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sábado, 23 de abril de 2011

3- En la Zona Zero



Cuando Don Lombriz, el rey topo, había dicho que los llamarían al alba había sido por decirlo de alguna manera, ya que en la Zona Zero no existían las noches ni los días, el horizonte siempre permanecía blanco. Por eso los dormitorios de sus habitantes solían ser completamente oscuros. En la Zona Zero no había atmósfera, no había oxígeno, no había clima, no había absolutamente nada, todo había sido creado por los topos a base de generadores de aire, de clima, etc.
               Raptor, el lagarto, había llevado a los tres edenitas, León, Panterra y Flip a un edificio cercano al palacio que parecía ser una barraca de soldados. A pesar de ello estaba preparada con toda clase de comodidades que cualquier persona necesitara o más bien deseara. En las habitaciones del edificio de soldados convivían dos personas en cada una de las cincuenta que había en aquel edificio. El ambiente que se respiraba no era de soldados que estuvieran esperando el momento para ir a morir a la guerra, sino más bien parecía una apacible comunidad de vecinos. Todas Las habitaciones tenían su pequeño balcón, León estaba fuera observando el mundo o lo que fuese aquello que tenía ante sus ojos. Aquellos seres habían hecho realmente un trabajo impresionante. Aquel sitio no solo consistía en un montón de edificios rodeados de serpenteantes carreteras que se alzaban a decenas de metros, llegaban a entrecruzarse y formaban verdaderos nudos. Usaban la tecnología del teletransporte para traer cosas de los planetas vecinos, tales como tierra o agua y así habían creado parques, zonas de cultivo, granjas, tiendas, sitios para ocio, restaurantes. Se notaba que a aquella gente le gustaba la comodidad y que no había renunciado a ella. La diversidad de personas que circulaba por la calle ya fuese a pié o en aquellos extraños coches flotantes conducidos por robots, era sorprendente. No sólo había soldados, también había trabajadores y niños, indiferentemente de ambos sexos o de sexo indefinible. Pero a aquella dimensión le faltaba algo. Le faltaba la luz del sol calentando la piel, le faltaba el viento hondeando el cabello, le faltaba la lluvia que mojara los campos, le faltaba todo lo natural de un verdadero mundo. Panterra salió también al balcón y se situó al lado de su silencioso hermano apoyándose ligeramente en la reluciente barandilla plateada sin decir nada. Todos sus ideales, sus motivos de lucha no habían cambiado, sólo que habían adquirido una magnitud que los hacía sentir insignificantes. Hacía unas horas tenían importantes cargos en la resistencia en la ciudad Adan y ahora estaban entre un ejército inimaginable que pretendía enfrentarse al invencible imperio celestial. Era una buena noticia, debían sentirse regocijados, habían encontrado a un imperio entero luchando por su misma causa, sólo que aquello les quedaba grande y no podían evitar una sensación de insignificancia. Necesitaban tiempo para asimilar todo lo que había pasado en las últimas horas.
Toc, toc toc.
La puerta sonó. 
Eran Flip y un extraño personaje:
-         Que tal chicos, os presento a mi compañero de habitación, Tupe.
Era un pelos, pero éste llevaba puesto unos pantalones ajustados negros como los de los militares y una coraza negra encima del pelo que cubría por completo su cuerpo. Lo único que se le podía ver en su peludo rostro eran unos pequeños ojos negros que parpadeaban cada poco tiempo. No era de mucha estatura, medía aproximadamente unos 160  centímetros.
-         Encantada, yo soy Panterra.
-         Yo me llamo León.
-         Hola – dijo alegremente aquel personaje con voz apagada por el montón de pelos que le tapaba la boca – me han encargado guiaros por aquí, supongo que tendréis hambre.
-         La verdad es que me comería un caballosaurio entero – dijo Flip tocándose la barriga con las manos.
-         Seguidme.
Los tres edenitas siguieron a su peludo guía por el pasillo de su piso. Sólo en aquella planta habría treinta habitaciones. Se introdujeron en uno de los cuatro ascensores que había.
-         Supongo que tú eres un pelos, nos han dejado unos informes en la estancia a cerca de los aliados del rey topo, pero no he tenido tiempo de leerlos detenidamente – habló la curiosa Panterra - ¿qué clase de pueblo sois?
-         Mi mundo es pequeño y allí no pasan grandes cosas – el tono revelaba que el chico era bastante joven – no somos guerreros, somos un pueblo que renuncia a la violencia.
-         ¿Pero tú eres un soldado? – intervino Flip.
-         Es cierto, la verdad es que estáis ante el primer soldado pelo – dijo orgullosamente Tupe colocándose una mano en el pecho.
Bajaron un par de plantas y el ascensor se abrió para dar paso a una sala bastante grande que parecía ser de recreo. En ella había libros, juegos de mesa, recreativos y otros objetos cuya función desconocían por completo los edenitas.
-         ¿Y cómo es eso?, tus paisanos no estarán muy contentos contigo.
-         La verdad es que los grandes ancianos de mi mundo se oponían a ello e incluso me han prohibido volver a mi planeta, pero yo creo que todo esto también nos concierne a nosotros. Si no hacemos algo, tarde o temprano caeremos bajo el imperio, y si es así prefiero hacerlo luchando.
-         Es admirable, que te opongas a tu pueblo con la intención de protegerlos – dijo Panterra.
-         Bueno – suspiró el hombre peludo – espero que tarde o temprano se den cuenta de que es necesario, y que más compatriotas se opongan a nuestras estúpidas antiguas leyes y se unan a la causa.
León, como siempre, solo escuchó. No dijo nada aunque sintió admiración por aquel ser al que ni siquiera conocía.
               Pasaron aquella sala y entraron a un enorme comedor en el que había decenas de mesas. No parecía que fuese la hora de comer porque estaba completamente vacío. Lo cruzaron y abrieron una puerta blanca que daba paso a la cocina. Era enorme, estaba llena de fogones, hornos, planchas y demás maquinaria. En ella sólo había una pareja que estaba cocinando. Eran un hombre y una mujer de avanzada edad. Su piel era de un color anaranjado, de no ser por eso podrían pasar por edenitas. Él tenía un grueso mostacho negro canoso que le adornaba su rechoncha cara. Una gran cejota casi le tapaba los ojos. Llevaba un gorro blanco que solo le dejaba ver el pelo grisáceo de la nuca. Iba vestido con una chaquetilla blanca y unos pantalones gris azulado. Un delantal rojo lo tapaba para impedir mancharse el uniforme. Ella tenía la cara igualmente rechoncha pero unos bonitos ojos azules junto a una agradable sonrisa le daban un aire amable y bondadoso. También llevaba un gorro blanco, pero por detrás le  colgaban dos rubias trenzas curiosamente recogidas. También llevaba una chaquetilla blanca, pero en vez de pantalones llevaba una falda larga de color azul marino también tapada por un delantal.
