastos bosques de todo el inmenso país.
 Pero no volváis a buscarme, porque no permitiría que nadie le hiciera daño a mi amada y es posible que os atacara.

sábado, 27 de noviembre de 2010

El elfo que se enamoró de una hada

 NOTA: escrito en el año 2003.

    Como cada noche Salma fue a arropar al pequeño de la familia, Fliki. Pero aquella noche Fliki estaba desvelado y no podía dormir.
-         Mama, cuéntame una historia.
-         ¿Una historia?, ¿De qué quieres que te la cuente? De los hombres destructores, de los enanos barbudos, de los malvados trolls, de...
-         Cuéntame una historia de hadas.
-         ¿De hadas?- meditó la madre del chico- ya sé, te contaré la historia del elfo que se enamoró de una hada.
-         ¡Sí!
<<Se dice que las hadas antes de ser hadas fueron elfos. Que cuando un elfo muere se reencarna en hada, es decir, los espíritus que nos protegen. Viven en las flores de nuestros bosques. Suelen dormir de día ya que aman a las estrellas y a la luna. >>

-Así empieza la historia:
    Le sucedió hace mucho tiempo a un joven elfo de nuestra comunidad. Se llamaba Jeke. Era un joven normal, como todos. Su gran pasión era el dibujo y la pintura, y solía viajar por los bosques de toda la región y de mas lejos si podía.
Un día preparó su mochila con sus instrumentos de dibujo y emprendió un viaje hacia los bosques del sur. Siempre viajaba solo, ya que le gustaba estar a solas con la naturaleza y conversar con los animales y los árboles.
-         Señor roble ¿cómo está?
Y así, preguntando a los animales y a los árboles era como encontraba paisajes de majestuosa belleza para retratarlos en sus dibujos. Una ardilla le contó a Jeke que en un sitio lejos de allí, mas al sur, había una cabaña. Se encontraba situada entre dos colinas recubiertas por abetos de pequeña estatura. Siguiendo las indicaciones del animal el joven elfo se dirigió hacia el lugar indicado. 
Efectivamente, en aquel lugar encontró una vieja pequeña cabaña, construida a partir de troncos de diversos tamaños unidos por cuerdas y algunos oxidados clavos. Jeke se acercó a ella cautelosamente para averiguar si estaba habitada. Intentó preguntar a los abetos pero no recibió respuesta alguna y no había ningún animal cerca de allí. Cuando más se acercaba a la cabaña mas parecía oscurecerse la luz del Sol, y eso que era temprana hora de la tarde. Probó de abrir la puerta girando el rudimentario picaporte oxidado, pero la puerta no cedía, estaba bien cerrada. Dio dos golpes a la puerta y nadie contesto ni se notaron señales de vida. Después Jeke se asomó por una ventana. El interior de la cabaña estaba a oscuras, pero pudo distinguir una mesa en el centro de la única habitación que formaba la cabaña. A Jeke le pareció que aquella cabaña era ideal para uno de sus dibujos. Se alejó unos pasos para poder ver la cabaña entera, sacó su bloc de dibujos y un carboncillo de punta fina. Primero lo retrataba en negro y luego le iba añadiendo color con otros carboncillos de colores.
El dibujo le estaba quedando realmente bien. Pero Jeke no estaba tranquilo ya que el silencio que había en aquel lugar era exagerado, ni los pájaros, ni los insectos, ni el viento, ni siquiera los árboles, nada. De repente un estremecedor alarido rompió el silencio y una enorme piedra cayó en el dibujo de Jeke que, rápidamente, giró la cabeza en dirección de la procedencia de esta. De unos arbustos vio como salía, con intención de arrollarlo, ¡un centauro!. Llevaban años extinguidos, pero ese era real y estaba a punto de atropellarlo. Los elfos somos rápidos y consiguió esquivarlo de un salto hacia atrás, pero el centauro derrapó, dio media vuelta y volvió a la carga.
-         Para, no quiero hacerte...
El hombre caballo le propinó un hombrazo que lo mandó por los aires e hizo caer de bruces contra el suelo. Las hojas secas amortiguaron un poco su caída.
-         ¡Quién se atreve a pisar el territorio de Wars!