               La mujer levantó la cabeza y los vio. Esbozó una sonrisa y se acercó a ellos.
-         Habéis venido pronto, todavía falta un poco para que la comida esté lista – aquella señora hablaba tremendamente rápido – mi nombre es Seta y aquel viejo gruñón de allí es mi marido Champi.
El hombre levantó su cejota y emitió un gruñido a modo de saludo, luego volvió ha posar su mirada en lo que estaba haciendo.
               León, Panterra, Flip, y Tupe estuvieron aguardaron unos pocos minutos sentados en el comedor esperando la comida. Tupe les habló de su planeta: de su clima, de su política, de sus tradiciones, etc. Para tres guerrilleros acostumbrados a vivir con la muerte cerca, era fácil  deducir que aquel bondadoso ser, a pesar de sus nobles motivos, jamás sería capaz de matar a nadie y difícilmente podría convertirse en un buen soldado. Los pelos no sabían realmente lo que era la violencia ya que su planeta estaba desprovisto de animales salvajes que superaran el tamaño de un gato y ellos eran diplomáticos, pacientes, muy respetuosos y jamás llegaban a las manos en disputas, fuesen del tipo que fuesen. Su planeta era un ochenta y cinco por ciento agua y el resto una enorme masa de tierra recubierta de una densa selva. Vivian en pequeñas comunidades familiares formadas por cabañas hechas con ramas y grandes hojas. Eran muy fieles a la familia que para ellos era lo más importante. La media de hijos de un matrimonio en Rastafari era de doce. De hecho Tupe era el hermano siete de nueve.
-         Aquí tenéis la comida muchachos – interrumpió alegremente Seta.
Y aquella agradable mujer empezó a traer bandejas de comida. Trajo muchísimas, bandejas de carne, de pescado, de arroz, de verduras varias, de frutas, de dulces, etc. Parecía que habían cocinado para diez personas al menos. León, Panterra y Flip no se habían dado cuenta del hambre que tenían hasta ver aquellas bandejas de apetitosos manjares. También les trajeron un excelente vino azulado y agua fresca para acompañar. Entonces la conversación quedó totalmente interrumpida. Tupe observaba atónito a los tres guerreros como devoraban vorazmente los excelentes alimentos. En media hora se habían zampado prácticamente toda la comida de las bandejas. Estaban tan hartos que apenas podían hablar.
-         Bueno – dijo al fin Tupe, el pelo – vamos a dar una vuelta por los alrededores a ver si se os baja un poco la comida.
-         Buena idea.
               Salieron del edificio y se pusieron a andar por las increíblemente relucientes calles. Panterra miró al cielo y no vio nada. Absolutamente nada. El cielo de  aquel extraño lugar era un infinito vacío blanco. Al cabo de unos segundos tuvo que agachar la vista ya que el vacío blanco acababa deslumbrando y los ojos empezaron a picarle.
-         ¿Alguna vez se ha investigado hacia arriba? ¿se sabe si hay algo allí?
-         Sí – habló su peludo nuevo compañero después de soltar un ligero suspiro – En un par de ocasiones, los geniales topos han mandado sondas hacia arriba. Una de ellas desapareció y nunca la volvimos a ver. La otra cayó del cielo tres años después, con fortuna en el parque. Ahí arriba no hay nada. Es difícil de comprender, pero es así.
La respuesta no pareció aliviar la curiosidad de la guerrera edenita.
Era increíble que los ingenieros de esta ciudad hubiesen puesto asfalto, baldosas, tierra, etc, encima de aquel extraño suelo albo, que al parecer nadie había conseguido taladrar, romper ni siquiera rayar. Las investigaciones que habían hecho no habían aclarado nada a los científicos, solo les había provocado mas preguntas sin respuesta. A pesar del poco acogedor extraño lugar, no se podía decir lo mismo de la ciudad que se había construido en él. Pasearon por un cercano parque en el que se había construido un estanque artificial. En él no había aves nadando, pero sí tenía bonitos peces de colores que se podían ver perfectamente en el agua blanquecina. La gente paseaba felizmente. Había parejitas de enamorados, la cual una de topos llamó la atención a los edenitas, había niños corriendo y jugando, había ancianos paseando tranquilamente. Lo que tenían en común todas estas personas, era que eran felices. León no pudo evitar sentir algo de envidia, por la suerte que tenía esta gente de tener un rey tan bondadoso.
               Después de pasear varias horas hablando decidieron que debían ir a ducharse y descansar para mañana estar en plena forma. Tupe y Flip, y Panterra y León regresaron a sus respectivas habitaciones. Mientras Panterra se daba un relajante baño con unas sales rosáceas que les habían dejado en la habitación, León se sentó en la cama cabizbajo, con los codos apoyados en las rodillas y las manos cruzadas. Todo aquello era frustrante, confuso. No podía siquiera saber que sentía. Alegría, dolor, tristeza, nostalgia, ira, alivio. Todos los sentimientos se cruzaban por su cabeza y en segundos desaparecían. Lo único que tenía claro es que debía luchar. Debía luchar para derrotar al tirano Don Mefistus III, el Dios. Tenía claro que quería un mundo mejor para los seres que quería, su hermanita pequeña, su mentor Mendigo, sus compañeros de la resistencia. Sí, debía hacerlo sobretodo por Panterra. Desde pequeño su maestro le había insistido en que debía cuidar de su hermana y así lo haría. Debía intentar ayudar a aliviar los sufrimientos que había causado la familia Sátirus  con su imperio celestial durante cientos de años. También sabía que él sólo era un hombre y que lo que podía hacer sólo era poco. Pero lo poco que pudiese dar lo iba a dar aunque le costase la vida.
               Cuando los dos hermanos estuvieron aseados se acostaron, y a pesar de las emociones del día se durmieron rápidamente. El cansancio lo superaba todo. Y así llegó el amanecer del siguiente día.