Jeke se incorporó. Aquel centauro parecía viejo, pero su barba y cabellos aún eran negros. Su rostro reflejaba haber pasado malos tiempos. Parecía haber perdido un ojo, había una enorme cicatriz en su lugar que le cruzaba toda la parte derecha de su rostro. El pelaje de su cuerpo de caballo era castaño oscuro. No parecía estar muy bien alimentado porque estaba muy delgado, pero aún así tenia los músculos de su cuerpo marcados.
-         Repito, hombre del bosque, ¡qué haces en mi casa!
-         Perdóneme solo estaba haciendo un dibujo.
El cuerpo de Jeke aún no había asimilado el duro golpe sufrido, pero pronto notaría el dolor.
-         ¡Nadie puede entrar en el territorio de Wars! ¡Solo Wars puede entrar en el territorio de Wars! – dijo el centauro.
Parecía que el tiempo le había trastocado la cabeza.
-         Le pido que me perdone señor, si le molesta que esté aquí cojo mis cosas y me voy.
-         ¿Porqué quería el hombre del bosque pintar la cabaña de Wars?
El centauro cambió la expresión de su cara, de ira a extrañeza.
-         Porque... – respondió sorprendido y con tono dubitativo Jeke – porque el contraste que da la cabaña con la naturaleza del bosque me parece realmente curioso y bello.
La cara de Wars volvió a cambiar a ira.
-         ¡Pero los enanos barbudos no pueden saber que Wars está aquí, porque los enanos barbudos quieren matar a Wars!
Tiempo atrás los centauros habían combatido contra los enanos durante largos años. Nunca se supo la razón pero las lenguas dicen que fue por una discusión personal entre sus dos reyes. Aquel desdichado ser debía de haber huido durante alguna batalla y haberse escondido allí desde hacía tantos años. Parecía ser el último centauro del mundo. Los enanos no eran muy agresivos, pero lo que para ellos suponía una amenaza no paraban hasta que lo habían exterminado.
-         Pero la guerra acabó hace tiempo – trató de explicarle el elfo.
El rostro del centauro reflejo perplejidad, pero enseguida volvió a la expresión inicial con el ceño fruncido.
-         ¡Mentira! Los enanos barbudos buscan a Wars, y quieren matar a Wars...
Jeke insistió:
-         Es verdad, la guerra terminó hace muchos años, si es mentira lo que digo, que me parta un rayo ahora mismo.
-         ¿Un rayo? Eso debe doler. Y si terminó la guerra, ¿quién la ganó, los malditos barbudos enanos o nosotros?.
Ahora Jeke podía traumatizarlo más aún de lo que estaba, si era posible. Tenía que decirle que era el último centauro, los enanos habían exterminado su especie. Estaba solo, pero tenía derecho a saberlo. Debía saberlo, así que el elfo se lo dijo:
-         Los centauros lucharon valerosamente, pero los enanos eran más numerosos y... ganaron.
-         ¿Y dónde están los compañeros de Wars? – no acababa de creérselo.
-         Wars no tiene compañeros...
-         ¿Wars no tiene compañeros?
-         No.
-         ¿Wars está sólo? – insistió el centauro.
-         Sí.
Las patas de caballo flojearon, se doblaron y cayeron al suelo. En su boca se dibujó una extraña e irónica sonrisa. Pero su ojo reflejaba una tristeza inmensurable, que incluso llegó al alma de Jeke, y de pronto una lágrima se asomó y empezó a deslizarse por su rostro surcando sus arrugas, llegó hasta el filo de la peluda barbilla, y allí se dejó caer para chocar con las hojas secas del suelo.
Jeke permaneció unos instantes en silencio. Unos minutos que fueron tan largos como una eternidad. Al final rompió el hielo.
-         No tienes porque estar sólo, yo puedo ser tu amigo... si quieres.
Wars no dijo nada, y así y sin mutarse permaneció  unos minutos más.
            Por fin el centauro reaccionó y se incorporó de un salto.
-         ¿Y cómo se llama el amigo de Wars?
-         Mi nombre es Jeke, encantado.
-         Wars quiere que su amigo Jeke coma un delicioso plato preparado por el mismo Wars. Ahora Wars irá a cazar un delicioso animal para que su amigo pueda echarse un buen festín.
De repente parecía que el doloroso impacto de la noticia no le afectaba, pero no era cierto, sólo parecía ser algún sistema de autodefensa. No parecía que fuera a exteriorizar su dolor. Jeke le siguió la corriente.
-         Lo siento, pero a los elfos no nos gusta comer animales. No dañamos a ningún ser vivo.
El centauro se extrañó, no comprendía como podía un ser podía vivir sin alimentarse de carne.
-         ¿Nada que esté vivo? Wars no entiende, ¿qué coméis los hombres de los bosques? ¿Piedras?
-         No, comemos lo que la naturaleza nos da, los árboles y las plantas nos proporcionan todo lo que nuestro cuerpo necesita. No hace falta matar al cerezo para comerse sus cerezas.
Y así Jeke y Wars se hicieron amigos. El elfo decidió quedarse una temporada con el centauro. Los árboles hicieron llegar el mensaje a la familia de que su hijo tardaría más de lo previsto en regresar. Jeke enseñó a Wars a entender a la naturaleza que, aunque de vez en cuando el centauro sufría repentinos cambios de humor, abría su mente para aprender cosas nuevas. A cambio el centauro, que conocía todos los rincones y agujeros de la zona, llevaba al elfo a hermosos lugares en los que poder pintar maravillosos dibujos.
El tiempo fue transcurriendo, y los árboles florecieron, dieron sus frutos, después volvieron a perder sus hojas, y un año pasó. El elfo empezó a pensar que ya pronto sería hora de regresar a casa.
-         Escucha Wars, creo que debería volver a casa. Tengo ganas de ver a mi familia, que espera mi regreso.
Aquellas palabras no agradaron al centauro, que frunció el ceño y sin decir palabra alguna dio media vuelta. Y así pasó algún tiempo más y las flores volvieron a salir. Un día, cuando Jeke estaba dando unos últimos retoques de color a uno de sus dibujos que era el dibujo de un inmenso roble que había en un claro, Wars se sentó a su lado, y mientras observaba al elfo pintar se dispuso a hablar:
-         Wars no dijo toda la verdad, a su amigo hombre del bosque.
-         ¿Toda la verdad?, ¿Qué quieres decir?.
-         Wars tiene otros amigos que le dan paz cuando se siente triste.
-         ¿En serio? ¿Y quiénes son esos amigos?
-         Son los seres mariposa.
-         ¿Las hadas? – Jeke no se tomó demasiado en serio las palabras de su amigo porque pensó que las hadas estaban en su imaginación, pero pronto descubriría algo que cambiaria su vida para siempre – yo había pensado que podrías venirte a vivir con nosotros, los elfos. Harías muchos amigos.
-         Wars no se quiere ir de aquí, - contestó el centauro – Wars pronto se marchará a otro lugar, un lugar en donde estará en paz para siempre.
-         ¿Qué quieres decir?
-         Esta noche mi amigo Jeke conocerá a las hadas.
Wars se levantó y dio media vuelta dejando la conversación como zanjada.
Jeke dormía en una improvisada pero cómoda cama que Wars le preparó con hojas secas y una especie de viejísimas sábanas gastadas. Cuando Jeke estaba inmerso en sus sueños más profundos un ligero golpecito en el hombro lo despertó. Alzó la vista y vio que era el viejo centauro, el cual le hizo una señal para que lo siguiera.
-         ¿Adónde quieres ir?
Pero Wars no soltó palabra. El elfo se levantó rápidamente y se dispuso a seguirle. Estuvo largo tiempo esquivando ramas y arbustos intentando no perder al centauro de vista que lo llevaba hacia un lugar al que nunca antes había estado. Después de un largo rato, por fin llegaron. Era el paisaje más hermoso que jamás unos ojos pudieran observar. Era un pequeño estanque de agua cristalina en la que se reflejaba la inmensidad del cielo claro y estrellado. Aquella noche también había reflejado en el una plateada y resplandeciente luna llena. El estanque estaba rodeado por miles de flores rojas con sus respectivos capullos cerrados que con la luz lunar parecían que emanaran un brillo mágico. Había luciérnagas por doquier revoloteando dando el punto y final a la majestuosidad de aquel paisaje.
Por fin el centauro habló:
-         Menos mal, que hemos llegado a tiempo.
-         ¿A tiempo de qué?
-         Observa...