               Panterra abrió los ojos, miró la cama donde dormía su hermano y no estaba. Se incorporó y vio que el balcón estaba abierto. Se levantó fue al pequeño pero limpio baño de la habitación y se lavó bien la cara y los dientes con un higiénico cepillo blanco que les habían dejado a cada uno. Luego salió al balcón. Allí estaba León mirando con la vista perdida en el frío horizonte.
-         ¿Estás listo? – dijo a su hermano.
Sin quitar la vista del horizonte asintió.
-         Vamos.
Alguien picó la puerta. Los dos hermanos salieron de la habitación y allí los estaba esperando Raptor y Flip que estaba apoyado en la pared del pasillo con los brazos cruzados. Después de desayunar delicias preparadas por Champi y Seta se dirigieron al palacio para reunirse con el rey topo. Cuando llegaron al despacho del rey don Lombriz XIII él los aguardaba allí con otra persona.
-         Hola chicos – saludó amablemente el monarca - ¿habéis descansado bien?
-         Estupendamente señor – contesto la chica del grupo – gracias por vuestra hospitalidad.
-         Baa déjate de formalidades – dijo – os presento a mi sobrino hum, hum Seda. Él os acompañará en representación mía. A pesar de su juventud es muy inteligente y valeroso.
Era un simpático ser, parecido a su tío (tío abuelo de a saber cuantas generaciones). Su cuerpo estaba también recubierto de un pelaje color pardo grisáceo, pero él no tenía mechones canosos. Se notaba que era joven.
-         Mucho gusto – dijo el joven topo haciendo una reverencia.
-         El gusto es nuestro.
Raptor les contó que la resistencia en la capital había sido erradicada. A parte de unos pocos que habían conseguido huir, habían sido todos asesinados brutalmente por los soldados celestiales de la ciudad. Así que debían ir inmediatamente a Exilio, el país vecino que era dónde se encontraba el núcleo de la resistencia. El problema estaba que no sabían exactamente en que pueblo se encontraba el líder ni siquiera quien era.
-         Nadie de nosotros sabemos quién es nuestro verdadero líder. Las órdenes las da el capitán Fénix, que vive en Sombra, un pueblecito costero al este del país – explicó Flip
Los contactos de Raptor le habían asegurado que el subcomandante Sapus estaba preparando algo en contra de la resistencia, pero no sabían exactamente el qué.

León se sintió acongojado, ¿qué habría sido de su maestro Mendigo? Aunque fuera un hombre mayor y le faltara una pierna, estaba seguro de que habría conseguido ocultarse. Era demasiado inteligente y cauto para dejarse atrapar por sorpresa.
-         Muy bien, pues vamos.
Raptor, Seda, León, Panterra y Flip se dirigieron al edificio militar de teletransporte, que era por dónde habían llegado los tres edenitas y el lagarto el día anterior. En la entrada les esperaba un soldado que iba a acompañarlos también en el viaje. Parecía ser de la misma raza que los cocineros Champi y Seta. Era parecido ha los edenitas, pero algo mas menudo de estatura y su piel era de un color anaranjado. Su pelo era corto, liso y azabache. Era muy joven pero su rostro serio, de nariz un poco aguileña, grandes ojos negros y labios finos, reflejaban experiencia o al menos preparación. Se llamaba Trébol y también llevaba un ordenador en el brazo igual que Raptor. Los seis se dirigieron a los vestuarios y se les dio una coraza azul que al parecer también protegía de los molestos efectos que producían los viajes a través de los portales. Raptor no la necesitaba ya que la dureza de su cuerpo lo protegía pero también se la puso. Luego les dieron rifles láser de alta tecnología. Ya preparados, se dirigieron a la extraña sala blanca en dónde se encontraba la gran máquina. Allí los esperaba un topo vestido con una bata blanca, debía ser un científico. En una esquina de la habitación había un pequeño computador con un panel. En el panel había dibujado el mapa entero de Edén. Panterra le indicó exactamente donde se encontraba el pueblo de Sombra. El menudo científico se puso a hacer cálculos con el computador. Estuvo unos diez minutos y entonces de debajo de los cuernos de aquel enorme aparato que colgaba del techo se abrió un portal con su característico brillo y su ligero sonido metálico.
Raptor se adelantó:
-         ¿Estáis preparados?
Los demás miembros del grupo asintieron. Entonces Raptor saltó el primero en el portal y desapareció. Después le siguió Seda, consecutivamente León, Panterra y Flip. Y por último Trébol.   

martes, 19 de abril de 2011

Página 89, línea 5 (Juego)

Mi amiga Xay (http://xay6.blogspot.com/) me ha propuesto un juego muy interesante: se trata de abrir el libro que estés leyendo por la página 89 y escribir lo que pone en la 5ª línea.
Lo cierto es que tengo un libro empezado, y que por los estudios he dejado en PAUSE. Lo cierto es que me ha decepcionado un poso, pero a partir de junio pienso acabarlo. Se trata de Vespera de Anselm Audley. El libro transcurre unos años más tarde de los acontecimientos de la trilogía de Aquasilva (Herejía, Inquisición y Cruzada) Pese a que hay mucha gente que ha criticado duramente estos libros, y pese a que son algo densos, transcurriendo la acción en ocasiones muy despacio, creo que la capacidad creador del autor es fascinante.
Pues a lo que vamos, en la página 89, en la línea 5 pone:
...de la ciudad. Como sus rivales y con una pasión más profunda,...


Creo que cuenta poco del libro pero bueno. 
Para seguir el juego tengo que proponer a tres amigos, ahí van:
Sakkarah (http://sakkarah-sakkarah.blogspot.com/)
Sheol13 (http://solomemolestaami.blogspot.com/)
Estrella Altair (http://estrellaaltairtoledo.blogspot.com/)

Debéis hacer lo mismo... si queréis.
Besos.

miércoles, 13 de abril de 2011

Tu regreso.


El cielo y la mar se unen en el horizonte
La perfección y la imperfección
El blanco no es sin el negro
El ying sin el yang
No hay verano sin invierno
Ni crepúsculo sin amanecer.

La lluvia se escampa
Y el sol sale para verte regresar
El cielo y la mar se unen en el horizonte
Al igual que tú y yo,
Que nos fundimos en el más profundo abrazo. 

Últimamente tengo el blog algo abandonado. No es que esté falto de ideas ni de inspiración, es que a los pocos meses para llegar a los treinta estoy inmerso (o eso intento) en los estudios. ¡Y no es nada fácil después de tanto tiempo! Y hasta finales de mayo seguiré así. Siento no poder pasarme por vuestros blogs lo que yo quisiera, pero volveré, me queda curda para rato. Muchas gracias a todos. 

domingo, 3 de abril de 2011

Un momento de gloria


Mustafa se despertó, como hacía a diario, instintivamente a las cinco de la mañana. Abandonó el calor de su lecho, dejando sola a su mujer. Su movimiento en la cama carecía de fuerza suficiente para estorbar y despertar a su, ángel, era evidente la diferencia de tamaño entre ambos.
Miró por la ventana, no se apreciaban las estrellas, mal augurio, probablemente lloviera también aquel día.
Salió a los corrales para preparar a la mula, ponerle los cestos y llenarlos con los tomates. Dos días por semana, jueves y sábado, Mustafa bajaba al pueblo a vender sus frutos. Aquel año había tenido muy buena cosecha, pero la incesante lluvia amenazaba con el impedimento de su venta y posterior pérdida del producto. No podía ser.
Sus tres hijos se levantarían pronto para sacar a las cabras. Todavía eran demasiado pequeños para bajar solos al pueblo para ir a la escuela. Él había querido enseñarles el negocio de los tomates, pero Asma, su mujer, se había opuesto rotundamente replicando que suponía demasiado trabajo para el beneficio que sacaban de ello, y además los niños todavía eran demasiado pequeños.
A Mustafa no le gustaba que su mujer le dijera lo que podía o no hacer, él era el hombre de la casa. Sus pocos amigos se reían de él y tenía que soportar constantes humillaciones. Pero lo cierto, era que no se atrevía a contradecir a su corpulenta esposa, ya que era indiscutiblemente mucho más fuerte que él.
La chilaba, a pesar de su capucha, era insuficiente para tapar el gélido frío matutino. Se incrementaba a consecuencia de la nieve que cubría las cercanas cumbres de las montañas. Dos largas horas de camino le esperaban, descendiendo por un serpenteante sendero de cabras de pronunciada pendiente. La naturaleza virgen de los bosques y su aire puro despertaban los sentidos con sus fragancias.
Mustafa pasó con presteza por delante de la casa de su vecino. Lo odiaba. Lo odiaba por recalcarle sus defectos. A menudo, el vecino se ofrecía a llevarlo al pueblo en su coche, de ese modo, por el camino principal, se podía llegar en menos de una hora y media. Pero Mustafa consideraba que lo hacía para mofarse de él, que no lo hacía por gentileza, que así le restregaba su miseria. Lo cierto era que el odiar hacía más llevadera la humilde vida del vendedor de tomates. Le gustaba odiar, y en especial a su vecino. Era la única manera que conocía de expresar sus sentimientos negativos, que nunca exteriorizaba. Al menos así no hacía daño a nadie.
El cielo gris se juntó con el azul y blanco del pueblo y finalmente llegó a su destino. Abrevó a la mula en el río al que luego siguió el curso adentrándoos con él en las calmadas calles.
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Aisha cogió el teléfono, la modista les confirmaba que sus caftanes ya estaban listos, esa misma tarde podían ir a buscarlos. Corrió a avisar a su hermana Fátima. Las dos chicas habían venido de España, en donde residían, para asistir a la boda de su prima. Estaban muy emocionadas, la querían como una hermana, iba a ser un acontecimiento irrepetible. El viaje había valido más que la pena.