De pronto de las flores empezó a surgir una luz. Una luz limpia y blanca que aunque deslumbraba, Jeke no podía apartar la vista de ella. Los capullos poco a poco empezaron a abrirse y cual era la sorpresa que guardaban en su interior que diminutos seres que dormían cómodamente acurrucados. Lentamente aquellos seres empezaron a despertarse y a estirar sus diminutos miembros. Parecían pequeños elfos pero en sus espaldas tenían unas diminutas alitas transparentes. Eran HADAS. Jeke permanecía inmóvil y con la boca abierta observando el espectáculo. Wars permanecía a su lado con una sonrisa en su rostro. Los pequeños seres empezaron a volar, se acercaron al estanque y se pusieron a lavarse sus menudos rostros. Había seres de ambos sexos. Iban vestidos con pequeñas prendas blancas. Los hombres llevaban pantalones y camisetas de tirantes, las mujeres unos bonitos vestidos cortos. Después de asearse empezaron a alzar vuelo y se desperdigaron por doquier. Todos menos uno. Una pequeña hembra, que se acercó a Wars.
-         Hola Wars, llevabas tiempo sin venir a verme, ¿cómo estás?
-         Hola Amapola, es que Wars ha tenido compañía, y está contento, y más contento todavía de ver a su amiga Amapola.
Aquel ser tenía una larga y lisa melena morena. Sus ojos eran del color del cielo, su piel era blanca, a excepción de sus pómulos que eran sonrojados, y muy fina. Era una criatura realmente hermosa. Llevaba un sencillo y pequeño vestido corto de color blanco. En su orejita llevaba una diminuta flor roja e adorno. Llevaba los pies desnudos. Jeke quedó tan fascinado por la belleza de aquel ser que no fue capaz de pronunciar palabra alguna.
-         ¿Él es tu amigo? Hola, si eres amigo de Wars también eres mi amigo, mi nombre es Amapola es un placer conocerte – hizo una reverencia.
-         Yo... yo soy Jeke – tartamudeó el elfo – el gusto es mío.
La pequeña hada volvió a dirigirse al centauro.
-         ¿Qué piensas hacer  sobre lo que hablamos la otra noche?
-         Wars ya lo tiene decidido, Wars quiere ir con Amapola, y Wars quiere que el amigo elfo cuide de las flores.
-         ¿Estás seguro, Wars?
-         Sí, Wars está completamente seguro.
Jeke no tenía idea de lo que hablaba aquel par:
-         ¿De qué estáis hablando, si se puede saber?
-         ¿No se lo has contado a tu amigo?
-         Wars piensa que tú contárselo mejor que yo.
Aquella conversación no le daba buena espina al elfo, que escuchaba atentamente para ver si cogía alguna.
-         Wars me ha pedido que lo guíe a la paz eterna.
-         ¡¿La paz eterna?! - un escalofrío recorrió el cuerpo de Jeke - ¿Habláis de la muerte?
-         Sí, amigo Jeke, - contestó el centauro – Wars piensa que tú puedes volver a tu casa, pero tienes que venir cada primavera para cuidar las flores y ver que los amigos pequeños están bien.
-         ¡No!, no tienes que morir, ahora no estás sólo, me tienes a mí y...
-         Ahora Wars ya está contento y sabe la verdad, que la guerra acabó pero Wars está muy cansado y amiga Amapola me ayudará, podré descansar.
La hada intervino:
-         No te preocupes, yo lo guiaré, y allí será feliz para siempre.
-         ¿Y cuándo piensas irte? – dijo Jeke dirigiéndose a Wars pero fue respondido  por Amapola.
-         Hoy la luna está llena, es el día perfecto.
Jeke supo que no podía hacer nada para impedírselo, Wars ya había tomado una decisión y era imposible hacerle cambiar de opinión.
-         ¿Vamos Wars?
Wars  empezó a andar hacia el estanque, y se metió en él, hasta que el agua le llegó por la cintura. Amapola lo acompañaba volando a su lado. Jeke miraba inmóvil y con el corazón encogido. En el interior del estanque Amapola hizo un gesto con los brazos y, de repente, una luz blanca y cegadora los cubrió. Jeke vio con dificultad la silueta del centauro girar hacia él y le dijo:
-         Gracias amigo Jeke por todo. Hasta pronto.
La luz se hizo aún más intensa y de repente desapareció, quedando en el estanque únicamente la pequeña figura de la hada. El elfo no pudo evitar que sus ojos se inundaran con lágrimas. Realmente echaría de menos a su amigo. Amapola se acercó hacia él, que seguía con la vista clavada en donde había desaparecido Wars.