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Al lado de la maloliente alcantarilla, a medias encima de la calzada, se encontraba el peor puesto del mercado de la plaza. Mustafa miró al cielo, y en ese mismo instante una gota le cayó en el ojo. Maldijo lo maldecible y como castigo empezó a lloviznar. Los aldeanos que habían acudido al mercado empezaron a huir de la lluvia volviendo al calor del hogar. Pero Mustafa no pensaba irse, debía al menos amortiguar el permiso de venta en el mercado. Además, con suerte se iría su más directo competidor: un robusto señor de barba larga y negra cuyo puesto de tomates, con una magnífica colocación, eclipsaba el suyo. Lo miró de reojo. No, no se iba, así que decidió empezar a odiarlo. No lo conocía de nada, pero le apetecía odiarlo.

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¡Está lloviendo! le gritó Fátima a su hermana desde la ventana del dormitorio. Entonces decidieron coger el coche, a pesar de que la modista estaba relativamente cerca.
La lluvia se animó pasando a chaparrón. El chirrido del limpiaparabrisas incrementaba la tensión que sentían por la falta de visibilidad. Las dos hermanas, con la mayor al volante, Aisha, iban en silencio, escudriñando el exterior a través de la luna del coche. Con el sol ya escondido y la tormenta, apenas veían dos metros por delante. Decidieron aparcar en la plaza. Con nefasto tiempo pensaron que no habría mucha gente.

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Mustafa aguantaba como un valiente, inmutable, inquebrantable. Muchos de los campesinos ya se habían ido, incluido su nuevo rival, el señor de barba negra. Eso le animaba a resistir, aún habiendo sido su última venta más de media hora atrás. Para resguardarse de la lluvia permanecía bajo una cornisa y desde allí vigilaba el puesto. Miró el cielo de nuevo, parecía amainar un poco.
Entonces un coche con matrícula europea entró en la plaza. Iba muy despacio y lentamente aparcó en un sitio blando. Muy blando.
Mustafa miro a su alrededor, había más gente de lo que le había parecido a priori, ¡era su momento!, su momento de gloria. Levantó los brazos exageradamente y gritó ¡Mis tomates! Se acercó al coche repitiendo una y otra vez la misma frase.
Aisha bajó sobresaltada del coche, le estremeció la idea de haber hecho daño a alguien, pero su pie en vez de tomar contacto con el pavimento espachurró un tomate. Observó que una de las ruedas delanteras había hecho mermelada. Entró rápidamente y retrocedió un par de metros.
-         ¡Mis tomates! ¡Habéis aplastado mis tomates!
Mustafa por una vez en la vida se sentía observado, se sentía grande, medio centenar de personas lo estaban observando.
-         ¡Lo siento, lo siento!
-         ¡Mirad lo que habéis hecho! ¡Qué voy a hacer ahora!
-         No te preocupes, que te los voy a pagar.
Involuntariamente el rostro del vendedor se iluminó. ¿Pagar? Lo que parecía ser un mal día se estaba arreglando.
La intensidad de la lluvia había disminuido considerablemente, pero aún bastaban pocos minutos para acabar calado, por lo que Fátima observaba expectante la incómoda escena.
-         Te pago cinco kilos, creo que es más o menos lo que puedo haberte estropeado.
-         ¡¿Qué dices?! ¡si me habéis aplastado casi todo el puesto! Tengo que alimentar a mis hijos, ¡mis tomates! – el vendedor se sentía el amo de la pista, tenía intención de sacar buen partido de ello.
-         Pues entonces pésalo y te pago lo que realmente te he aplastado
Orgulloso del éxito, sacó una bolsa y empezó a introducir en ella tomates dañados. Tuvo que despegar algunos del suelo, y otros que parecían en buen estado, estando solamente manchados, también los metió. Y con todo, de repente Mustafa El Grande empezó a disminuir. Por su experiencia en el peso de bolsas, descubrió que el peso que sentía en su mano era inferior a lo estimado. No, ahora no pensó. Debía arreglar la situación, sus admiradores estaban pendientes, no les podía fallar.
-         Bueno, está bien, me pagas cinco kilos y todo arreglado – dijo diplomáticamente ahora.
Aisha sacó el dinero, vio el rostro del comerciante iluminarse. Pero ella no era ninguna tonta, y era consciente del motivo del cambio de actitud de aquel hombre.
-         Está bien, te pago lo que me dices, pero de todas maneras yo quiero saber el peso de la bolsa que tienes en la mano.
Los sueños de grandeza empezaron a desmoronarse.
-         No hace falta, con esto está todo arreglado – intentó salvar la situación Mustafa.
-         Yo quiero saberlo – y la gente de alrededor también quería.
Todos los ríos al final vuelven a su cauce. Los tomates aplastados tenían un peso que apenas superaba los dos kilos y medio.

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Aquella noche Mustafá regresó a casa abatido. Siempre hacía el camino de vuelta de noche, pero aquel día la penumbra era superior, se había adueñado de su cuerpo. Los dirhams extra no le proporcionaban ningún atisbo de luz. Sí, se había hecho famoso, pero no del modo que había querido. Mañana lo recordarían por otro motivo. Se resignó como siempre hacía, luego odió. De cena tocaba sopa de tomate.

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Mientras Aisha y Fátima regresaron a casa con sus caftanes nuevos. Aunque se había tomado su tiempo, la modista había hecho un excelente trabajo. Irían a la boda, radiantes. 


Inspirado en una historia real.

domingo, 27 de marzo de 2011

Tú preguntas, yo respondo



Mi amiga Gara me pasa el testigo de Tu preguntas y yo Respondo.


¿Cuantas preguntas puedes contestar inteligentemente?


  
 No muchas

¿Una duda?

   ¿Qué hay en la cara oculta de la luna?


¿Una certeza?


   
Según nuestro calendario… hoy es domingo.


¿Un color?


  El rojo, y si puedo otro el negro.

¿Un deseo?

 Que la raza humana aprenda a recapacitar

¿Una virtud?

 
¿? La honestidad??

¿Una frase?

“Del cielo cayó un ángel y lo encontré yo”

Un sueño
 Una vida estable

Un defecto
Mis cambios repentinos de humor


¿Que significado tiene para ti una hoja en blanco?
  
El comienzo de una historia 


¿Escribes por necesidad o por afición?

 Por afición

¿Pones música en tu blog?
 No

Eres una persona sentimental


 


Si tuvieras que tener un solo sentimiento ¿Cuál sería?


 El amor

¿Una Pregunta?


 
¿Hace ruido un árbol al partirse alcanzado por un rayo, y sin nadie cerca que lo escuche?

¿Si desearas algo que pedirías?

  Que desapareciera la hipoteca

¿Cuándo escribes que sientes?
  Depende de lo que escriba, paz, rabia, amor, ira, tranquilidad, pasión…

¿Eres creyente?


 ¿En que?
¿Si no fueras creyente en que creerías?


  Me gustaría poder creer en las personas, en la raza humana.
¿Que esperas de la vida?


 Que pueda pasarla junto a ELLA


Tienes un blog ¿Por qué?


Porque me gusta  escribir

Crees que eres una persona que se reconoce tu valía


 A veces

¿Qué esperas del amor?


 
Que sea para siempre

¿Qué le pedirías a la vida?
  
 Salud y amor sin engaños ni enfados.

No se si he aportado nada interesante pero bueno.
 Siguiendo con el ritual debo elegir 5 blogs.

Les paso el testigo a los siguientes amigos/as si ellos quieren continuar con la cadena

martes, 22 de marzo de 2011

2- La única esperanza



Todo se volvió negro, León se encontró dando vueltas en la absoluta oscuridad, la absoluta ausencia de todo. 

No sabía si estaba boca arriba, boca abajo o si había arriba o abajo. Un malestar en el estomago le provocaba náuseas. Gritaba pero no podía escuchar su propia voz, y no había nadie que pudiera escucharla. Los oídos le silbaban y le producían dolor. Y en décimas de segundo todo se volvió blanco; entonces chocó fuertemente contra una pared. Luego se percató de que no era una pared si no el suelo. El suelo de una habitación cubierta con baldosas rojas muy desgastadas. Se dio la vuelta en el suelo y vio que encontraba en una sala de algún edificio muy antiguo. Intentó incorporarse y pudo ver al extraño lagarto bípedo de brazos cruzados esperando. Pero un retortijón lo hizo retorcerse de dolor y empezó a vomitar. Mientras, de reojo pudo ver como de la nada aparecía Panterra, y a los pocos segundos también Flip, que al intentar incorporarse también se pusieron a vomitar.
-         Sois unos seres muy débiles. – comentó burlonamente el reptil.

                  Pasaron unos minutos hasta que las náuseas desaparecieron. Finalmente se pudieron incorporar, mareados, con dolor de estómago y con la boca sabiendo a bilis, pero sanos y salvos.
-         Gracias, nos has salvado la vida – dijo Panterra aún respirando entrecortadamente al lagarto – pero ¿dónde estamos?
-         Si, ¿y qué diablos ha pasado?, ¿qué clase de brujería es esta, que aparecemos de repente en esta apestosa habitación? – habló nerviosamente Flip.
-         Tranquilos, yo soy un enviado. Me han mandado para rescataros, pero aún no hemos salido del peligro, mirad por la ventana.
Los tres comandos se asomaron y vieron que no habían ido muy lejos. Estaban dentro de la antigua catedral, abandonada desde hacía una década; desde que el Dios había prohibido las religiones, y había introducido la suya propia. Básicamente contaba sus logros, y enseñaba a adorarlo, adularlo y a agradecerle su bondad. La catedral era el edificio más alto de la zona, miraron abajo y pudieron ver a los soldados buscando por las calles. Desde otra perspectiva  pudieron observar la magnitud de la trampa, efectivamente querían exterminarlos, habría cientos de soldados.
-         No os preocupéis, no subirán aquí.
-         Le agradecemos que nos haya salvado la vida, pero, ¿podría hacernos el favor de contarnos que está pasando aquí? – preguntó frustrada Panterra.
-         Yo no soy quién os tiene que dar explicaciones, yo soy un enviado, me llamo Raptor, soy el único superviviente de un mundo que fue destruido por vuestro “gentil” emperador. Habéis viajado a través de portales, es un descubrimiento de nuestro líder.
-         ¿De qué estas hablando? ¿qué líder?, no entiendo nada – interrumpió alterado Flip.
-          Tranquilízate Flip – intentó calmarlo Panterra, y dijo luego dirigiéndose al lagarto – debes entender que esto es para nosotros muy confuso, apareces de la nada y nos salvas de una muerte segura.
-         Yo solo soy un militar, cuando os lleve ante nuestro líder él os lo explicara todo. Tenemos que esperar unos minutos, ya que he tenido que improvisar para sacaros de allí. Mi cuerpo resiste los viajes interdimensionales sin problemas, pero el vuestro debe reposar al menos una hora.
El lagarto abrió la tapa protectora del ordenador que llevaba en el brazo y empezó a pulsar botones, al parecer calculando o introduciendo coordenadas.
Estuvieron un rato en silencio. Aquella sala era muy oscura, las paredes eran metálicas, algo común en la arquitectura de Edenia, que sin la calefacción activada se volvían terriblemente frías. La vieja catedral era de forma cónica y acabada en punta. En ésta había un enorme pararrayos, al igual que todos los edificios altos de la ciudad, ya que solían sufrir devastadoras tormentas eléctricas. Por fuera el edificio era de un color rojizo, pero la ausencia de cuidado y las lluvias de barro, lo habían vuelto de un color pardo sucio. La sala en la que estaban parecía una antigua habitación de algún monje. Tenía un somier vacío en el medio con una ostentosa y oxidada cabecera cuyo forjado formaba espirales. Un armario metálico también oxidado estaba junto a ella. Los tres comandos estaban sentados en el viejo jergón, y el lagarto que media alrededor de dos metros permanecía inmóvil, sin siquiera pestañear, con los brazos cruzados enfrente de la azulada puerta cerrada.
               Finalmente Raptor habló:
-         Ya ha pasado el tiempo suficiente. El viaje que vais a hacer ahora a través del portal os llevará a un lugar a millones de años luz de aquí y su duración será apenas unos segundos. Si queréis saber lo que realmente está pasando en el universo, seguidme. Si al contrario no queréis venir, quedaros aquí, en donde tarde o temprano la guardia celestial os encontrará y os aniquilará, a menos que quieran usaros para sus experimentos.
Raptor tocó un botón de su pequeño ordenador y la misma luz que los tres guerreros habían visto cuando se les apareció el lagarto la vez anterior, se creó como de la nada, saliendo de un punto en el aire en cualquier lugar.
-         ¿Vamos?- dijo el reptil de espaldas al trío, sin girarse. Dio un paso adelante y desapareció.
León, Panterra y Flip se quedaron mirándose los unos a los otros.
-         ¿Qué hacemos? – preguntó a sus compañeros Panterra, jugando nerviosamente con los rojos rizos de su pelo.
-         Está claro, pasar de este chalado e ir inmediatamente a avisar a nuestro superior – le contestó nerviosamente Flip, que no paraba de moverse de un sitio a otro.
-         Yo creo que debemos seguirle – le contradijo León al que no le gustaba mucho hablar – nos ha salvado la vida, pero ha dicho que era un simple enviado y que si queríamos saber lo que pasaba en el universo debíamos seguirlo. Algo gordo está sucediendo.
-         Yo opino lo mismo – habló Panterra – no creo que sea nuestro enemigo, y está claro que la resistencia en la ciudad no durará mucho tiempo. Habéis visto que se nos adelantan en nuestras acciones. Hemos de buscar ayuda y tal vez ese reptil nos la pueda conceder.
-         ¿Os habéis vuelto locos?- replicó Flip levantando los brazos – puede que si nos metemos ahí no volvamos jamás con vida.
-         Recapacita Flip, aquí sí que tenemos los días contados. Yo estoy decidido.
-         Yo también – afirmó la chica – hemos de hacerlo.
Los dos hermanos se acercaron al lugar en donde había desaparecido Raptor. León miró a los ojos a su hermana la cual hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Entonces los dos saltaron a la vez al portal desapareciendo al instante. Flip se quedó solo en la habitación. Se apoyó abatido en la lisa pared. -¿qué debo hacer? -  Los recuerdos de sus compañeros le vinieron a la cabeza. - No quiero acabar como ellos - estaba claro que en la ciudad ya no había futuro para él a excepción de la muerte.- ¡Qué demonios!- Sin pensárselo más cogió carrerilla y corrió hacia el portal. Y aquella oscura y húmeda habitación se quedó vacía.
              