-         Veo que Wars era realmente tu amigo – dijo – me alegra saber que por fin encontró a un amigo, pero no es necesario que llores, porque él ahora será feliz, y volverá a reunirse de nuevo con su mujer y su hijo que lo esperan impacientes.
Los ojos de Jeke dejaron de mirar el vacío y se posaron en el angelical rostro de aquel bello ser.
-         Veo que no te contó nada sobre su vida pasada.
-         No
-         Wars, en otra época, - explicó la hada – fue un granjero que vivía feliz con su esposa y con su hijo recién nacido. Un día fue al bosque a buscar leña, y cuando regresó su granja estaba en llamas, y su esposa e hijo habían sido asesinados. La guerra contra los enanos había terminado. Así que Wars fue al frente y luchó en una batalla junto a sus compatriotas. Pero nadie puede igualar a los enanos en el arte de la guerra, y no les costó demasiado exterminar a los centauros. Fue gravemente herido en la cara con una espada, que le hizo perder un ojo. Cayó inconsciente entre los cadáveres y se le dio por muerto. Al despertar se encontró en medio de un bosque. Alguien le curó las heridas y lo abandonó allí a su suerte. Desde entonces permaneció aquí, en este bosque.
Jeke, no pudo evitar el sentirse un poco mal, porque después de haber estado tanto tiempo con su viejo amigo y no sabía nada de él.
            Y allí el elfo y la hada hablaron durante toda la noche. Hablaron de él, hablaron de ella, de los árboles, de los animales, y sobretodo, de su amigo Wars al que nunca olvidarían. Poco tiempo antes de que empezara a aclarecer, empezaron a regresar las demás hadas, que aparecían de todas partes. Iban introduciéndose en sus respectivos capullos protectores.
-         Ha sido un placer conversar contigo, Jeke. Eres un ser bondadoso y honrado, ahora he de irme. Nosotros somos espíritus de la noche, necesitamos dormir por el día.
-         El placer ha sido mío, podría pasar toda mi vida conversando contigo y nunca cansarme. ¿Puedo volver a verte mañana y continuar nuestra conversación, Amapola?
-         Por supuesto, estaré feliz de que vuelvas a verme. Así hasta mañana.
-         Esperaré impaciente a que el día llegue a su fin.
Al igual que sus compañeros, Amapola se introdujo en una flor la cual se cerró. Jeke se quedó allí observando a los primeros rayos de Sol que se asomaban de detrás las copas de los árboles.
El amanecer llegó y un nuevo día comenzó. El elfo emprendió el camino de vuelta a la cabaña sólo y con el corazón en un puño por la pérdida de su amigo, pero a la vez impaciente por volver a ver a Amapola aquella noche. Aquel día, Jeke empezó un nuevo dibujo. Como no podía dejar de pensar en el rostro angelical de la hada decidió hacerle un retrato. Después comió y bebió, fue a bañarse al río y se perfumó con los pétalos de flores aromáticas. Luego subió a una colina cercana, y allí esperó impaciente a que el Sol volviera a esconderse. Y lentamente la dorada moneda se incrustó en el horizonte y al final desapareció. Sin demorarse un instante Jeke regresó al estanque. Cuando llegó, las flores aún estaban cerradas. Aquella noche la luna brillaba también como la anterior, iluminando el estanque. Las luciérnagas ya revoloteaban por doquier. Jeke no recordaba haber estado tan nervioso e impaciente en su vida. Por fin el espectáculo iba a empezar, y Jeke se sentía emocionado de poder volver a verlo. Los capullos empezaron a brillar, y respectivamente fueron abriéndose. Aquella vez, el elfo, estaba aún más emocionado que la anterior. Las hadas salieron de sus cómodas camas, se asearon y se desperdigaron, igual que la vez anterior. Aquellos seres tenían un aura mágica a su alrededor. Entre los miles de seres, Jeke enseguida distinguió entre ellos al que a él, le parecía el más hermoso de todos, Amapola.
-         Buenas noches, Jeke ¿qué tal estás?
-         Muy buenas noches, Amapola, viéndote estoy más bien de lo que ningún ser pueda estar, ¿y tú, qué tal has dormido?
-         He dormido fantásticamente bien, gracias. – contestó con una tímida sonrisa la hada.