               La segunda vez fue peor. León, Panterra y Flip habían vomitado ya todo lo que tenían para vomitar y ahora lo único que les salía por la boca era saliva con amarga bilis.
               Al recuperarse estaban en una sala completamente blanca, paredes, techo y suelo, todo era albo a excepción de un enorme aparato que había en el centro colgado del techo, repleto de cables y lucecitas de colores. Terminaba en dos cuernos que apuntaban al suelo, estos desprendían una especie de luz azul.
-         Seguidme - habló el lagarto después de haber esperado pacientemente a que los tres miembros de la resistencia fueran capaces de ponerse en pie.
En un extremo de la sala había una puerta, también blanca. Raptor la abrió y un río de ruido rompió el absoluto silencio de la inmaculada sala. Ruido de gente, mucha gente. Aparecieron ante una inmensa estancia en donde personas iba de allá para acá vestidos con uniformes militares, con monos de trabajo, con batas de doctores, con ¡taparrabos! Pero no todo eran personas. Había extraños seres de todo tipo. Unos que eran como simios con el cuerpo repleto de pelo, a excepción de sus diminutos ojos, había personas de color azul, una especie de pequeños seres que parecían topos, cyborgs, etc. Los tres edenitas quedaron pasmados, anonadados, con la boca abierta sin ser capaces de pronunciar palabra alguna.
-         Esto es la base militar de la Zona  Zero. La auténtica resistencia al Dios.
-         ¿Qué son esos seres? ¿de dónde han salido?- finalmente habló Panterra sin quitar ojo a las personas que pasaban por delante de sus ojos.
-         Es un ejército creado por habitantes de planetas aliados a la causa, por supervivientes de planetas destruidos por vuestro emperador, o grupos de mundos que han sido esclavizados y se niegan a vivir sin libertad.
-         Parece un ejército realmente grande, habrá un líder o un rey, alguien que dirija todo esto - habló León
-         Ahora os llevaré ante él. Seguidme.
Cruzaron aquella inmensa sala. Nadie se fijó en ellos. Raptor saludó un par de veces a personas que se cruzaron con él. Finalmente llegaron a una puerta verdosa que daba a un largísimo pasillo. Era ancho y también transitado por individuos que entraban y salían. Llegaron a otra puerta y la abrieron. Daba al exterior, pero el exterior, era algo inimaginable. Ante ellos se extendía una ciudad visiblemente inmensa, pero aunque sus edificios eran extraños, de forma oval y de color metálico lo que más llamó la atención fue el cielo. Una atmósfera blanca cubría aquella ciudad. No había nubes, no había aves ni insectos que surcaran en él.
-         ¿Qué clase de mundo es este? - Preguntó Flip rascándose su pelo azabache y con las cejas enarcadas.
-         Bienvenidos a la Zona Zero. Esto no es ningún mundo. Es una dimensión que nuestro estimado líder encontró. Esto es la ciudad Uno, está en medio de la nada. En esta zona no hay nada, es el vacío absoluto. Solo hay un extraño suelo de color blanco hecho de un material inclasificable el cual no ha podido ser dañado por ningún medio que nosotros conozcamos.
-         Si no hay nada, ¿cómo es que hay oxígeno? ¿cómo podemos respirar con normalidad?
-         El oxígeno es generado artificialmente. Cuando se encontró la Zona no era habitable en ningún aspecto, pero la tecnología y la inteligencia de nuestro líder nos permitió levantar esta espléndida ciudad.
-         Claro, y si esta zona es un vacío, significa que no tiene final, y que está capacitada para albergar el mayor ejército del universo – dedujo Panterra
-         Exacto, además permanece oculto al imperio celestial.
Mientras hablaban un extraño aparejo oval se acercó a ellos. No tocaba el suelo, se suspendía en el aire. En su interior había unos no muy espaciosos asientos con una capacidad aproximada de seis individuos. Iba pilotada por un hombre completamente metálico, un androide. No llevaba ninguna prenda de vestir iba completamente desnudo. Su cuerpo era completamente plateado y brillante. Llevaba un símbolo grabado en su pecho moldeado y de apariencia musculosa. El símbolo consistía en un martillo enfrente de una corona. Una pequeña puertecita se abrió para permitir el acceso al interior del curioso aparejo. El androide se giró, sus ojos eran completamente rojos, una sonrisa de su inicialmente inexpresivo rostro se dibujó en la comisura de sus metálicos labios.
-         Buenos días Raptor, ¿Cómo va?
-         Buenos días Alpha, pues bien, trabajando. – respondió el lagarto enarcando sus ojos carentes de cejas ni pestañas.
-         ¿Nos traes nuevos aliados? - el tono del robot era siempre el mismo, costaba enterarse de cuando formulaba una pregunta, pero Raptor parecía estar acostumbrado a tratar con él.
-         Creo que sí.
El vehículo se puso en movimiento. Salieron de aquel callejón y fueron a parar a una inmensa autopista por la cual circulaban cientos de autos similares a tremenda velocidad. Los tres edenitas no dejaban de observar aquel insólito paisaje. Los edificios más o menos grandes eran todos iguales, ovalados hermosamente brillantes de color plateado. La autopista se elevaba y volteaba edificios alcanzando alturas vertiginosas.
-         ¿Por qué todos los coches son pilotados por androides? - preguntó León.
-         Porque son los pilotos perfectos, el índice de accidentes en nuestras carreteras es de 0 %.
-         Fascinante.
En el horizonte asomó un descomunal edificio, que a diferencia de los demás era cúbico. Era de tal dimensiones que no se podía ver hasta donde se extendía.
-         ¡¿Qué demonios es aquel edificio?!- exclamó Flip apuntando con las dos manos abiertas hacia la edificación.
-         Aquello es la Madriguera, el palacio de nuestro líder.
La autopista viraba a la derecha pero ellos cogieron un desvío que llevaba al palacio. Encontraron una barrera custodiada por dos androides de color azul, al igual que Alpha, completamente desnudos a excepción de un cinturón provisto de una enfundada pistola. Sujetaban una enorme lanza cada uno.  Raptor y Alpha los saludaron, y ellos después de esbozar una extraña sonrisa en sus metálicos labios se lo devolvieron. Después abrieron las enormes barreras. Finalmente llegaron a un estrecho túnel.
-         A parir de aquí hemos de seguir a pie - dijo con su férrea voz Alpha.
El túnel había llegado al final. Aparcaron el coche en una cavidad situada en la pared. Bajaron de él y se apartaron. Alpha se dirigió a un panel que había al otro extremo de la pared y presionó unas teclas. Hubo un ruido de mecanismos y engranajes activándose. León, Panterra y Flip no se habían percatado de que el coche había sido situado en una plataforma, que se deslizó haciendo desaparecer el automóvil por la abertura.
-         ¿Qué es esto?
-         Es un parking. ¿es que en vuestro mundo no tenéis?  Bha! No importa, seguidme.
A pocos metros había un ascensor que los condujo a la superficie dejándolos frente al inmenso palacio. De cerca aún se apreciaba más el descomunal tamaño de aquella edificación. Ante aquellas gigantescas puertas, también custodiadas por centinelas metálicos, parecían insectos. Sin preguntar los centinelas abrieron las verdes puertas entraron encontrando una grandiosa sala. Sus paredes estaban empapeladas de algún material aterciopelado rojo, y recubiertas de variados cuadros en los que había paisajes, retratos, animales, dibujos abstractos, etc. Entre cuadro y cuadro había una escultura apoyada en la pared. Ninguna de ellas era igual, bustos, guerreros, animales… Parecía un auténtico museo. En el centro de la sala había un mostrador y detrás de él el ser más hermoso que jamás habían podido ver los ojos de los  tres edenitas. Una chica de ojos azules como el mar, sonreía mostrando sus relucientes y perfectos dientes que honraba permitiendo verlos entre sus carnosos labios. Cualquier mortal habría matado para poder besarlos. Unos larguísimos cabellos dorados le caían por los hombros tapándole sus desnudos pechos. Los dos chicos edenitas no podían dejar de mirarla. Un hilillo de baba se deslizó por la barbilla de Flip.
Una melodía salió de su boca:
-         Hola Raptor, ¿cómo te encuentras?
-         Hola Agua, estoy bien, traigo a tres miembros de la resistencia del planeta Edén.
-         Lo sé, el jefe os espera en su despacho. Pasad.
-         Gracias.- el reptil parecía ser una persona de pocas palabras.- Vamos.
Pero la pareja, León y Flip no escuchaban, en su cerebro solo cabía aquel majestuoso ser, que les estaba devolviendo la mirada. La hermosa chica les sonrió y el corazón de los dos hombres se encogió. De repente el lagarto los cogió por los hombros y los arrastró hasta el ascensor que ocultaba una puerta roja y azul. El elevador empezó a ascender al parecer a una velocidad endemoniada.
-         ¿Chicos que os ha pasado ahí fuera? - Panterra no podía creer que unos guerreros forjados en le fragor de la batalla pudieran bajar la guardia con tanta facilidad.
-         No los culpes – intervino Raptor – Agua, bajo su deslumbrante belleza, es también una guerrera hechicera maestra del embrujo. Si hubieseis mirado bien os habríais dado cuenta de que detrás del mostrador ocultaba la parte inferior de su cuerpo.
-         ¿Ocultaba?, un ser tan maravilloso seguro que no tiene nada de ocultar – hablo con un ligero tono de enojo Flip.
-         Excepto una cola de pez por piernas – espetó Raptor tranquilamente.
-         ¿Una cola de pez?, ¿estas diciendo que aquella chica es una sirena? – Panterra habló incrédula – eso es imposible, las sirenas no son mas que mitos.
-         Es posible que sea cierto – intervino León – yo he notado magia a nuestro alrededor, me era imposible dejar de mirar sus ojos.
-         Y tan posible, Agua es una de las hijas de la bellísima y adorada emperatriz del planeta Oceania, Elementália uno de nuestros mejores aliados, y está aquí en función de embajadora y también por decisión suya de protectora de nuestro emperador. De paso también ejerce de secretaria, por supuesto, voluntariamente.
-         No puede ser – Flip se sentió frustrado, por unos segundos viendo a aquella chica había creído haber encontrado al ser más perfecto que jamás pudiera existir. Ahora no le importaba que fuese una sirena, lo que le llenó el corazón de amargura fue pensar que para él era inalcanzable.
 