-         Me muero de ganas por decirte algo...
-         Dime, amigo mío, te escucharé con mucho gusto.
-         Llevo todo el día deseándote verte...
-         Yo también me alegro de verte – dijo el hada atentamente.
-         Sí... pero quiero decirte que nunca me ha quemado tanto el Sol, que estaba deseándote ver de nuevo, que para mí eres un ser muy especial... el ser más especial que he conocido.
-         Para mí también eres especial.
-         No me refiero a eso – siguió intentando explicarse mejor Jeke – quiero decirte que eres el ser más bello, más majestuoso que mis ojos hayan y puedan ver jamás y que deseo verte todos los días, todas las horas... siempre, que... TE QUIERO.
Un mosquito revoloteaba por el estanque y de repente se escuchó un leva lingotazo. Una pequeña rana que había salido aquella noche para ver la luna había cazado a su presa. Y ese fue el único sonido que se escuchó en el estanque. Porque en aquel momento ni el viento se hacía escuchar lo más mínimo.
-         TE QUIERO
En ese instante un grillo empezó a cantar una canción. Era una canción de amor.
-         Yo creo que también me he enamorado de ti. – Dijo pensativamente, y a la vez algo ruborizada la pequeña y hermosa criatura. Pero su tono no fue en tono alegre, sonó mas bien amargo.
En el rostro de Jeke se dibujó una brillante sonrisa:
-         ¡Pues ya está!  Me quedaré aquí contigo para siempre – habló el elfo excitado, pero al mirar el rostro de Amapola, sus ojos reflejaban tristeza y una pequeña perla plateada salió de sus ojos.
-         Las hadas antes fuimos elfos, que nos transformamos y adquirimos ciertos poderes para poder proteger a los seres bondadosos que habitan en la naturaleza. No podemos relacionarnos de esta manera con seres de otras especies, no podemos amarnos, el todopoderoso espíritu de los bosques me haría desaparecer, y no volveríamos a vernos nunca más.
La tristeza y la indignación invadieron también a Jeke.
-         Tiene que haber una manera en la que podamos estar juntos.
-         Las hadas sólo podemos estar con alas.
A Jeke se le vino una idea a la cabeza. Una disparatada pero posible idea. Se puso a pensar en su vida que se le pasó entera en segundos por su mente, se acordó de su familia y de sus amigos, de toda la gente que quería, de su precioso poblado.
-         Pues me convertiré en hada.
-         ¿¡Sabes lo que estás diciendo!? – se alteró Amapola – eso significa renunciar a todo, a todo lo que quieres, a todo lo que conoces, a tus seres queridos, a todos tus recuerdos. Es el renacer.
-         Por ti haría lo que fuera. Me moriría, ahora que sé de tu existencia, sin poder estar contigo.
Y así pasó.

Aquella mañana en el pueblo los árboles trajeron una triste noticia. Jeke, que era querido por todos, los había abandonado. Se había ido y no volvería. Contaron que el joven elfo había entrado en una luz, y que allí en medio de aquella luz, había desaparecido. >>

-         ¿Y qué pasó mamá? ¿Qué les pasó a Jeke y a Amapola?
-         Hay gente que dice que es imposible, que el todopoderoso espíritu de los bosques, Terra, no les permitió estar juntos, y que simplemente murió. Hay otros que dicen que sí lo consiguió, y que estuvieron por siempre jamás juntos.
-         ¿Y tú que crees mamá? – preguntó el pequeño Fliki, no satisfecho del todo con la anterior respuesta.
-         Yo creo en el amor, hijo mío.
-         Yo también – dijo el niño sonriente, y más contento con aquella respuesta.
Salma arropó a su hijo pequeño, y apagó la vela.
-         Buenas noches Fliki.
-         Buenas noches mamá.
Los ojos del pequeño elfo se cerraron y pronto se sumió en los más felices y placenteros sueños.

Aquella noche la luna y las estrellas brillaban con mucha intensidad. Salma se asomó al balcón y respiró profundamente. El clima era idóneo, primaveral. El aire se notaba más limpio y puro que nunca, y una agradable brisa le hizo ondear su dorado pelo. Alzó la vista y miro hacia la luna:
Se vieron dos diminutas siluetas que pasaron volando por delante de la luna. Tenían forma humana e iban cogidas de la mano.
FIN.