               En pocos segundos el ascensor se paró. La puerta se abrió, y aparecieron en un pasillo, alumbrado por unas farolas colgadas en sus paredes que emitían una tenue luz anaranjada. Estaba pintado de rojo, lo que lo hacía algo oscuro. A pesar de que no entraba en él el menor rayo de luz natural carecía de humedad, estaba a una temperatura ideal. En el fondo de él había una puerta de doble hoja pintada de un color verdoso la cual había sido tallada con un cuidado y una maestría asombrosa. Hojas y ramas se cruzaban y entrelazaban formando una auténtica obra.
-         Yo os esperaré aquí fuera. Entrad, nuestro señor os espera - Raptor se situó en un rincón al lado de la puerta con los brazos cruzados, y cerró sus ojos de dos párpados.
León, Panterra y Flip se miraron mutuamente, sin decirse nada avanzaron hacia la puerta. León giró el dorado pomo de la puerta y empujó. Todos esperaban un enorme trono con un gran rey vestido con ropajes de fina belleza, tesoros por doquier, lo que cualquiera podía imaginar de un rey, emperador, líder o lo que fuese que gobernase una ciudad tan rica y de tan avanzada tecnología. Pero en la sala que había detrás de aquella puerta no había nada de eso. Era una especie de despacho lleno de trastos. Las paredes estaban completamente tapadas por estanterías repletas de libros. La estancia, a pesar de ser de tamaño notable, no tenía apenas sitio para nada. El suelo estaba lleno de montañas de libros y pergaminos amontonados y de aparatejos que se movían por donde podían. Minúsculos robots de formas diversas. En el centro de la sala había una mesa color madera, casi oculta también  por papeles y libros.
-         Parece que aquí no hay nadie… - habló Panterra
-         Bienvenidos, os estaba esperando – la interrumpió una voz de anciano algo chillona.
De detrás de una pila de libros salió una extraña criatura. Era parecido a los que habían visto en la base dónde estaba el teleportador. Mediría poco más de un metro y treinta centímetros. Su aspecto era el de un topo, un gracioso hocico sostenía unas pequeñas gafas. Un par de dientes se asomaban de su boca tapándole el labio inferior. Su cuerpo estaba recubierto por un pelaje pardo moteado de gris, y de las mangas de su sencilla túnica roja, se asomaban unas pequeñas manos provistas de unas grandes garras. Sus pies iban descalzos y también estaban provistos de unas grandes zarpas.
-         ¿Es usted el rey de este pueblo? – preguntó perplejo Flip.
-          Ooo perdonen, un momento – el pequeño ser empezó a buscar encima de su mesa entre las montañas de papeles
-         Aaa ya lo tengo, ¿ahora si? – de debajo un montón de pergaminos sacó una diadema dorada adornada con un cristal turquesa engarzado. Se la colocó en la frente encima de un mechón gris que tenía como flequillo. - ¿tengo mas aspecto de emperador?
-         ¡No es posible! – Flip, enarcó las cejas y boca formando una mueca sarcástica, casi grosera, y alzó las manos – ¿éste animalito es el líder de todo esto? ¿nos toman el pelo?
-         ¡Calla Flip!, ¿no has oído hablar nunca del Rey Topo? – lo cortó León con los ojos abiertos como platos por la sorpresa.
-         Aaa, veo que has oído hablar de mi, jeje, me presento ante vosotros, soy Don Lombriz XIII, emperador de la Zona Zero, si, si, jeje
-         ¿Quién demonios es este topo?, ¿Me lo puedes explicar León? – Flip no paraba de mover los brazos nerviosamente.
-         Una vez nos contó Andrus – narró recordando León – que dos mil años atrás hubo un planeta en una galaxia vecina, en donde vivía una civilización de avanzadísima tecnología, los Topos. El abuelo de nuestro emperador actual Mefistus, Duduriel el Manco, intentó persuadirlos para que se aliaran con ellos, ya que su tecnología haría avanzar notablemente al imperio. El gran rey topo se negó; entonces enojado, el emperador decidió invadir el planeta y secuestrar a aquellos seres para obligarlos a trabajar como esclavos y así convertirse en el pueblo mas avanzado del infinito - León suspiró y continuó sin que nadie lo interrumpiera -  Pero al parecer, cuando los soldados imperiales llegaron al planeta no había absolutamente nadie. Todo el pueblo topo había desaparecido. Así que enfurecido, Duduriel hizo desaparecer el planeta. Nunca más se supo de aquella civilización. Dicen que el gran rey topo tiene más de mil años.
-         ¡No! – lo interrumpió el presunto gran rey topo – sólo tengo setecientos noventa y ocho, pero el resto es mas o menos cierto. Sentaros, creo que vosotros no os habéis presentado, sois un poco maleducados hum, hum.
León se arrodilló e hizo una reverencia al topo.
-         Perdone nuestra falta de educación, mi nombre es León, miembro de la resistencia en Edenia.
Panterra hizo lo mismo.
-         Mi nombre es Panterra, también miembro de la resistencia.
 Flip se quedó unos segundos anonadado parpadeando con la boca abierta sin saber muy bien que hacer, de pronto reaccionó y se puso de rodillas también.
-         Yo soy Flip.
Don Lombriz XIII, gran emperador topo, les buscó tres taburetes y los colocó frente a su mesa para que se sentaran los tres miembros de la resistencia contra el gran emperador Don Mefistus III apodado Dios. Los edenitas se sentaron nerviosos y curiosos por saber que querría un hombre, o topo en ese caso, tan importante de ellos y el motivo por el que los había salvado. El gracioso emperador de la Zona Zero de un pequeño brinco se sentó en un cómodo sillón marrón que tenía detrás de su mesa.
-         Tengo muchas cosas que contaros - y la verdad es que no hay tiempo que perder hum - tosió ligeramente Lombriz XIII, tapándose la boca con su pequeño pero mortífero puño - empecemos.
<Los topos somos una raza de científicos, y estudiosos en todas las materias, pero somos pacíficos, la guerra no nos interesa para nada. Hace muchos años mi difunto tío Gusanus  descubrió algo que iba a cambiar el universo. Algo muy útil pero en manos malvadas muy peligroso. Descubrió que trozos de rocas que caían en agujeros de gusano, aparecían de nuevo en otra galaxia, intactos. Los agujeros eran puertas interdimensionales. Así podíamos viajar a años luz de distancia en el mismo tiempo en que dura un parpadeo. Con mi ayuda construyó una máquina capaz de crear portales. Desgraciadamente mi tío murió sin haber terminado la máquina, así que yo la continué. Un día haciendo pruebas descubrí esta dimensión. Todavía no se dónde esta situada en el infinito y ni si se puede situar, así que la llamé la Zona Zero. Cuando la descubrí en ella no había completamente nada, ni siquiera oxígeno, así que decidí construir un generador. Me pareció que podría ser un buen refugio en tiempos de dificultades en donde mi pueblo poder ocultarse>
-         Eso es muy interesante y todo lo que usted quiera pero no veo que tiene que ver con nosotros – interrumpió agitado Flip.
-         ¡No me interrumpas! – Las cejotas del pequeño y anciano topo se arrugaron casi tapando por completo los minúsculos ojos negros que ocultaba detrás de las gafas. Su tono era firme, Flip se estremeció, bajó la mirada arrepentido y no dijo nada más.
-         ¿Por dónde iba? Hum, aa sí, ya me acuerdo. – continuó el relato.
< Muchos años después una enorme nave entró en nuestra atmósfera. Se presentó ante mi un hombre que decía que venía de parte de el gran Duduriel, nos dijo que debíamos ofrecer nuestros servicios al gran emperador, para luchar por su causa, que no era mas que conquistar planetas, saquearlos, robarlos y destruirlos. Por supuesto rechacé su propuesta. A Duduriel no le hizo ni pizca de gracia, así que mandó sus tropas contra nosotros. Pero a las pocas semanas cuando llegaron a nuestro querido planeta Contre, ya no estábamos. Nos refugiamos aquí, ya que nosotros no teníamos armas para defendernos de tan brutal ejército. Vimos en nuestros ordenadores como, a nuestro pesar, nuestro planeta era reducido a cenizas. Gracias a nuestros discretos aliados, los Pelos, del planeta Rastafrari, pudimos subsistir y empezar una vida en esta desolada dimensión. Seguro que habéis visto a algún Pelo por nuestras instalaciones. Así que decidí que debía plantar cara a ese tirano, y tenía un arma que podía equilibrar la balanza: la máquina de mi tío. Empecé a estudiar los pasos del imperio, y en ocasiones conseguí salvar a habitantes de planetas que iban a ser destruidos o esclavizados. Así mi ejército fue creciendo. También perfeccioné la máquina, para poder abrir portales rápidamente y salvar a personas en situaciones extremas como por ejemplo vosotros. >
-         Perdone nuestra impaciencia, poro los tres estamos deseosos de saber el motivo por el que nos salvó a nosotros, tres simples guerreros – habló Panterra, con más educación que su compañero.
-         Si, es a lo que voy ahora - continuó el rey topo – con el tiempo he conseguido valiosísimos aliados, y tengo espías por todo el imperio celestial. Hace poco un espía de gran confianza que tenemos en las tropas de la ciudad Adan, nos informó que el imperio había descubierto dónde estaba escondida la base principal de la resistencia: en Exilio, el pobre reino vecino.
-         ¡Eso es terrible! - exclamó León alterado – ¡debemos avisarlos como sea!
-         Tranquilo, chico, el ataque será efectuado pasado mañana al alba, será implacable, no hay posibilidad de que nadie sobreviva, excepto que se unan a nosotros, claro está, tendrán que abandonar su tierra y venir a vivir aquí. Sino serán todos aniquilados.
-         A qué esperamos – se levantó nerviosamente Flip, derribando la silla en la que estaba sentado.
-         Tranquilos, hay un pequeño problema - dijo después de un profundo suspiro – y es que nosotros no sabemos exactamente dónde está situada la base y necesitamos las coordenadas exactas para teletransportarnos allí. El buen Raptor os encontró y pensó que vosotros nos podríais ayudar en ello, por eso os salvó.
-         Claro que podemos ayudaros – habló enérgicamente Panterra – ahora mismo os lo digo…
-         No, hum - lo interrumpió el rey -  ahora debéis descansar, mañana a primera hora de la mañana os vendremos a buscar. Ahora seguid a Raptor que os llevará a unos aposentos en donde podréis asearos y descansar y os llevará a una cocina en donde os prepararán algo para comer.
Panterra hizo ademán de hablar, pero una simple mirada de aquel pequeño rey hizo que se mordiera la lengua y asintiera.   
               Salieron de la sala sin decir nada, los tres edenitas necesitaban tiempo para asimilar todo lo que aquel peculiar rey les había contado. Raptor los estaba esperando apoyado en la pared con los brazos cruzados y los ojos cerrados que abrió al sentirlos salir.
-         ¿Ya habéis terminado? - dijo secamente – seguidme.
Cuando salieron del ascensor vieron que la angelical muchacha que estaba en la recepción, de espalda a ellos, estaba sentada en una especie de silla que tenía dos piernas mecánica y, efectivamente, no tenía piernas. Tenía una brillante y plateada cola de pez. Pasaron por su vera pero ella no levantó la cabeza y siguió inmersa en la computadora que tenía enfrente. El corazón de Flip se encogió pero no dijo nada.